
Elogio a tener ganas
Para que una bailarina de ballet logre sostener su anatomía sobre los dedos y ejecute puntas, se requiere una firmeza y una instrucción fuera de lo común. Me resulta una comparación excelente para evidenciar algo de lo que hoy, en muchos individuos, organizaciones, estratos sociales y diversos vínculos, carecemos: la ausencia de ambición.
Gran cantidad de personas suelen mezclar la ambición con la avaricia e ignoran que el anhelo de superación resulta fundamental para alcanzar una existencia más íntegra, plena y superior. Por el contrario, el afán desmedido es devastador. Mientras que uno posee aspiraciones, la codicia es la que te domina. Mediante la primera se construyen realidades, mientras que la otra termina por corromperlas.

Fleming no halló la penicilina por faltar a clase durante su etapa de formación académica. Esas presuntas teorías simplistas acerca de los sucesos que ocurren mientras se descansa plácidamente constituyen una exaltación, un mito ordinario y fraudulento sobre individuos que, presumiendo de capacidad pero careciendo de dedicación, aguardan a que el instante eureka se presente por sí mismo. Dicha idea suele ser incierta en la mayoría de los casos.
La fuerza de atracción opera de manera independiente y la fruta se desprende al madurar sobre la coronilla de Newton. Sin embargo, él se había formado profundamente con antelación para ser capaz de identificar, cuando fue oportuno, la ley de la gravedad. Hay que aceptar que Newton y su postulado no se toparon por la falta de práctica, sino más bien por su constante empeño.
Rechazo la idea de que la dedicación carezca de sentido para siempre, aunque actualmente habitemos en una región de excesiva comodidad.
Regresemos a las bailarinas: para tomar un envase que se encuentre muy elevado en una repisa, te hace falta apoyo: o bien utilizas un objeto externo, una escalera, un asiento o cualquier cosa que te alce o, si te hallas en tu vivienda y pretendes tocar algo situado apenas por encima de tu alcance, debes sostenerte sobre los dedos de los pies. Quienes practican danza lo lograrán con una facilidad superior.
Me resisto a pensar que la dedicación esté sentenciada para siempre, por mucho que actualmente habitemos un espacio de extrema suavidad: ¿qué recibo yo?, ¿cuándo llegará mi oportunidad?, ¿qué me pertenece en este momento?, ¿qué puedo reclamar?, ¿a qué (más) poseo derecho?
La realidad no funciona así. Todas las naciones, hogares e individuos que prosperan, cualquier tipo de progreso debe más al empeño que a la fortuna. No se niega el valor del azar. Entendemos que sin suerte estamos desamparados. Pero sin aptitud lo estamos también. Y sin aspiraciones, todavía más. Porque dependen de nosotros mismos.
Visto en un diario hace poco tiempo: “Qué triste salir de casa para ir a trabajar con 22 años antes de lo que sale tu padre”. Sobran las palabras. Ciertas personas tendrían que cursar de nuevo dos clases de formación: la de la experiencia y la académica. Dado que el azar no está en nuestras manos, rindamos tributo cotidianamente a la capacidad y al entusiasmo.
