
Es y miércoles con Figaredo. (31
Todos tenemos algún que otro placer culpable. El mío es el diputado de Vox en el Parlamento español José María Figaredo. Lo sigo con la misma atención como antaño seguía a mi autor o banda favorita. Figaredo no me falla. Siempre da la hora. Nunca evita una buena oportunidad de equivocarse, hacer el ridículo, escaparse por la gatera y pillarse la cola. Pero, como Jessica Rabbit, él no es malo, sino que le dibujaron así.

Posee un semblante de muchacho de antaño, de esos jóvenes que ya no se encuentran. Exhibe patillas para marcharse luego de copas por Malasaña y anteojos que semejan haber sido hurtados por descuido a Espronceda, antes de dejarlo consumiendo unos tintos en la Venta del Gato, allá por 1836. De veras, al ingresar en el Congreso aparenta que lo hace a través de un portal del Ministerio del Tiempo y que, apresurado, debe retornar al siglo XIX para medirse en duelo con un esgrimista imbatible que conoce que le quitará la vida esa misma alborada, pero ¿qué remedio le queda si él es audaz y español?
El parlamentario de Vox jamás desaprovecha una ocasión propicia para errar.
Es de Vox, lo sé, pero seguro que fue reclutado de una tuna universitaria, aquella noche en la que sustituyó al bizco del laúd. Economista y sobrino de Rodrigo Rato. Cuando mi diputado favorito sube al estrado, siempre pasan cosas. Le dan mal los datos o los dice peor. Se equivoca, entra en paradojas, los números le bailan, Sombrerero Loco, Juana de Arco. Le riñe todo el mundo, pero suele ser con condescendencia. Miren cómo lo hace la vicepresidenta Montero por unos números que más que cuotas de autónomos parecen las transaminasas de Kanye West, o la presidenta Armengol, cuando Figaredo bajó con algo de berrinche el micro después de una de sus intervenciones haciéndose el enfadado.
No obstante, hasta él es capaz de excederse. Astuto y diseñador de estratagemas marca Acme, solicitó el sufragio telemático por paternidad –un pequeño Figaredo se me antoja una fantasía– mientras simultáneamente acudía a un acto de su formación. Cuestiones de ubicuidad. Interpelado por los reporteros acerca de ese comportamiento indebido, Figaredo se envalentonó y apeló a Shakespeare de forma directa: “¿Dónde estaba yo el martes? ¿Dónde estaba yo el miércoles?”, concluyendo con un alegato a favor del sector industrial nacional y alejándose, agitando su levita, rumbo al encuentro de Max Estrella y el Capitán Trueno.
