
Cuando el hogar es la calle
Damos por supuesto que todo sea inmediatamente alcanzable, disponible, calculable y consumible. Son las leyes de la cultura digital que nos hace adictos al conocimiento de los datos de todos los humanos, en todas partes y a cualquier hora.
Pero no sabemos cuántas personas duermen en la calle. Las estadísticas son semioficiales y fruto de un voluntariado sacrificado que recorre la ciudad para atender a los sintecho en estos días inhóspitos de invierno.

En la edición del diario de ayer se informaba de la precariedad en Barcelona, donde se estima que pasan las noches en espacios públicos unas 2.000 personas. Una crónica de París, otra de Roma y una de Nueva York relataban que en esas grandes ciudades la situación es más dramática y también es combatida por los ayuntamientos y grupos de voluntarios que recorren las calles para ayudar a los miles de pobres que no caben en la sociedad de bienestar y confort que excluye a miles de humanos.
He consultado un excelente libro de George Orwell que se tradujo en su día como Sin blanca en París y Londres, en el que el autor británico pasa involuntariamente casi dos años en la pobreza extrema en ambas ciudades.
Orwell publicó en 1933 su vida de vagabundo real bajo los puentes de París y Londres
En París vive en una pensión barata, sufre el robo del poco dinero que tenía y se encuentra en la miseria. Trabaja de lavaplatos, con jornadas de doce horas y es explotado laboralmente. Observa como sus colegas de infortunio, muchos de ellos inmigrantes, viven en un ciclo de pobreza del que no pueden escapar.
Su experiencia en Londres, tras escapar de París, es la de un vagabundo que se alberga en refugios para indigentes y comparte alguna noche bajo los puentes del Támesis. Orwell describe el sistema social británico, el libro lo publica en 1933, al que considera más centrado en controlar a los pobres que en ayudarlos de verdad.
Cuando la pobreza golpea a amplios sectores de la sociedad, ahora y hace un siglo, el cataclismo social es inevitable. Dicen que Orwell quería hacerse perdonar. Estudiante de Eton, gran escritor, policía colonial en Birmania, cambió de nombre y se dedicó a defender muchas causas perdidas, como la del POUM en Barcelona en 1937, y advirtió que la pobreza no es solo falta de dinero sino también pérdida de libertad, dignidad y oportunidades.
