Opinión

Wiseman descarta el cine documental de visionado simple.

ANTIVIRALES

El ámbito cultural ofrece pormenores que jamás se difundirán en las redes sociales; intercambiarlos enriquece el diálogo.

Frederick Wiseman

Frederick Wiseman

Jared Leeds

Recientemente falleció el cineasta Frederic Wiseman, reconocido como uno de los fundadores del género documental y autor de un estilo que permaneció casi inalterado desde que inició su trayectoria en los sesenta hasta la presentación de su último trabajo en 2023, dedicado a la gastronomía de alto nivel, Menus Plaisirs. Les Troisgros. Su procedimiento era constante: grabar una institución determinada, ya fuera un centro de salud mental, como sucedió en su primer largometraje, Titicut Follies (1967), una biblioteca o una estación de policía, prescindiendo de investigaciones previas (“no me gusta leer sociología”, mencionaba al respecto. Y, ante todo, no deseaba acudir con una hipótesis establecida), y, tras el rodaje, concentrarse en la edición para descubrir cómo la cinta aparecía tal como una escultura surge de un bloque de mármol. Wiseman no aceptaba el término cinema verité y le disgustaba que se asociara el cine de no ficción con una labor educativa. “Se supone que los documentales funcionan como un laxante. Que son buenos para ti y te purgan de tus ideas estúpidas. Pero no hay razón por las que un llamado documental tenga que ser didáctico. Puede ser tan complejo como una ficción o una novela”, expresó en su entrevista de referencia en The Paris Review, en el 2018. Para él, por ejemplo, Sopa de ganso de los hermanos Marx, representaba un documental modélico.

Ilustración de 'Oskar y yo' 
Ilustración de 'Oskar y yo' Nórdica

HACERSE MAYOR EN NORUEGA

“Cuando te haces mayor, las cosas se hacen más pequeñas”, le explica su progenitora a la pequeña Ida. “Los caminos que de pequeña te parecían larguísimos ya no te parecen tan largos, ¿verdad? Y lo que de daba miedo ya no se parece para tanto. Y, efectivamente, las cabañas que eran grandes y bonitas son en realidad bastante pequeñas y feas”. Ida junto a su hermano menor Oskar encabezan Oskar y yo, el relato para niños de la escritora noruega Maria Parr editado por Nórdica bajo la traducción de Cristina Gómez-Baggethun. Reflexivos y llenos de gracia diaria, los textos de Parr, ambientados en hermosos pueblos noruegos donde los infantes asisten a clase usando chalecos reflectantes para ser visibles en la nieve, representan una grata excepción en un sector de libros infantiles centrado en seres mágicos y franquicias de ventas masivas. Si bien es habitual equiparar a Parr con la sueca Astrid Lindgren, su estilo se asemeja más a la producción de la muy productiva creadora austriaca Christine Nöstlinger. Ambas consideran a su público infantil como individuos reflexivos y sumamente entretenidos que prescinden de galardones, sobresaltos o enseñanzas éticas constantes en sus hojas. Atención, pues existe una sección que es preferible omitir si el pequeño lector todavía no comprende la realidad sobre Santa Claus y la Navidad.

EL LIBRO SOBRE MÚSICA DEL AUTOR QUE ODIA LOS LIBROS SOBRE MÚSICA

El novelista Michael Faber, nacido en Países Bajos, criado en Australia y actualmente afincado en Reino Unido, es autor de títulos de ficción como Bajo la piel o Pétalo carmesí, flor blanca pero lo que realmente llevaba toda la vida deseando escribir era un libro sobre música, su “amor más antiguo”. Finalmente lo hizo, en el ensayo Escucha (Anagrama), que se publica ahora con traducción de Mariano Peyrou. Una cosa deja muy clara Faber en el prólogo: le gusta mucho la música pero no le gustan nada la mayor parte de libros sobre música. En varios irónicos dardos, carga contra el “pretencioso despliegue” que suelen hacer muchos autores (casi siempre hombres, recalca también Faber) de libros sobre música, presumiendo de la cantidad de referencias que poseen. “Los autores de libros de música parecen a menudo predicadores en plena misión evangelizadora para convertirse o fortalecer tu fe”, escribe también. A su entender, la mayoría de los que se publican son artefactos anglocéntricos y un poco racistas: “Cabe la posibilidad de que tengas la piel oscura –le dice Faber a su lector–, en cuyo caso estarás desafiando las probabilidades demográficas. La mayoría de los libros serios sobre música van dirigidos a personas de piel clara”.

Así imagina Trump su arco de triunfo 
Así imagina Trump su arco de triunfo Getty

ÉL QUIERE SU ARC DE TRUMP

A Donald Trump no le entusiasma especialmente Europa, aunque ciertos aspectos le fascinan, como los terrenos de golf situados en Escocia, especialmente aquellos de su propiedad, y la ostentación francesa. Previamente quedó cautivado por la parada militar del 14 de julio mostrada por Macron, la cual replicó obteniendo desenlaces nefastos. En la actualidad, persiste en erigir en Washington su versión del Arco del Triunfo, un monumento de 250 pies de altura (cerca de 760 metros) que se situaría en la Memorial Avenue de la urbe federal y al que ya denominan el Arc du Trump. Esta iniciativa no es arbitraria. Por una parte, los 250 pies simbolizan los 250 años que se cumplen en 2026 de la Declaración de Independencia nacional. Asimismo, esto lo transformaría en la estructura de este género de mayor altura en todo el planeta. El Arco del Triunfo de Ciudad de México alcanza aproximadamente los 230 pies de elevación y Trump, lógicamente, desea que el suyo sea superior. De acuerdo con la Casa Blanca, las obras están próximas a iniciarse tras haberse organizado diversos banquetes benéficos; no obstante, una asociación de veteranos del Ejército ha presentado un recurso legal frente a los proyectos de Trump, argumentando que la construcción dañaría el carácter solemne del adyacente cementerio de Arlington, sitio de descanso de los militares fallecidos en servicio.