
Las lecciones de Rodoreda
Cabe congratularse de la gran exposición que el CCCB dedica a Mercè Rodoreda, Rodoreda, un bosc. De la mano de
su comisaria, Neus Penalba, penetramos en la frondosidad de las interrelaciones de la obra rodorediana, de ahí
el título.
En la exposición no se ha tenido en cuenta solo el papel, eso implica la tentación de la facilidad de encerrar letra manuscrita e impresa en vitrinas, y pare usted de contar, sino mostrar nada menos que 400 piezas de obra plástica –no falta ni un Picasso– instalaciones artísticas y audiovisuales que dialogan con los textos rodoredianos.

La muestra trata de evidenciar no solo la importancia del o de la novelista catalán/catalana más internacional del siglo XX, sino también el hecho de que debemos continuar leyendo a los clásicos cuando frente a tantas novelas banales, insignificantes, con nulo dominio de la lengua y sin nada qué decir más que obviedades, están las de Rodoreda. Quizá valdría la pena que los editores antes de publicar a tal o cual famoso, influencer o mediático, cuyo libro, aunque sea infumable, creen que venderá, recomendaran leer a Rodoreda, aprender de sus textos y solo después ponerse a escribir.
Rodoreda vierte en sus novelas todo lo que ha vivido y todo lo que ha leído. Sobre la relación entre su vida y su obra se ha hablado mucho, incluso hay una novela, Mercè i Joan de Eva Comas Arnal, que la recrea, por eso no voy a perder ni una línea en tratar del asunto. Me interesa, en cambio, insistir en que la obra de Rodoreda está concebida en, de, por, para la literatura.
Sutilmente sus textos se miran en otros textos de los que reproduce aspectos, algo que se da especialmente en Mirall trencat, un espejo roto extraordinario. Dentro de cada pedazo, a veces una esquirla es suficiente, encontramos un reflejo de las infinitas lecturas que han hecho posible la escritura del texto y cómo han sido aprovechadas. Pocas veces la literatura catalana ha utilizado a tantos autores ajenos a la propia tradición estableciendo con ellos un diálogo tan fructífero. Rodoreda incorpora a Woolf, Faulkner, Proust, Joyce, como ha visto Carme Arnau, entre otros autores capitales para la renovación de la narrativa occidental.
Los textos de Rodoreda se nutren de aspectos motivados por los libros que ha ido leyendo
Pero también su texto se nutre de aspectos motivados por los libros que ha ido leyendo de autores menos conocidos como el norteamericano William Saroyan o el siciliano Lampedusa. Estoy segura de que la rata con la que acaba Mirall trencat, tiene que ver con el perro de El Gatopardo, el fiel Bendicò, que ni siquiera embalsamado podrá sobrevivir al derrumbe familiar. Carcomido por las polillas y polvoriento, será lanzado a la basura, así, como correlato de la derrota, cerrará la obra de Lampedusa.
Rodoreda no solo crea un mundo entorno al chalet, la torre de los Valldaura –como para tantos novelistas la obsesión por la casa articula la historia–, sino que nos ofrece una visión del mundo, que a pesar de estar centrada en la Catalunya de antes de la guerra no tiene nada de costumbrismo local.
Al contrario que La plaza del Diamant, obra en la que el barrio de Gràcia y las costumbres de su menestralía son fundamentales, Mirall trencat podría estar situada en cualquier otra ciudad europea de la época sin perder ni un punto de su interés porque lo que plantea no es otra cosa que el paso del tiempo y la imposibilidad de detener calendarios y relojes. Y mientras el tiempo nos obliga a danzar sus valses de derrota a nosotros y a ellos, Teresa Goday, Salvador Valldaura, Sofia, Eladi, Maria, Armanda o el notario Riera, comprobamos que siempre los deseos tienen poco que ver con la realidad, que la vida es una batalla perdida de antemano, que el tiempo siempre será nuestro enemigo y no solo porque envejecemos y morimos sino porque, como le ocurre al notario Riera, transforma en aburridas las pasiones más intensas.
Quizás solo los objetos se salvan de la aniquilación temporal, ya que suelen durar mucho más que nosotros y tal vez por eso Rodoreda los describe con tanta minuciosidad, y tanta exquisitez. Una exquisitez detallista que incluye los más pequeños matices, una característica de su estilo. Los objetos también tienen, como todos sabemos, una función capital en la obra de Rodoreda.
Léanla. No se arrepentirán.
