
Progres caviar en guerra
Esta semana se han cumplido cuatro años desde que se inició la guerra en Ucrania y un aniversario siempre es un momento propicio para el balance. Dos millones de bajas, 325.000 soldados rusos y 140.000 ucranianos muertos, millones de refugiados, infraestructuras destruidas, miseria, terror y miedo en el corazón de Europa como no se veía desde la II Guerra Mundial.
El ataque ruso reveló la desnudez europea, la incapacidad de ofrecer una respuesta contundente frente a una invasión que conculca los principios internacionales. Las sanciones económicas y los embargos de petróleo y gas son un brindis al sol que no conmueven al autócrata del Kremlin, inalterable al sufrimiento de su pueblo. Solo faltaban los disidentes habituales, tipo el húngaro Orbán bloqueando las ayudas prometidas por la Unión Europea a Ucrania, para completar el mosaico de la impotencia continental.

El desprecio de Estados Unidos de Trump por los llamados valores europeos y la ruptura del pacto de defensa mutua cierran el círculo del viejo orden establecido después de las dos grandes guerras del siglo pasado y nos adentran en un territorio desconocido y del que Ucrania es la primera damnificada, pero sin duda no será la última.
Más pronto que tarde los contendientes exhaustos firmarán una paz deshonrosa, porque los ucranianos cederán parte de su territorio para que Rusia pueda disfrazar su fracaso militar. Cuatro años después del primer cañonazo nadie vencerá, pero es un buen momento para dejar claro de qué bando se está.
Cuatro años después del primer cañonazo nadie vencerá, pero es un buen momento para dejar claro de qué bando se está
Es llamativo el silencio de los grupos de progresistas e intelectuales de media Europa, que tan correosos fueron en la organización de marchas, boicots y manifestaciones contra el salvaje ataque de Israel en la franja de Gaza y que, en cambio, ahora han sido muy parcos en proponer protestas en favor de Ucrania y contra Rusia, coincidiendo con el aniversario de la agresión. Las razones no deben de ser que los ucranianos no sientan, no padezcan ni sangren como los gazatíes, porque la lista de la barbarie también es horrorosa. Ni tampoco es dudoso el derecho que ambas naciones tienen a defender su tierra.
La clave quizás sea la naturaleza del verdugo. Aunque Netanyahu y Putin, si en algo coinciden, es que son dos fugitivos de la ley internacional y perseguidos por crímenes de guerra, el diapasón de la crítica buenista resuena mucho más bajo en casa del ruso. Curioso, porque quien desde hace cuatro años diseña la amenaza principal contra la Europa de la democracia, la libertad y el progreso precisamente es Putin.
