Opinión

La hora de los hombres de verdad

Análisis

Irán es una dictadura religiosa que oprime cruelmente al pueblo iraní

Un coche destruido por el ataque en Teherán (AP Photo/Amir Kholousi/ISNA)

Un coche destruido por el ataque en Teherán (AP Photo/Amir Kholousi/ISNA)

Amir Kholousi / Ap-LaPresse

Irán tiene uno de los regímenes políticos más detestables del mundo. Es una dictadura religiosa que oprime cruelmente al pueblo iraní desde hace casi cincuenta años: asesina a opositores, pisotea los derechos de las mujeres, promueve y financia el terrorismo. Es un peligro para la región y para el mundo, sobre todo si en algún momento logra dotarse de armamento nuclear, lo que según las informaciones más fiables estaría en condiciones de hacer en poco tiempo si nadie lo impidiera.

Sin embargo, la guerra declarada por Trump no es la respuesta apropiada. No sabemos qué se proponen hacer Estados Unidos e Israel. El presidente estadounidense ha hablado de acabar con el régimen fundamentalista de Teherán. Pero lo ha hecho animando a los iraníes a deponer a los ayatolás y sin explicar con claridad hasta dónde está dispuesto a llegar para ayudarles.

Empezar una guerra sin explicar qué se busca es una fórmula para el desastre

Una de las reglas básicas para emprender una guerra es saber qué se pretende y establecer una estrategia de salida. Aquí la falta de claridad es muy grande. Trump y Netanyahu han afirmado categóricamente que no se puede permitir que Irán se convierta en una potencia nuclear. Muy bien. Pero ¿no dijo Trump que el programa nuclear había quedado destruido por los bombardeos del año pasado?

El ataque de ahora ¿es un reconocimiento de que no era así, como dijeron enseguida los servicios de inteligencia estadounidenses, poniendo en evidencia a Trump? ¿O se trata de tumbar al gobierno de Teherán? Porque, si el objetivo es este, entonces el presidente norteamericano debería explicar qué le hace pensar que conseguirá lo que ni la campaña de Irak ni la de Afganistán consiguieron, que era establecer un sistema político estable mejor que el que había antes de la intervención.

Cuando la guerra de Irak comenzó, en Washington había gente que decía que intervenir en Irak estaba muy bien, pero que los hombres de verdad querían ir a Irán, no a Irak. Ahora ha llegado la hora de los hombres de verdad. Sin embargo, todo apunta a que ha llegado de forma precipitada, sin la planificación ni los apoyos necesarios. Al modo de Trump, como si se tratara de un reality de la televisión.

Se trata de una guerra ilegal, tanto desde el punto de vista internacional como interno. A Trump y a Netanyahu quizás no les importa mucho, pero para ir a la guerra conviene tener cuanto más apoyo mejor, y la legalidad ayuda a obtenerlo. Estados Unidos e Israel no actúan en legítima defensa. Trump no se ha molestado en obtener la luz verde del Congreso. Se ha saltado las obligaciones constitucionales y ha emprendido la guerra sin encomendarse a nadie. La base política del Gobierno, el movimiento MAGA, se opone a las intervenciones militares de este tipo.

Trump se presentó a las elecciones con la promesa de acabar guerras, no empezarlas. Desde entonces ha ordenado varias operaciones militares, pero ninguna como esta, que puede implicar un coste humano, político y económico muy alto. ¿Por qué ahora? ¿Seguro que no hay ningún motivo de política interna, ningún deseo de tapar algo más, sea una ramificación potencial del caso Epstein, sea la pérdida de popularidad de su Gobierno de cara a las elecciones de medio mandato? Si el cálculo tiene algo que ver con esto, el batacazo puede ser descomunal. Las guerras suelen ser populares cuando comienzan, pero enseguida se vuelven impopulares.

La superioridad militar de Estados Unidos y de Israel –en número de efectivos, en armamento, en inteligencia– es indudable. Pero empezar una guerra sin explicar claramente qué se busca y con qué se cuenta es una fórmula magistral para el desastre. La superioridad militar basta para destruir a un enemigo, pero no para sustituir a un régimen tan execrable como el de Teherán por otro mejor. Un cambio de régimen no se puede hacer por laparoscopia, ni a través de bluetooth. Para que sea efectivo, se necesitan hombres sobre el terreno, apoyos ­políticos y tiempo, mucho tiempo. Dudo mucho que Donald Trump esté dispuesto a hacer esta apuesta.