Opinión

La era de Franco en las urbes

OPINIÓN

Una avanzadilla de las tropas franquistas cruzaba Collserola la madrugada del 26 de enero de 1939. De repente, tras una curva se les apareció el llano barcelonés donde se extendía una urbe que, a pesar de los estragos de la guerra, revelaba su complejidad, su fuerza y su pujanza. Ante aquella evidencia, la anécdota apócrifa asegura que el mando militar no pudo evitar exclamar: “¿Quién ha permitido tamaña traición?”. Y es que para los vencedores de la guerra civil, la sociedad urbana constituía el principal adversario para la consolidación de su proyecto ideológico-político.

Los avances de la modernidad habían tenido como escenario y protagonista a las grandes ciudades del país. La transformación social, económica y cultural iniciada con la Primera Guerra Mundial había eclosionado políticamente con los resultados de las elecciones municipales del 12 de abril de 1931, que condujeron a la proclamación de la Segunda República dos días después. La dictadura no le perdonaría esta significación. Por ello, desarrolló una ideología antiliberal y abiertamente hostil a la modernidad a través nacionalcatolicismo –de las veleidades retóricas del estridente falangismo a las deudas contraídas con la Alemania nazi y la Italia fascista— y de una trasnochada retórica imperial adobada de un marcado neorruralismo.

En 1957, nace el Seat 600 en la factoría de la Sociedad Española de Automóviles de Turismo (Seat), en la Zona Franca de Barcelona. 
En 1957, nace el Seat 600 en la factoría de la Sociedad Española de Automóviles de Turismo (Seat), en la Zona Franca de Barcelona. Archivo

Las medidas coercitivas para controlar el movimiento de la población (salvoconductos, cartillas de racionamiento, empadronamiento y certificados de conducta) ralentizaron, pero no detuvieron, el intenso movimiento migratorio del campo a la ciudad desatado desde finales del siglo XIX. La contrapartida fue el aumento de la situación de ilegalidad de amplios sectores de la población urbana (los vencidos y las capas más depauperadas de la población). Como reflejó la película Surcos (1951), este aluvión se vio arrojado a los espacios periféricos de los espacios metropolitanos en construcción desde inicios del siglo XX, condenados a la marginalidad, la miseria, el barraquismo y el trabajo negro, al carecer de papeles en regla. Se necesitaba de su fuerza de trabajo, pero, como sucede en la actualidad con la población inmigrante, se les negaba una mínima calidad de vida.

La retórica grandilocuente de la España imperial y el entusiasmo de las autoridades y las elites beneficiadas enfundadas en sus camisas azules casaban mal con la triste realidad de las interminables colas para canjear los siempre insuficientes cupones de las cartillas de racionamiento o para acceder a los escasos comedores del Auxilio Social. Los bien abastecidos restaurantes del centro de las ciudades contrastaban con el desabastecimiento de los barrios periféricos, donde miles de familias eran condenadas a la hambruna de la posguerra: entre 1939 y 1942 se calcula que fallecieron 200.000 por el hambre y las enfermedades derivadas.

Los triunfadores de la contienda civil ve

El modelo de autarquía del régimen condujo a la nación a una quiebra técnica. La severidad de la escasez y el alza de precios fue tal que desencadenó los brotes iniciales de descontento: la huelga de tranvías de Barcelona en marzo de 1951 (que tuvo repercusiones en Madrid y el País Vasco). Los análisis de 1946 y 1948 remitidos por la CIA al Departamento de Estado ya señalaban que, de no mediar un cambio de rumbo y apoyo foráneo, el colapso era una amenaza verídica. Por este motivo resultaron cruciales los pactos de 1953 suscritos por Estados Unidos y España, así como el sucesivo Plan de Estabilización de 1959. La voluntad de mantenerse en el poder del dictador prevaleció y, con reticencia, consintió la apertura económica y el enfoque en el trinomio compuesto por capital foráneo, turismo y los envíos de dinero de la emigración.

Las grandes ciudades se convirtieron en polos tractores de población que desbordaron sus límites municipales para configurar extensas áreas metropolitanas, marcadas por la profundización de la segregación espacial y el incremento de la desigualdad social. La dictadura fue incapaz de arbitrar una efectiva política de vivienda hasta la segunda mitad de los años cincuenta, salvo el control del precio de los arrendamientos que logro aliviar la situación de las familias que disfrutaban de un alquiler, pero que agravó los problemas de hacinamiento al aumentar el realquiler y expandió el chabolismo. El problema de la vivienda fue recogido en películas como El pisito (1959) o El verdugo (1964). En 1975 a un año de finalizar el I Plan de la Vivienda todavía se estimaba que entre 200.000 y 300.000 personas residían entre 100.000-150.000 chabolas en España.

Al problema de la vivienda se añadieron las graves carencias en infraestructuras urbanas en las zonas de promoción oficial, en las periferias urbanas y en los extrarradios metropolitanos (alcantarillado, agua potable, sanidad, escuelas, transporte público, etc.). Un modelo de crecimiento urbano caracterizado por el abuso y la especulación de los propietarios del suelo, las promotoras inmobiliarias y las empresas constructoras, fuente de extraordinarios beneficios y uno de los principales focos de corrupción de la dictadura por la implicación de las autoridades locales y provinciales.

El régimen de Franco careció del apoyo urbano necesario para

La época del desarrollismo impulsó el crecimiento de los sectores medios en las ciudades y elevó la cifra de operarios y administrativos especializados, facilitándoles el acceso a un bienestar moderado y la posibilidad de integrarse en el ansiado sistema de consumo. Estos grupos urbanos buscaban dejar atrás los amargos y complejos tiempos de privaciones y límites, ansiosos por participar en el idealizado modelo consumista, aun cuando esto exigiera el pluriempleo o la financiación en cuotas interminables de los aparatos domésticos, con el televisor, la nevera y el 600 representando los símbolos máximos del éxito, además del anhelo de pasar el verano en familia en alguna costa del Levante, con Benidorm como referente, según se plasmó en la cinta La gran familia (1962).

Castillo de Torre Baro, en Barcelona, el barrio de El 47 
Castillo de Torre Baro, en Barcelona, el barrio de El 47 Llibert Teixidó

Sin embargo, este desarrollo fue también fuente de nuevas demandas y anhelos aspiracionales de las nuevas generaciones nacidas en los años cincuenta, crecientemente insatisfechas por las limitaciones sociales y culturales de la dictadura y la represión de cualquier manifestación discrepante. Surgió así una nueva oposición, cuyo protagonismo recayó en el movimiento obrero, acompañado de la permanente contestación universitaria y la expansión del movimiento vecinal en los barrios obreros y núcleos de chabolistas e infravivienda de las grandes ciudades, como reacción ante los graves problemas asociados a la expansión urbana, como retrató la reciente película El 47 (2024). En esta contestación el protagonismo femenino fue decisivo, pues eran las mujeres quienes más directamente sufrían los graves déficits urbanos, la carestía de la vida y la falta de escuelas y ambulatorios.

La dictadura no se equivocaba al temer a la gran ciudad. La paradoja estribó en que la expansión urbana fue determinante para su continuidad, pero a la vez implicó su imposible continuidad tras la muerte del dictador. Se entiende así que las primeras elecciones democráticas desde febrero de 1936 fueran a Cortes y solo, posteriormente a la aprobación de la Constitución en diciembre de 1978 y de las elecciones generales de marzo de 1979, tuvieran lugar las elecciones democráticas a los ayuntamientos en abril de 1979. Se quiso evitar lo sucedido en abril de 1931… y no andaban errados dichos temores. 

Los resultados electorales, como si no hubieran pasado cuarenta años de dictadura, volvieron a poner de manifiesto como el voto urbano fue de nuevo mayoritariamente favorable a las fuerzas democráticas de la oposición. Se repetía la decantación hacia la izquierda y las fuerzas nacionalistas en las grandes ciudades españolas. El franquismo nunca halló suficiente respaldo en la gran ciudad para reproducirse al final de la larga agonía del dictador.

Luis Enrique Otero Carvajal. Catedrático de Historia Contemporánea, Universidad Complutense de Madrid. Jaume Claret Miranda. Profesor Agregado de Historia Contemporánea de la Universitat Oberta de Catalunya.  Editores de El gran retroceso. El primer franquismo, 1939-1953, y Una modernización autoritaria. Transformaciones urbanas y ciudadanía en reconstrucción ( Catarata, 2025)