Opinión

Puertas cilicias

En la antigüedad, las puertas cilicias fueron un estrecho paso encajado entre los montes Tauro, la puerta natural que conectaba la costa de Cilicia (una región romana, luego volvemos a ello) con la amplia meseta de lo que hoy es parte de la Anatolia turca. Ríanse ustedes de las archifamosas Termópilas, pues las puertas cilicias tenían apenas diez metros de ancho en su parte menos angosta. Una garganta excavada por un río que la tradición quiere que hasta se cerraba, literalmente, con unas gigantescas puertas, tal vez de bronce, de las que no se ha hallado ni vestigio.

Ese paso de paredes altas y limitadas lo atravesaron los diez mil que cuenta Jenofonte­ en su Anábasis,
tal vez el ejército de Alejandro Magno (aunque hay versiones de que dio un largo y exasperante rodeo) y, desde luego, los cruzados de la primera­ cruzada. También san Pablo, que abandonó su Tarso­ natal, muy próxima al estrecho, para ir hacia Galacia­ y escribir su carta a los gálatas.

Sánchez ya ha optado por pasar al otro lado y enfrentarse al imperio

Las puertas cilicias como tales hoy han desaparecido y se atraviesan en tren o bien por una autovía que impide imaginar siquiera­ lo que debieron de ser en su día. Sic transit etcétera. Nada permanece. Ni siquiera los mitos de los tiempos oscuros.

Cilicia, por otro lado, fue la provincia romana que abarcaba desde la costa de Asia Menor hasta la isla de Chipre. Desde el mar Egeo –desde Panfilia, sin querer hacer un chiste– hasta la frontera con Siria. Salamina fue una ciudad cilicia. Y las puertas cilicias eran ese desfiladero ya referido, el que daba paso a la llanura central anatolia.

 
 Kiko Huesca / EFE

Lo de Cilicia viene por el nombre del fundador mítico de la dinastía reinante en aquellas tierras, un tal Cílix del que tampoco conservamos rastros. Tierra de paso y de conquista y guerra desde siempre­, por allí atravesaron griegos, persas y romanos, entre otros. Los atenienses fundaron una colonia llamada Solos, metecos que hablaban un griego tan degenerado que acabó alumbrando la voz solecismo. Cilicia llegó a ser un reino armenio. Y el recuento de las alianzas y traiciones entre los gobernantes armenios, los cruzados, los musulmanes y los mongoles daría para varios tomos de apasionante novela o historia. Al final, llegaron y se quedaron los otomanos, y Cilicia desapareció en las fauces del imperio turco.

Antes de eso hubo un último rey de Cilicia, León V de Armenia, a quien a veces se le llama León VI si se cuenta como rey al primer León señor de Armenia. León de Lusignan, León V de Armenia, fue coronado en 1374, tras varias vicisitudes familiares y alguna probable traición. Su reinado duró apenas un año, pues fue hecho prisionero por los mamelucos y, cautivo en El Cairo, vio morir a su esposa y a su hija. Lo rescataron los frailes franciscanos, singularmente Jean Dardel, que fue su consejero y mentor, y Antonio de Monopoli (otro chiste involuntario). Imploraron el dinero del rescate a Pedro IV de Aragón, pero este no soltó los cuartos y quien pagó fue Juan I de Castilla. Por eso vino León V de Armenia, señor de Cilicia, a Madrid y allí se le concedió el título de rey y señor de Madrid, Guadalajara y Ciudad Real, entre otras. El único rey que ha tenido Madrid aparte de los monarcas españoles.

Eso sí, el bueno pero taimado de León al final se fue a París y está enterrado en la basílica de Saint-Denis. Abandonó a sus súbditos y al pagano y rescatador de Juan I, que hasta lo había hecho testigo de su boda.

¿Y a qué viene todo este cuento armenio? Pues a varias cosas entrelazadas. Una, que el estrecho de Ormuz son las nuevas puertas cilicias­ de este mundo nuestro tan moderno, pero también tan antiguo. También porque el pobre articulista, ante la deriva y aceleración del mundo, ya no sabe qué contarles ni predecirles y se refugia en el pasado, ese rastro oscuro que explica que las mismas tierras que hoy vuelven a hacer manar sangre lo hicieron durante siglos y siglos. Y, por último, por si la historia de León V de Armenia, rey breve de Madrid, le sirve a alguien como para tomar nota. Y no tengo claro si es Feijóo o es Ayuso quien debe guardarse de cruzar las puertas cilicias. Sánchez ya ha optado por pasar al otro ­lado y enfrentarse al imperio. No hay puerta­ que no cruce ni desfiladero que lo atenace.

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