Opinión

Siete inviernos en Teherán

Hay países que existen en los mapas y otros que existen sobre todo en la conciencia. Irán pertenece a esta segunda categoría. Estos días vuelve a las portadas por la decisión de Donald Trump de atacar, por las razones que sea o por las que se invoquen, pero más allá del ruido geopolítico hay que recordar qué ocurre dentro de Irán con el régimen de los ayatolás.

Anteayer vi en Filmin Siete inviernos en Teherán, una coproducción francoalemana premiada en la Berlinale. Es un documental que no se olvida fácilmente. Narra la historia de una joven iraní que se convirtió en símbolo mundial de la lucha por los derechos de las mujeres. Fue condenada a muerte por matar al hombre que intentó violarla. Se defendió y por defenderse fue ejecutada.

Irán es el funcionamiento de un sistema que mezcla religión, poder y terror

El documental reconstruye su vida a través de grabaciones clandestinas, cartas y testimonios de su familia. La policía de la moral, la manipulación de los hechos, el falso juicio, la detención de su hermana de 14 años para presionar a la familia, los latigazos, los siete años que pasó en una celda minúscula, las torturas y, finalmente, la ejecución en la horca en el 2014.... Es el funcionamiento de un sistema que mezcla religión, poder y terror.

  
  LV

Nada justifica una guerra. La violencia rara vez trae libertad y casi siempre multiplica el sufrimiento de quienes ya viven bajo regímenes opresivos, pero tampoco podemos fingir que las violaciones sistemáticas de los derechos humanos forman parte de una supuesta “diversidad cultural”.

El caso de esta chica iraní recuerda que hay regímenes que encarcelan, torturan o ejecutan a quienes intentan vivir con dignidad. Y frente a eso, la comunidad internacional suele mostrarse casi indiferente.

Uno se pregunta entonces si no debería existir algún mecanismo verdaderamente eficaz, un organismo internacional con autoridad real, capaz de perseguir a los responsables de estos abusos y llevarlos ante la justicia. No para imponer guerras ni para exportar democracias con misiles sino para que quienes gobiernan mediante el pánico respondan ante la ley. Las cárceles que construyen los tiranos nunca están pensadas para ellos mismos y, sin embargo, ese sería el lugar más justo donde deberían acabar sus días.