* El autor forma parte de la comunidad de lectores de Guyana Guardian
El guía dictó la lista de los artículos que íbamos a llevarnos con el rigor de un despachador de almacén. Al principio dudé del verdadero destino, pues creí que me conduciría a una sesión de espiritistas en algún insospechado rincón del río Catatumbo. Los suministros constaban de: una caja de tabaco, tres velones amarillos, un kilo de maíz y un litro de ron.
—Vos veis si lo compráis —me dijo el marino llamado Rafael Urdaneta.
Por accidente llegué a Bobures (pueblo del Sur del lago de Maracaibo en el occidente de Venezuela) en febrero de 2001. Un Ford LTD rojo de los años setenta, que me transportaba de Maracaibo a Santa Bárbara presentó una avería justo al pasar por Caja Seca, uno de los sitios más pujantes del municipio Sucre del estado Zulia, establecido en la vera de la carretera Panamericana y constituye además una suerte de encrucijada para llegar a cualquier parte de los estados andinos.
Nunca imaginé que visitaría este pintoresco pueblo por caprichos del azar y al que solo había llegado a través de la gaita Bobures cantada por don Bernardo Bracho con el Barrio Obrero de Cabimas.
Nelson Agustín Casanova era un moreno sesentón, delgado, de buena catadura y con una credencial de cuarenta años como chofer de la ruta Maracaibo - Santa Bárbara del Zulia. Según nos dijo, era también amante del tango desde que tenía noción de la vida. Para justificarlo, lucía un borsalino gris, como los que usó en sus tiempos de gloria el Zorzal Criollo, Carlos Gardel.
Después de cantarnos a capela Cambalache, modulando una afinada tesitura de barítono, dio una cátedra de tangos desde Gardel hasta Hugo del Carril, asegurando además que los mejores intérpretes de ese género en el mundo estaban en Buenos Aires y en Cabimas. “Ojalá ustedes pudieran escucharlos alguna vez”, dijo, orgulloso después de recibir un resonante aplauso.
En ese placentero ambiente nos hallábamos cuando de pronto se vio en la necesidad de parar el vehículo por recalentamiento del motor. Nelson nos hizo creer que era un hombre con un sentido de previsión elevado; llevaba dos garrafas con agua que permitió sofocar el vapor que salía como un geiser volcánico por la boca del malogrado radiador. Ese gesto concedió un halo de tranquilidad a los cinco pasajeros que veníamos ansiosos por llegar a destino. Pero el tanguero tenía en mente otro plan.
—Se rompió el radiador y debo reemplazarlo. Ese trabajo debe demorar más o menos una hora. ¿Comprenden?
—No hay problema. Esperaremos —acordamos los cinco pasajeros.
Mientras se enfriaba el motor, fuimos también a relajarnos tras soportar cuatro horas de viaje sentados, no sin antes escuchar de parte de Nelson el trabajo de mecánica que se aprestaba ejecutar, no en Caja Seca —como creíamos— sino en su casa, en Bobures (quince kilómetros al noroeste), donde tenía el reemplazo del radiador perforado.
Quedamos tan perturbados con la explicación del chofer que uno de los pasajeros, presa de la impotencia, pateó el pavimento y profirió un rosario de blasfemias que fue contestada con ardor por una dama evangélica, cuarentona. La única mujer del grupo.
Nelson trató de encauzar la situación con un argumento más conciliable.
—No se preocupen, señores. Estamos a solo doce minutos de Bobures y acabo de comunicarme por celular con el mecánico que va a montar el trabajo. Les pido disculpas. Estoy seguro de que se reemplazará en menos de una hora. También ordené almuerzos si alguien de ustedes desea comer —dijo Nelson abanicando su rostro con el elegante sombrero gardeliano.
Deteniéndonos a cada rato para calmar la sed del viejo LTD rojo, logramos llegar al centro de Bobures a las cuatro y treinta minutos de la tarde, cuando a esa hora ya deberíamos estar arribando muy cerca de nuestro destino.
El sol centelleaba aún en el paisaje llevando cada vez nuestra paciencia al borde de un estallido, pero Nelson nos hizo pasar al patio de su casa, flanqueada por frondosas matas de mango donde conseguimos atemperarnos un poco, mientras el mecánico y otros vecinos que portaban también herramientas se integraban con ahincó al urgente trabajo de reemplazo.
A pesar de que la familia se esmerara en ofrecer almuerzo y las mejores atenciones, no sentí hambre. Me había embutido en Caja Seca con tres arepas rellenadas con camarones y un sustancioso jugo de guanábana que me dejó una modorra invencible.
Fue entonces cuando les dije a mis compañeros que daría una vuelta por el pueblo para estirar un rato las piernas. Ellos ni siquiera se molestaron en responder. Tomé el morral que contenía una muda de ropa, y caminé rumbo a la playa que se encuentra a menos de dos cuadras.
A esa hora ningún transeúnte se cruzó conmigo por la calle que bordea la costa a pesar de que había un puñado de vehículos aparcados frente a un establecimiento. El sol todavía era martirizante.
Buscando aún en qué entretenerme, seguí a través de una pasarela de concreto que se internaba más de cien metros sobre unas aguas movidas y centelleantes de donde no solo capté el planeo solemne de los buchones sino el retozo libertino de varios jóvenes que flotaban sobre cauchos y trataban de mantener el equilibrio entre los aparatosos vaivenes de las olas. Al final, observé a un hombre faenando dentro de un bote que oscilaba amarrado en un extremo de esa pasarela que parecía relucir cada vez ante el semblante gris del lago.
Era un hombre alto y robusto que vestía una braga de tonalidad azul. Tenía calada hasta las orejas una gorra del mismo color, pero con la visera hacia atrás. En ese instante ponía un recipiente de gasolina de considerable capacidad a un lado del motor para llevarlo de reserva.
En otro compartimiento, próximo al puesto de mando, reposaban dos toneles de plástico rebosantes de agua, y asegurados con mecates a los asideros de las bordas. Entonces decidí acercarme para interactuar con él.
—Buenas tardes, señor. ¿Hacia dónde se dirige?
—Voy a Congo Mirador —dijo el lanchero sin voltearse.
—¿La tierra del relámpago del Catatumbo?
—Bueno, en parte. La verdadera tierra es Ologá, que está un poco más arriba. Sí queréis te llevo, ¿quién dijo miedo?
—Usted dirá qué debo hacer, y por cuánto va a llevarme.
—No te preocupéis. Eso lo arreglamos ahorita. Primero tenemos que comprar algunas cosas y nos largamos. Ah. Me llamo Rafael Ramón Urdaneta —dijo, girando por primera vez hacia mí. Acto seguido me extendió una mano para que lo ayudara a subir.
El marino aparentaba más sesenta años, pero muy bien llevados. Mostraba una barba de tres días y su tez blanca y pecosa se había tornado más roja tras el laborioso esfuerzo que acaba de ejecutar.
—Mientras tanto, ¿quién cuidará sus pertenencias? —comenté.
—¡Chucherías! ¡Chucherías del cielo y de los ángeles! —interrumpió de pronto un niño obeso y rojizo que apresuraba sus pasos a través de la pasarela.
—Mi amigo Urbanito —dijo el marino señalando con una mueca al recién llegado.
El pequeño buhonero parecía la misma imagen de Urdaneta con cincuenta años menos. Lucía un sombrero aludo de cogollo y llevaba una caja de madera llena de chucherías que colgaba desde su cuello por medio de una cabuya de cáñamo, casi deshilachada.
—¿Qué tal, Urbanito? —saludé al niño.
—Bien, señor. Si usted es amigo de don Rafa debe comprarme algunas chucherías.
—Claro. ¿A ver… por qué son del cielo y de los ángeles? —quise saber.
El niño me miró con sorpresa como tratando de buscar de una lista inventada la mejor respuesta.
—Son… como delicias del cielo. No lo digo yo, sino mis propios clientes después de saborearlas. Tanto así que jamás me han devuelto una.
Mientras tanto, a un lado, Urdaneta me hacía un guiño. Admirado por la habilidad del pequeño vendedor, compré una docena de caramelos de menta y un paquete de galletas de huevo para conocer ese edulcorado cielo que él pregonaba con tanta pasión.
—Pongo los refrescos —dijo el marino al invitarme con el muchacho a una bodega ubicada enfrente de la pasarela —. Nadie se meterá con la carga y desde allá podré vigilarla sin problema.
No obstante, el buhonero no perdía tiempo y seguía pregonando su mercancía.
—¡Chucherías! ¡Chucherías del cielo y de los ángeles!
Compramos las provisiones y a las cinco y veinte de la tarde despegamos del muelle de Bobures como impulsados por la fuerza de un hidroavión. Rafael Urdaneta imprimió máxima velocidad al bote Alejandra rumbo a Congo Mirador, y así como se difuminaban las casas coloridas junto con los cocoteros danzantes en la costa, había desaparecido de mi mente la situación del carro que me trajo a esta inesperada aventura por aguas del Catatumbo.
Quizás el chofer salió a buscarme y tropezaría en el muelle con el sagaz Urbanito, quien habría pedido que le compraran algunas de sus golosinas a cambio de suministrar información sobre mi intempestivo rumbo.
Más al norte, se encuentra Gibraltar: uno de los puertos más importantes de Suramérica en tiempos de la Colonia. Fue saqueado en varias ocasiones por el pirata Henry Morgan, el Terrible. Al este, se halla El Batey, pueblo muy conocido por la producción de azúcar y por ser cuna de Teodoro Petkoff, uno de los venezolanos más ilustres del siglo XX.
A las seis y veinte vi asomar al fin entre tupidas barreras de manglares los primeros palafitos que conforman la pintoresca comunidad de Congo Mirador.
Los palafitos donde viven más de doscientas familias están concentrados en una laguna cenagosa, distribuidos en forma simétrica a lo largo de varios canales. En la orilla de uno de ellos se alzaba una iglesia con una torre de quince metros construida en madera, consagrada a la advocación de la Virgen del Carmen. A un lado, había una placita en la que retozaba un puñado de muchachos con uniformes de escolares. También destacaba una edificación de color azul, la más grande del poblado. “Es el colegio”, señaló Urdaneta.
El aspecto de un cielo arrebolado en el ocaso, el verdor de los manglares y la vistosidad de las casitas construidas de tablas y de zinc sobre pilotes de madera y de concreto, creaban una composición envidiable para una postal.
Urdaneta desplazó la chalana por diferentes canales para que yo pudiera palpar los detalles de esa incomparable arquitectura que hace más de cinco siglos inspiró el nombre de nuestro país. Todos los canales tenían tendidos eléctricos de donde cada palafito se abastecía de la energía generada por dos plantas operadas con gasolina.
—¿Por qué lo llamaron Congo Mirador?
—Eso no está muy claro. Mi suegro, que se la pasa contando historias de pescadores, dice que su bisabuelo llegó en 1915 y fue uno de los primeros habitantes. Se llamaba Ernesto y era de El Saladillo, Maracaibo. Huía después de raptar una quinceañera de buena familia con la que procreó más tarde cuatro muchachos. Escogió este sitio, porque aquí nadie lo iba a encontrar. Y así ocurrió.
Ernesto era carpintero, construyó un palafito, se dedicó a la pesquería y vivió bendecido por Dios hasta que le tocó marcharse de este mundo. Como caso extraño, no regresó jamás a Maracaibo. Nadie vino a apresarlo, y él, hombre paciente y de trabajo, también se olvidó del mundo. Según mi suegro, Congo era al principio el nombre de esta comunidad palafítica.
Luego no se sabe por qué, le agregaron la palabra Mirador, que era como llamaban una parte de tierra firme. Y así quedó. Claro, esa es la versión de mi suegro, que es un hombre memorioso y conversador, pero también muy embustero.
Contuve la risa por la ocurrencia de mi guía, y preferí concentrarme en los detalles del edénico paisaje lacustre.
—Es muy hermoso.
—Sí. Pero la sedimentación lo está matando a cuenta gotas, y la paja de agua que brota a su alrededor, lo cubrirá todo, y esto se convertirá en una selva pantanosa a la que nadie podrá llegar. Claro, eso será como dentro de veinte años o quizás menos. Cuando eso empiece a ocurrir te acordaréis de mí. Es inevitable —aseguró Urdaneta con un dejo de nostalgia.
En seguida hizo girar la Alejandra hacia la derecha para desembocar en un palafito pintado de azul. Amarró el bote a la plataforma que sustenta la pasarela y subimos de un tirón a la vivienda con el propósito de descansar. A escasos metros se incorporaba un cayuco tripulado por dos muchachos que portaban mochilas de escolares. Un perro blanco saltó de ella y con el mismo impulso cayó sobre una pasarela que conectaba con otras viviendas.
El anfitrión, antes de entrar a su vivienda, me ofreció una silla de mimbre en el porche, para disfrutar del paisaje circundante. Gesto que le agradecí, porque en realidad me sentía cansado.
—Ah. También podéis conversar con mi suegro. Como ya te he contado, es un buen cotorrero —señaló con una mueca al trasponer el umbral.
El hombre aludido era un setentón delgado. Vestía de braga azul y usaba una gorra de pelotero roja, calada hasta su nariz. En seguida subió al bote y comenzó a bajar con parsimonia la carga: recipientes de agua, aceite, gasolina, una maleta y las provisiones que compré en el puerto de Bobures.
Quedé dormido quizás por más media hora, y fui despertado por un brusco sacudón en mis piernas. Al abrir los ojos, observé que el perro blanco que había llegado en una canoa junto con dos muchachos escolares me saludaba, agitando su rabo y lamiendo al mismo tiempo mis zapatos. A esa hora, la comunidad flotante ya estaba iluminada.
—¡Fuera Centella, no moleste al señor —gritó el viejo aún dentro del bote y colocando sobre la extensión metálica de proa un nuevo mechurrio.
El perro obedeció; movió de nuevo su rabo y regresó trotando por la pasarela con una pericia asombrosa. Más allá se escuchaba un bramar lejano y sostenido que parecía venir desde la iglesia. “Es una planta eléctrica”, pensé.
Pero un continuo toc, toc, toc, proveniente el interior de la casa terminó de disolver mi sueño. El viejo también lo escuchó. Luego de ejecutar varias maniobras para salir del bote, se detuvo con malicia en el umbral de la puerta:
—¿Qué es esa tirazón ahí dentro? —preguntó, alarmado.
—Ninguna tirazón, papá. Estoy tostando el maíz que se va a llevar el señor que anda con Ramón —contestó una mujer sin asomarse.
El relámpago del Catatumbo.
El viejo me miró con turbación y regresó de nuevo al bote.
Al cabo de un rato recibí de Rafael Urdaneta la cena: un plato lleno de patacones con huevos fritos. Esa ración aceleró mi letargo, pero una oportuna taza de café, bien caliente, lo disipó.
Después de transcurrir otra media hora salió mi guía lleno de vigor: había rasurado su barba y llevaba un chaleco gris, de cuatro bolsillos, gorra del mismo tono; parecía un reportero de algún periódico.
—Bueno, doctor, estamos listos. Me imagino que ya preparaste tu cámara —dijo Urdaneta, portando un morral negro y dando saltos hacia el bote.
—¿Cuál, cámara? —respondí todavía, soñoliento.
—La cámara fotográfica. Turista que no traiga una al Catatumbo; viene a perder el viaje —insistió.
—No. No traje.
Aunque llevaba conmigo un celular, no contaba con ese recurso, pues no sería hasta más de un lustro cuando empezarían a comercializarse de manera global con cámaras fotográficas. Le expliqué que mi intención al principio no era llegar a Congo Mirador, sino a Santa Bárbara del Zulia a visitar a mi primo José Antonio Larreal. La avería del carro de Nelson había trastocado mis planes.
—Vos sí tenéis bolas, porque eso no se le ocurre a nadie.
Salimos de Congo Mirador a las ocho y cuarenta de la noche, según mi teléfono, que en ese remoto paraje de Dios, solo servía para mirar la hora. La penumbra era total. El mechurrio instalado sobre la proa permitía ver imágenes difusas que Urdaneta distinguía como si llevara consigo un aparato de visión nocturna. Surcamos caños de diferentes anchuras, bordeados por espesos manglares para desembocar después a un sitio ubicado al oeste de la laguna de Ologá, irrigada también por las aguas del río Catatumbo. Creo que ese enrevesado viaje nos tomó cerca de una hora.
En el trayecto alcanzamos una romería de chalanas que parecía una peregrinación iluminada a un lugar muy sagrado. Ese sitio tan concurrido por los pescadores se llama Punta Chamitas, donde se halla la más variadas especies de cangrejos.
Un zumbido de mosquitos nos asaltó de repente. Llegaban por oleadas como los jejenes perturbadores de El Moján. Urdaneta encendió de emergencia dos tabacos para contenerlos. Me dio uno para que lo aspirara. El efecto del pesado humo logró ahuyentarlos, pero a mí me dejó un mareo terrible, que obligó a acostarme en la plataforma de la Alejandra por otro largo rato hasta que pasara.
Urdaneta aseguró que tenía que fumarme cinco para que los mosquitos no volvieran a molestar, al menos por esa noche. En la densa oscuridad perdí el sentido de orientación a causa de los vahídos. No sé si nos dirigíamos otra vez al lago o alguna parte del cielo. De pronto nos encontramos con una brisa helada que hizo erizar mi piel.
En la lancha no encontré un edredón con qué cubrirme y fue entonces cuando vuelve entrar en escena mi redentor: Urdaneta destapó la botella de ron que formaba parte del kit de sobrevivencia y la agitó en el aire para descargarle un sorbo a los difuntos, luego me sirvió en una totuma el equivalente de cinco tragos. “Este es el mejor cobertor para el frío”, dijo, soltando una carcajada. Después de probar el suyo, vino como un iluminado para darme una buena noticia:
—¡Bienvenido al tour del relámpago del Catatumbo!
Sentí satisfacción al llegar por fin al sitio por el que había emprendido ese alucinante viaje de turismo. Al cabo de veinte minutos el relámpago comenzó su función, repartiendo chispas de luces blancas y doradas hacia todas partes como un sol intermitente que se aprestaba a desollar la noche hasta el infinito. Siempre creí que esa condición solo podría darse en la metáfora de un poeta, pero era una realidad, palpable, que lo envolvía todo, como estar dentro del núcleo de su refulgencia.
Tan pronto como el fenómeno hacía pausas entre descarga y descarga, salían de otro punto del río infinidades de pequeñas chispas que apuntaban hacia arriba. Le pregunté a mi guía de qué se trataba aquel portento: “Son flashes de cámaras que tratan de capturar una imagen ramificada del relámpago”. Cuando alguien alcanzaba la hazaña era celebrada con gritos y aplausos. Al principio creí que yo era el único interesado en las maravillas del relámpago. Al retornar el chispazo y ubicarse justo sobre nuestras cabezas, todo el espacio se iluminaba y fue entonces cuando pude ver a decenas de chalanas repletas de turistas.
Urdaneta sacó de la mochila negra dos bolsas de cotufas. “Esto fue tostado con el maíz que compraste en Bobures”, dijo tocando mi hombro.
De modo que terminé comiendo cotufas como si estuviera en un cine. Pero disfrutar de ese maravilloso espectáculo, único en el planeta, era sin duda, mejor que estar en un cine.
En esa prolongada estancia escuché de Urdaneta todo lo que necesitaba saber de este misterioso prodigio de la naturaleza como si lo hubiera conseguido a través de un buscador de la web. Escuché además, graznidos lejanos, aullidos sobrecogedores y chapoteos violentos que estremecían el cuerpo de Alejandra y provocaban fugaces interrupciones en nuestra plática.
Según testimonio de investigadores que han estudiado el fenómeno y muchos de ellos transportados por Rafael Urdaneta, el fogonazo se produce por la unión de los vientos alisios que vienen del noroeste con la corriente de aire que baja de las montañas andinas y las emanaciones de gas metano de la Ciénaga de Juan Manuel, una zona de reserva de 250.000 hectáreas que constituye el estuario del río Catatumbo.
Ese chispazo sin ruido que aparece a lo largo de trescientos días al año y dura entre ocho y nueve horas por noche, es el responsable de producir el diez por ciento del ozono que protege el planeta, y es tan grande su esplendor en las alturas que puede verse con facilidad desde algunas islas en el mar Caribe.
Al margen de las teorías de los expertos, Rafael Urdaneta tiene una versión sobre el significado del relámpago:
—Aquí ha venido gente de muchas partes del mundo a estudiarlo. Van y vienen con telescopios de todo tipo, antenas y cuantos parapetos se les ocurre para detallarlo, pero al final, siempre dicen lo mismo. Hace apenas un mes, transporté a un pasajero guajiro, que para mí, ha sido el único que dado la mejor explicación sobre el fenómeno. Aquel día empezaba a caer la noche y no quise aventurarme en llevarlo a El Chivo, un pueblo que queda por allá, por el río Chama — dijo soltando una bocanada de humo que se volvió una suerte de trazo radiante para indicar la dirección—, de modo que decidí dejarlo por aquí cerca en la finca de un wayuu centenario. Aquel pasajero tenía como 70 años, llevaba pulseras de oro y vestía con un rico atuendo de dos piezas tejido en algodón. Era de porte mediano y fuerte contextura. Esos atavíos le daban la estampa de un hombre pudiente de otro mundo, o quizás de otro tiempo… No sé. Aquel viejo me dijo, sin llevar un telescopio encima, que el relámpago del Catatumbo era el alma de la Tierra, no del Sur del Lago, sino de todo el planeta. A partir de allí, terminé creyendo que aquel viejo extraño con aire de místico no era cualquier visitante, sino un astronauta en cotizas, poncho y faldón. De eso no tengo la menor duda.
Ser tocayo de un prócer de la patria no siempre es un privilegio; algunas veces trae complicaciones como la experiencia vivida por mi guía en 1954, cuando prestó servicio militar en el Batallón Piar de Barquisimeto. “Estábamos en formación para darle la bienvenida a un nuevo sargento. Era un moreno macizo como de dos metros de estatura.
A medida que pasaba revista daba su nombre y también teníamos que dar el nuestro. Justo cuando llegó mi turno, el militar se inclinó ante mí para darme su mano: “Mucho gusto, sargento primero Simón Bolívar. En seguida contesté: soldado Rafael Urdaneta, para servirle”.
Ese hombre cambió de color, y pareció crecer más por la furia causada por mi respuesta. Él creía que yo le había mamado gallo, como debéis saber, Rafael Urdaneta era el mejor amigo y más fiel general del Libertador.
Con sus ojos convertidos en faros de candela y sus dientes relampagueantes de rabia, me sacó a empujones de la formación para castigarme. “A los graciosos siempre les tengo un buen ejercicio”, me decía en el trayecto, pero en un descuido pude sacar de un bolsillo de mi pantalón, la cédula de identidad y se la mostré, tembloroso. “Maracucho tenías que ser. Te salvaste de hacer doscientas flexiones de pecho y trescientos saltos de rana por el patio”, me dijo, fingiendo una sonrisa de amistad.
Después de cumplir con el servicio militar, Urdaneta estudió en la Escuela Técnica Industrial de Cabimas de donde egresó como perito electricista en 1960. “Con mucho orgullo fui de La Quinta Promoción. Trabajé nada más veinte años en esa especialidad porque me cansé de recibir corrientazos, y desde entonces, soy marino en el lago”, recordó, exhalando otro vigoroso chorro de humo.
En el pasado El relámpago del Catatumbo servía como faro para orientar embarcaciones de velas: goletas, bergantines, galeones, que venían por el Caribe con destino a Maracaibo. Mi tío, el padre Alejandro, quien fue párroco de Encontrados (Sur del Lago entre 1963 y 1968) me dijo en una oportunidad, que el poeta madrileño del siglo XVII Lope de Vega, dedicó en “La Dragontea” (epopeya que narra las últimas correrías del pirata inglés Francis Drake por el Caribe) un pasaje en el que el bárbaro pretendía saquear Maracaibo, pero fue descubierto de manera oportuna por la luz del relámpago que puso sobre aviso a la guarnición española acantonada allí, y tras un laborioso operativo logró ahuyentarlo a Panamá.
El relámpago del Catatumbo es uno de los símbolos más arraigados del estado Zulia, tanto así que el poeta marabino Udón Pérez (autor de la letra del himno regional) le dedicó una estrofa, y su figura luminosa, única en el planeta, es representada sin equívocos por un rayo dorado en uno de los cuarteles del escudo de armas. También ha sido objeto de inspiración para compositores que han dejado en millares de gaitas y en otras expresiones folclóricas del país sus más memorables letras.
A las cinco de la madrugada fui despertado por Rafael Urdaneta: “Estamos en casa de nuevo”, me dijo.
Me levanté de la plataforma de la Alejandra, desorientado. Dormí apenas una hora, lo que duró el viaje de retorno. Urdaneta me pasó un jarrón con agua para despabilarme, mientras tanto, en las alturas, el relámpago parecía aniquilar lo que quedaba del señorío de la noche. Luego trajo una taza rebosante de café con la cual terminé de ubicarme mejor en el espacio. Le di las gracias por las consideraciones que me dio y a continuación nos despedimos. Él debía ir a Barranquitas —al norte de Congo Mirador— para reanudar sus obligaciones en una contratista petrolera.
—Ya sabéis. La próxima vez te venís por Puerto Concha, porque de Bobures no hay transporte para acá. Ayer solo tuviste suerte —me dijo tras un apretón de manos.
Mi nuevo transporte, la rápida Zulianita, esperaba al otro lado de una pasarela construida también con palos de mangle, cuando recordé de pronto la suerte de los tres velones amarillos.
—Aclárame ese misterio —exigí al volverme hacia Urdaneta. Ya conocí el propósito del ron, los tabacos y el maíz.
Urdaneta soltó una carcajada:
—Pensaste que te iba a llevar a una sesión de brujos, ¿no?
—No. De ninguna manera —dije, tratando de negar lo que imaginé cuando me dio la lista de los insumos que traeríamos a Congo Mirador. “Creo que si tiene algo de brujo cuando pudo leer mi pensamiento”, añadí en silencio.
—Bueno, la planta eléctrica trabaja hasta medianoche y, después de allí, necesitamos alumbrarnos dentro, porque aquí fuera no nos hace falta, porque tenemos la luz del relámpago. ¿Me entendéis? —dijo Urdaneta, volviendo a sonreír y despidiéndose con un gesto militar.
Urdaneta hizo bramar un par de veces el motor de la Alejandra, y acto seguido despegó hacia el norte dejando una estela blanca en las aguas teñidas aún de anochecer.
El alba presagiaba para ese día la llegada de un sol glorioso. En la rápida Zulianita había nueve pasajeros soñolientos: cuatro mujeres de distintas edades, tres niños y dos hombres mayores con gorras de peloteros.
En la travesía a Puerto Concha —tratando de superar un poco los efectos de la resaca y el trasnocho— cambié de puesto con uno de ellos para que la brisa generada por el desplazamiento refrescara mi rostro, y mi aliento de dragón iracundo, se aplacara con algunos caramelos de menta que habían sobrevivido del viaje y con los cuales pude encontrar al fin un alivio digno del cielo.
De esa manera intercambié saludos con el capitán, que era un hombre cincuentón, alto, y llevaba una chaqueta marrón roída, sin abotonar. Encendió la radio, desde el tablero de mando, para escuchar las noticias del día, pero ninguna de las estaciones sintonizadas daba buena señal: “Para colmo, esta vaina no sirve”, dijo y la apagó. Volteó de inmediato y buscó conversa conmigo: “¿Qué pasó, vos no eras pasajero de la otra lancha? “Sí. Pero ahora voy a Puerto Concha”, le respondí, y así comencé a hablarle de mi anfitrión: “Rafael Urdaneta es un formidable guía, algo misterioso, pero muy hospitalario”.
El capitán refiló su grueso bigote de pirata con ambas manos, luego arrugó el entrecejo y la boca, como si mis palabras hubiesen despertado en él viejos resentimientos.
—Él no es de este pueblo; viene por temporadas. Algunos piensan que es de Los Puertos de Altagracia, porque lo han visto contrabandear por allá con whisky. Tampoco se llama Rafael Urdaneta. En Los Puertos lo conocen como Efluvio Luzardo, y a lo mejor, ni ese será su nombre —concluyó el marino, reanudando su mirada al monótono horizonte de aguas turbias.
No sé qué tan cierta era la valoración del capitán sobre mi guía. A esa altura del tiempo ya no me importaba cuál era su verdadero nombre y origen. Si en el futuro, el azar volviera a presentarse en forma de Rafael Urdaneta, le estrecharía de nuevo su mano y me montaría feliz en su bote en busca de otra fascinante aventura fluvial.
Mientras el sol comenzaba a descorrer el velo de la bruma y hacía asomar en la distancia la silueta costera de mi nuevo destino, atrás, dejaba con nostalgia, el único lugar del mundo donde un relámpago se trasnocha.
¡Participa!
¿Quieres ser lector corresponsal?
Los interesados en participar en Lectores Corresponsales pueden escribir un email a la dirección de correo de nuestra sección de Participación ([email protected]) adjuntando sus datos biográficos y el texto que proponen para su publicación.


