Feijóo y el fin de un sueño
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Con el decálogo para pactar con Vox, el PP asume la necesidad de contar con el partido de Abascal

Feijóo y Abascal

Arthur M. Schlesinger fue asesor de John F. Kennedy, a quien escribía sus discursos. Defendió una política alejada de extremismos y ya en los años 70 auguró una deriva de la Casa Blanca hacia lo que llamó “presidencia imperial”, que ahora vivimos en toda su intensidad. Su lucidez política procedía en buena parte de la experiencia, puesto que nació cuando se echaba encima la Revolución rusa, vivió el New Deal, trabajó con Kennedy, vio el ascenso de Reagan en los años 80 y encabalgó la era de Clinton con los ataques del 11-S. De alguna forma asumió que la política funciona como un péndulo que bascula entre períodos de “propósito público”, en los que prima lo colectivo y un cierto idealismo, para caer luego en el “interés privado”, con un acento más individualista y conservador. Este movimiento cíclico, en su opinión, oscilaría en intervalos de 30 años por decantación generacional. Si observara hoy la frenética realidad política seguro que acortaría esos períodos a menos de la mitad. Su visión se ceñía a EE.UU, pero puede servir para analizar también en parte nuestra realidad doméstica.
Hace justo diez años se produjo el punto álgido de Podemos, que acarició el sorpasso al PSOE, y ahora vivimos el auge de la extrema derecha. Según el CIS, los españoles se situaban en la etapa final de José Luis Rodríguez Zapatero en posiciones de centro izquierda moderada (4,5 en una escala del 0 al 10), mientras que ahora se declaran en el 5,1. Puede parecer poco, pero es una evolución sociológica destacable. Se trata además de un promedio, claro, ya que el otro fenómeno que se ha producido es el crecimiento de los extremos. Si hace diez años los que se ubicaban en la extrema izquierda (entre 1 y 2 en la escala) llegaron al 14%, hoy son solo el 8%. Por su parte, quienes decían que eran de extrema derecha (9 y 10 en la escala) eran entonces un 2% y ahora alcanzan el 11%.
En definitiva, hace diez años las ideas de la izquierda radical impregnaron todos los aspectos de la política y las relaciones sociales, mientras que ahora se impone una derechización. Schlesinger sacaría una conclusión clara: allá por 2015 la sociedad española (que acumulaba siete años de fortísima crisis económica) buscó refugio en el “propósito público”. La mayoría de los ciudadanos reclamaba de sus gobernantes una mayor sensibilidad respecto de los desahucios, por ejemplo. Existía una fuerte sensibilidad ante las cifras de inmigrantes que perdían la vida en su periplo por alcanzar las costas españolas. Calaba el mensaje contra “la casta” y “los poderosos”, contra los beneficios de las grandes empresas o bancos y los sueldos de los directivos. Hoy, en cambio, tiene mayor eco social la exigencia contra las ocupaciones de viviendas, el discurso contra la inmigración o, en especial, contra los impuestos.
Aznar no ha dudado en pedir a su partido que no hable más de pactos con Vox, formación a la que ha tildado de “populista”
Ese contexto y la polarización a la que hacíamos referencia conforma un hábitat muy favorable al crecimiento electoral de Vox. Para los populares constituye un quebradero de cabeza casi irresoluble. Cuando arrecian la presión contra Pedro Sánchez con argumentos que dibujan una España al borde del precipicio de la inmoralidad y el caos, acaban trabajando en beneficio de Vox, creando el clima propicio para aumentar el flujo de votantes hacia ese partido. Cuando subrayan la necesidad del cambio, aún benefician más a Santiago Abascal, que explota el mensaje de que el PP y el PSOE son las dos caras del mismo sistema. Por supuesto, es un fenómeno que ya se ha producido en otros países y que tiene difícil resolución para partidos conservadores clásicos. Hasta tal punto es evidente esa encrucijada que José María Aznar no ha dudado en tildar a Vox de “populista” y en pedir a su partido que deje de enredarse en hablar de pactos con esa formación. En medio de ese dilema, esta semana ha supuesto un punto de inflexión en la relación entre el PP y Vox.
Los populares difundieron el pasado lunes un decálogo que pretendía ser el marco en el que deben encuadrarse las relaciones con la extrema derecha. Estaba pensado para afrontar las negociaciones abiertas en las comunidades autónomas donde se han celebrado elecciones, pero es evidente que configuran también el tablero para una eventual colaboración tras las generales. Supone un antes y un después porque revela que Alberto Núñez Feijóo ha asumido que sólo con el apoyo de Vox llegará a la presidencia del Gobierno y trata de delimitar hasta dónde debería llegar la influencia de ese partido. El sueño de una mayoría, si no absoluta, al menos sólida, que asentase la hegemonía ideológica y social de su partido, se desvanece. Para alguien que gozó de varios gobiernos en solitario en Galicia y que ha vivido la mayor parte de su larga trayectoria política en un sistema bipartidista casi perfecto (salvo por el episodio de Ciudadanos) en el flanco derecho, no ha sido fácil recorrer ese camino.
El documento busca un compromiso de Vox por la estabilidad y pone líneas rojas, como el respeto a la Constitución, a la Corona o al reparto competencial autonómico. Estos puntos adquieren relevancia si se tiene en cuenta que una mayoría de 210 diputados de los dos partidos en el Congreso permitiría cambios constitucionales, por ejemplo, para revertir traspasos ya realizados a las comunidades. Abascal respondió indignado al documento marco de Feijóo y aseguró que el PP pretende tratarles como si fueran “salvajes a los que hay que domar”. Cada vez es más evidente que Vox no tiene intención de echarse en brazos del PP antes de tiempo e incluso que aspira a situarse en un plano de igualdad de cara a las generales. Los populares han pasado de querer a la extrema derecha fuera de los gobiernos a preferirla dentro y con responsabilidades notables para que también sufran el desgaste de la gestión. Pero Abascal acertó al salir de todos los gobiernos autonómicos y no va a dejar que se le eche el lazo antes de hora.
Vox tiene que combinar la imagen de autonomía respecto del PP y combatir al mismo tiempo el mensaje que difunde Feijóo de que tienen miedo de coger las riendas porque no saben gestionar. Por eso, lo más probable es que Vox entre en algunos gobiernos autonómicos y no en otros. No lo hizo en la Comunitat Valenciana cuando dimitió Carlos Mazón y tampoco es probable que lo haga en Extremadura. En cambio, hay más posibilidades en Aragón, así como en Castilla y León. Veremos qué pasa en Andalucía. En todo caso, Abascal dejó claro ayer que no piensa atarse al PP para garantizar la gobernabilidad durante una legislatura completa en ninguna autonomía. Su modelo, dijo ayer su líder, es decreto a decreto, votación a votación. Vox no hará nada que enturbie sus opciones de crecimiento electoral de aquí a las elecciones generales. Para Abascal, se trata de despejar el camino de ese péndulo que ahora viaja hasta la extrema derecha y que aún se desconoce hasta dónde puede llegar.
