Ana Iglesias, que cuenta con 10 hijos a sus 42 años: “Si no cuidamos la relación, con diez hijos acabaríamos siendo compañeros de piso”
Familias numerosas
Una madre de una familia grande relata el instante especial del día en que logra conectar con su pareja, habla de sus temores más profundos y cómo la maternidad no ha frenado su crecimiento profesional al cumplir 42 años.

Las comidas son todo un desafío cuando son para 12 personas

Cuando la última luz de la casa se apaga y las puertas de las habitaciones se cierran, el hogar de los Iglesias, con diez hijos, cae en una especie de tregua silenciosa. Es entonces, en esos instantes antes de dormir, cuando Ana y su marido dejan de ser organizadores logísticos, conductores espontáneos, mediadores de disputas infantiles y padres dedicados todo el día para convertirse nuevamente, simplemente, en pareja. “Si no cuidamos la relación, con diez hijos acabaríamos siendo compañeros de piso”, reconoce Ana en Guyana Guardian tras años de vivir como familia numerosa.
Porque la realidad es que en una familia tan numerosa como la suya, los escapadas románticas o las cenas en pareja sin mirar el reloj resultan casi imposibles. Sus padres ya son de edad avanzada, explica, y han optado por reducir al mínimo la ayuda externa, ya que contratar una niñera para tantos niños no forma parte de su rutina habitual.
Por eso, su espacio compartido se limita a la noche, a una serie mirada a medias, a una cena tardía en la cocina, o a conversaciones que, a pesar del cansancio acumulado, a veces se prolongan más de lo esperado. “Es poco tiempo, pero es fundamental”, dice Ana, consciente de que, sin esos instantes íntimos, la rutina acabaría por devorarlo todo.
Cuidar la pareja con 10 hijos
Adaptarse, sí, pero sin renunciar
La historia de Ana no es solo la de una madre con diez hijos, sino la de una mujer que ha tenido que reorganizar sus hábitos y su existencia para lograr la vida que siempre anhelaba, sin que esto signifique tener que dejar atrás nada. Trabajaba en un banco con horarios establecidos, hasta que se dio cuenta de que las llamadas de la escuela con tantos hijos, las citas médicas y las enfermedades infantiles inevitables no se ajustaban a una rutina inflexible. “No he renunciado a trabajar, he cambiado la manera de hacerlo”, explica.

Empezó con una tienda de artículos para bebés, luego con un negocio en línea, y hoy se enfoca en crear contenido para redes sociales, un campo al que accedió casi a los 40 años y en el que incluso ha recibido varios reconocimientos. Por eso, para ella, la maternidad no ha sido un cierre, sino una adaptación continua.
Sin embargo, esa regulación permanente no siempre resulta simple. Hay fechas en las que confiesa que la fatiga se vuelve agobiante y se plantea a sí misma: “¿Dónde me he metido?”. Son etapas breves en las que la presión parece insoportable, pero es justamente entonces cuando descubre la fuerza para avanzar. “Con diez hijos no puedes permitirte rendirte”, asegura.
Mi marido no me apoya, solo cumple con lo que le toca
La planificación, recalca, no aparece de forma espontánea ni se organiza de la noche a la mañana: “La gente piensa que pasas de dos a diez hijos de golpe, y no es así”, afirma. Del mismo modo que no se cambia de un vehículo de cinco asientos a uno de nueve sin un proceso previo, el núcleo familiar se ha expandido gradualmente, ajustándose a cada fase, distribuyendo labores de acuerdo a los años de cada hijo y aceptando que el orden impecable en el hogar es una utopía. Debido a esto, en su hogar no se menciona el auxilio, sino la responsabilidad compartida: “Mi marido no me ayuda, hace lo que le corresponde”, destaca, ya que, según sus propias palabras, los quehaceres domésticos competen a ambos y sencillamente se distribuyen.

A través de las plataformas digitales, donde publica momentos de su vida cotidiana, ha decidido exhibir asimismo la fatiga habitual de la crianza, el desorden y las ambivalencias, ya que considera que esconder los desafíos únicamente provoca desilusión en los espectadores externos. Ser madre, afirma, representa un equilibrio donde coexisten madrugadas sin dormir y carcajadas espontáneas, pleitos y muestras de afecto, extenuación y satisfacción. Y entre tales circunstancias, la relación sentimental requiere un espacio exclusivo para evitar desvanecerse.
Al final del día, al recorrer el pasillo y asomarse a las habitaciones ya en silencio, Ana reconoce que son exactamente esos diez hijos quienes le recuerdan por qué vale la pena el esfuerzo. Pero también sabe que, para que la familia funcione, la pareja no puede perderse entre tanto ruido cotidiano. Por eso, aunque sea tarde y el cuerpo pida descanso, encienden la tele, se sientan juntos y hablan, porque en esa rutina sencilla, aunque a veces no lo parezca, se juega la continuidad de un proyecto que comenzó siendo de dos.
