“Si no se recibe una compensación por donar un riñón, tampoco debería recibirse por dar esperma”: la reivindicación de Miquel Roura, hijo de donante anónimo
Descubrir los orígenes
Miquel Roura descubrió a los 15 años que era hijo de un donante anónimo y, desde entonces, lucha por conocer su historia personal

Miquel Roura lucha por abolir el anonimato de los donantes

Algunas conversaciones duran apenas unos minutos y, sin embargo, pueden dividir toda una vida en dos. La de Miquel Roura ocurrió cuando tenía 15 años. Estaba en el coche, volviendo a casa tras visitar a su padre en Viloví d’Onyar. Llevaba días inquieto, dándole vueltas a una idea que no le dejaba dormir. Su progenitor padecía una enfermedad neurodegenerativa, que también habían sufrido su abuelo y dos de sus tíos. La herencia parecía estar escrita. “Empecé a pensar que iba a morir”, cuenta en esta conversación con Guyana Guardian.
Aquella tarde reunió el valor suficiente para formular la pregunta en voz alta: ¿Iba a heredar esa enfermedad? La respuesta fue inmediata y definitiva. No corría ese riesgo porque había sido concebido con el esperma de un donante anónimo. Sus padres habían recurrido a una clínica de reproducción asistida, precisamente, para evitarle ese escenario.
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Primero llegó el alivio de sentirse a salvo de un destino anunciado. Después, casi sin transición, la grieta. Algo se resquebrajó en su interior. Estaba libre de la enfermedad, sí, pero su origen (y con él, parte de su identidad) quedaban suspendidos en un vacío que lo acompaña desde entonces. Aquella revelación marcó el inicio de una búsqueda que aún hoy, con sus 43 años, no ha terminado.
Crecer con piezas en blanco
La adolescencia que siguió a esta conversación fue, en sus palabras, “bastante crítica”. De repente, “todos los hábitos que tenía bien construidos temblaron con fuerza y había aspectos de la vida que me costaban”, apunta. Aunque su madre y su nueva pareja, Jordi, a quien Miquel describe como su “padre en funciones”, le acompañaron en esta etapa, no fue hasta los 26 años cuando entendió el alcance de aquella revelación. “Identifiqué que no saber de dónde venía había condicionado el desarrollo de mi identidad”, asegura.
Una idea que no todo el mundo comprende. “Por norma general, creemos que el vínculo filial y biológico van de la mano y coinciden con la misma persona. Eso no es así en nuestro caso, lo tenemos disociado”, narra antes de añadir: “Nosotros no tenemos un vacío existencial por capricho. Preguntarte de dónde vienes es inherente”. Hay quien le dice que es mejor no saber, que hay padres que no han estado a la altura, “pero ellos tienen esa experiencia y las situaciones negativas también forman parte de quién eres”.

Su objetivo no es saberlo todo acerca de su progenitor biológico ni que se responsabilice de su crianza, sino poder tener una participación indirecta. “Por ejemplo, poder mandar un mensaje a esa familia biológica porque me he encontrado una mancha y quiero saber si es habitual en esa familia”, ejemplifica. “Esto no quiere decir que yo tenga que saberlo todo de esa persona o él responsabilizarse de mi crianza, pero no se puede permitir esta desprotección. No puede ser que una decisión unilateral de los adultos me condicione”, argumenta.
Respuestas y muros
Cuando asumió cómo esa ausencia de información le había marcado y que no era anecdótica, sino estructural, Miquel empezó a buscar respuestas. “Mi proceso personal coincidió con la aparición de Internet y Facebook. Vi que había colectivos en Australia, Estados Unidos, Canadá y Francia de hijos adoptados que se habían organizado y buscaban a sus progenitores y otros vínculos”, relata. En cambio, en España se encontró con un muro legal y administrativo.
Nosotros no tenemos un vacío existencial por capricho
A pesar de que, en 2019, el Comité Español de Bioética recomendó abolir el anonimato por razones sociales y éticas, el Estado lo mantiene. De hecho, la primera ley de reproducción asistida, de 1988, no contempla a los nacidos por donación como sujetos. “No aparecemos como sujeto de derecho. Somos el producto. La clienta fue la madre”, afirma. Además, los nacidos antes de la creación de esa ley quedan en un desamparo legislativo.
Esta concepción ha provocado que las respuestas de las clínicas hayan sido evasivas o, directamente, inexistentes. “No nos atienden porque, para ellos, nosotros no somos nada. Algunas nos han dicho que hubo una inundación y se perdió toda la documentación de nuestros casos. Otras se han aferrado a la ley de tratamiento de datos, que obliga a guardar la información 15 años”, comenta. Tal ha sido la opacidad que incluso han llegado a hacerse pasar por parejas que querían una reproducción asistida para poder ver a los doctores de esos centros.

“Es una salvajada”, lanza Miquel ante el desamparo que sufren. “La ley también dice que, si nosotros tenemos algún problema de salud, deberíamos poder acceder al donante”, señala. Ante esta situación, varios hijos e hijas de donantes impulsaron una demanda colectiva contra las clínicas para forzar un cambio legislativo. “No en efecto retroactivo, sino para que los que vienen detrás no tengan que nacer en esta misma situación”, matiza. Eso sí, durante el proceso, descubrieron que necesitaban una declaración de sus madres para acreditar que lo que decían era cierto.
“No consta en ningún lado cómo nacimos. A diferencia de las personas adoptadas, que en su certificado de nacimiento explican sus orígenes, nosotros solo sabemos que somos hijos de los padres que fueron a la clínica”, revela. Una ausencia de información que es “vulneración del derecho a la privacidad y del desarrollo brutal”, además de “una usurpación de mi historia personal”.
Cuando la reproducción es un negocio
Con el paso del tiempo, la búsqueda dejó de ser solo personal y escaló a una dimensión mucho más cruda. “Las instituciones privadas custodian nuestros datos genéticos, la información sobre el 50% de lo que soy. Se supone que soy un ciudadano de pleno derecho, pero una empresa privada guarda mi historia personal”, destaca antes de añadir: “Es que no soy un ciudadano, soy un producto de una empresa y eso es ofensivo”.
Las instituciones privadas custodian nuestros datos genéticos, la información sobre el 50% de lo que soy
Esto está vinculado con un fenómeno mucho más amplio: la mercantilización de la reproducción, como en el caso de los óvulos. En 2024, solo en Catalunya, había entre siete y ocho millones de óvulos vitrificados almacenados en clínicas, sin moverse. “Viendo este escenario, la Sociedad Española de Fertilidad (SEF) propuso una norma que permite que esos óvulos circulen entre países en función de la demanda”, revela Roura. De esta manera, España no solo es uno de los principales polos de reproducción asistida en Europa, sino que también se ha convertido en exportador.

Una actividad que choca de frente con la misma ley de 1988, que prohíbe el uso comercial de las donaciones, pero el sistema genera un considerable rendimiento económico. Y, por supuesto, sin que las donantes sepan qué está pasando con su material genético.
Es por todo esto que piden que la donación sea totalmente altruista. “Si no se recibe una compensación por donar un riñón, tampoco debería recibirse por dar esperma”, dice, con rotundidad. Además, proponen que “el perfil del donante sea más consciente de lo que está haciendo”.
Romper la soledad
A medida que iba creciendo, Miquel creyó que sus rarezas y dificultades eran individuales. A los 34 años, escribió un texto en un foro de adopción porque, dice, “no podía más”. La periodista Eugenia Curto le ofreció un espacio para publicarlo. A partir de ahí, el aislamiento empezó a romperse. Esa carta le permitió estar presente en redes sociales y contactar con Manuel, otro hijo de donante anónimo en Granada.
“Fue la primera vez que pude hablar con alguien de esto. Hubo una afinidad espectacular. Cuando colgué, fue la primera vez en mi vida que me di cuenta de lo solo que había estado. El hecho de sentir que otra persona había procesado lo mismo, rompió la burbuja de soledad en la que había vivido”, confiesa. Más tarde conoció a María Sellés, con quien viajó a Toulouse para reunirse con la asociación de hijos de donantes de Francia, ahora denominada Origins.
Fueron ellos quienes consiguieron que se aboliera el anonimato en su país y animaron a Miquel, María y Manuel a fundar la Asociación de Hijas e Hijos de Donante (AHID). “En seguida, las personas con las que habíamos contactado a través de foros o de publicaciones se fueron sumando”, cuenta. La comunidad convirtió la grieta en acción colectiva.
El vínculo con su madre
El activismo también exigió una conversación íntima. Su madre temía que buscar al progenitor biológico implicara cuestionar la figura paterna. “Es un miedo muy propio porque, por norma general, solemos identificar el vínculo biológico con la relación filial. Los hijos de donantes lo tenemos disociado, pero eso no significa que lo confundamos. El saber que tengo un progenitor biológico no borra el amor que he recibido”, afirma.

El punto de inflexión llegó durante un reportaje para Televisión Española. “El trato era que yo haría la entrevista de manera anónima para respetar la historia de mi madre. Pero, claro, entonces, ¿a quién pertenece la historia, a ella o a mí? Porque como adulto me tenía que subyugar a su historia”, comenta Miquel. Tras hablarlo, su madre decidió apoyarlo públicamente. “Siento que, en ese momento, ella se colocó a mi lado y pude sentir su apoyo. Dejo de lado mi anonimato y, desde entonces, me ha acompañado en mis reivindicaciones”, relata.
Esperanza de un mundo menos opaco
Querer conocer tus propios orígenes no solo es un derecho fundamental, sino una necesidad. Desconocer de dónde venía supuso un peso para Miquel, que aún carga hoy en día. “Es una pata coja en la construcción del yo. Es una ventana que no se puede cerrar y por la que entra una corriente de aire. No es solo que se limite el acceso a tu historia, sino el acceso a unos vínculos biológicos que forman parte de lo que soy. Es una pregunta que nos persigue cada día”, manifiesta Roura.
Toma nota
Lo que no sabías de ser donante anónimo
“Las personas que nacemos de donante, sobre todo al principio, no teníamos las herramientas epistémicas para poder crear un discurso, ni teníamos referentes con quien compartir”
“A nosotros no falta conocer esos orígenes para nutrir nuestra identidad”
“Hemos llegado a hacernos pasar por parejas que querían una reproducción asistida para poder vernos con los doctores responsables de estas clínicas”
Sus argumentos son firmes y claros. “La ley de las reproducciones asistidas vulnera ocho derechos reconocidos en la Carta de los Derechos del Niño. Nuestra Constitución, en su segundo artículo, dice que no se puede discriminar a nadie por cuestión de raza, sexo o nacimiento. Cuando yo reclamo saber quién soy, se me está discriminando por una cuestión de nacimiento”, asegura. Una injusticia que impulsa su activismo. “Ese vacío que sentía se ha transformado en una vía para que otras personas no tengan que pasar por este mismo proceso en el futuro”, expresa.
Pero, más allá del marco legal, su reivindicación es más simple: nadie debería crecer con una parte de su biografía bloqueada por un contrato. La ausencia de esa parte de sí mismo hace que su reflejo sea borroso, algo que solo podrá subsanarse por completo cuando el derecho a saber prime por encima de los intereses económicos. Miquel no reclama ningún gesto simbólico, ni una venganza, sino la capacidad de completar su propia historia.