La segunda temporada de esta serie española es mejor que la primera
Crítica
¿El secreto? Darle minutos a Natalia de Molina como la fiscal antidroga Carmen Leal

Una fiscal desesperada.

Marbella, estrenada hace casi dos años en Movistar Plus+, fue una aproximación lúdica al crimen en España. Tenía sol, tenía mansiones con piscina, tenía fiesta y tenía unos diálogos descarados, como si Alberto Marini y Dani de la Torre necesitasen aligerar sus vidas tras crear La unidad, que se había tomado en serio la amenaza terrorista para erigirse en el Homeland ibérico. Y, después de una primera temporada tan entretenida como resabida, ha vuelto con una segunda mejorada gracias a la incorporación de Natalia de Molina.
Recordemos de qué iba Marbella: César Beltrán (Hugo Silva) es un abogado especializado en representar a las bandas criminales que operan desde Marbella. La connivencia de las autoridades con el crimen le ofrecía a César la posibilidad de enriquecerse gracias a su falta de escrúpulos. No le importaba utilizar a su mujer Katy (Ana Isabelle Acevedo), agente inmobiliaria de propiedades de lujo, para conectar laboralmente con Yassim (Khalid El Paisano), representante de la mafia holandesa y el hombre que había encargado el asesinato de un fiscal y de su familia.

En la segunda temporada, que lleva por título Marbella. Expediente judicial, César ya no necesita escalar posiciones: está en la cúspide del entramado corrupto de la ciudad. Su principal cliente es una familia de traficantes que utiliza un submarino para entrar la droga en la península y, debido a su irresponsabilidad, su hija Alex (Manuela Calle) se hace amiga de uno de ellos (Agustín Domínguez) en una fiesta. Pero, mientras César disfruta del éxito, alguien planea su caída.
La fiscal antidroga Carmen Leal (Natalia de Molina), que no se deja untar ni siquiera por su padre promotor, considera que toca perseguir a los abogados de los traficantes como una pieza más del entramado criminal. Incluso recluta a la inspectora Marta Codes (Elvira Mínguez) para esta operación. Ser idealista y tener principios en una realidad corrupta, como descubre Carmen, puede ser como luchar con una mano atada a la espalda pero también puede ser la receta para derribar a César.

El tándem formado por Marini y de la Torre siempre había dominado el factor entretenimiento de Marbella: los diálogos eran veloces, el entorno criminal era verosímil, el diseño de producción permitía comprar una Costal del Sol de lujo y, cuando era necesario, la acción se adueñaba de la serie con el instinto implacable de ambos (ellos son quienes, al fin y al cabo, nos han dado una de las escenas más valientes de la ficción española con el atropello múltiple de La unidad).
Sin embargo, Marbella también tenía un factor irritante por lo repelente de tener a Hugo Silva como maestro de ceremonias, rompiendo la cuarta pared para contar al espectador lo bueno que era en su trabajo y cómo todo iba a salir como él quería. En esta segunda temporada, en cambio, se ofrece una parte del metraje a una némesis con sus propios minutos mirando a cámara para narrar sus planes. Ayuda que Natalia de Molina esté natural, agobiada e inteligente como una fiscal que opera desde la legalidad.

Ahora el relato está más equilibrado: no da la oportunidad a Silva de canibalizar una obra en esencia ligera. César necesitaba el contrapeso para que su chulería no resultase redundante. ¿Puede que, cuando hay una persecución en lancha, no se eche de menos que Marini y de la Torre no busquen una ficción más tensa y vibrante? Sí, desde luego. Pero, como decíamos, están en actitud festiva en esta Costa del Sol y, en su búsqueda del entretenimiento fácil pero bien producido, cumplen.