El deseo entra en el catálogo de Netflix de la mano de Rachel Weisz y 'Vladimir'
Crítica
Las intervenciones mirando a cámara restan fuerza a una serie sobre una mujer madura que se siente atraída por un compañero más joven

Rachel Weisz, una mujer amenazada y cachonda.

M (Rachel Weisz) se siente amenazada. Desde hace dos décadas es la profesora más buscada de la facultad de letras de la universidad. Escribió su novela más exitosa hace años pero su mirada de la literatura escrita por mujeres continúa siendo un referente en el campus. Pero los líos sexuales de su marido (John Slattery) con alumnas la coloca en una situación complicada incluso teniendo un matrimonio abierto. La menopausia y los años hacen que se sienta menos deseada.
Entre las nuevas incorporaciones al departamento, está Cynthia (Jessica Henwick), una escritora inteligente y joven que, de repente, la supera en número de matrículas y como it-girl académica. Y, en medio de esta vorágine personal y profesional, irrumpe Vladimir (Leo Woodall), el marido de Cynthia, que le despierta un deseo sexual que sentía apagado. ¿Pero cuánto de esta atracción es una proyección exclusivamente suya y cuánta química real hay entre ellos dos? La serie Vladimir ya lo avisa: él acabará desnudo y atado a una silla, con ella al otro lado de la puerta.

Existe una realidad en la que Vladimir se estrena y automáticamente recibe críticas entusiastas por parte del público y el interés automático de la crítica y los premios. Esta realidad está situada en el año 2010, en un mundo en el que la propuesta artística de Julia May Jonas se estrena en el canal Showtime para acompañar a Weeds, The United States of Tara, Nurse Jackie y The Big C, ese arsenal de comedias con actrices conocidas y respetadas al frente y con personajes femeninos provocadores. Pero no estamos en esa década.
Vladimir se estrena en 2026 y en Netflix. Somos menos impresionables. Estamos de vuelta de la antiheroína. Hemos superado este estilo de provocación y de personajes antipáticos, como si fueran sinónimo de calidad por defecto. Y, en este presente, esta comedia se desinfla.

En contra tiene, por ejemplo, el recurso de mirar y hablar a cámara del personaje de Rachel Weisz. Romper la cuarta pared, en vez de transformar el relato o dinamizarlo, simplemente lo subraya, como si la creadora no confiase en su capacidad de contar la historia sin narrarla directamente. El resultado es que la historia está masticada, obvia, irritante.
Lo mismo ocurre con la representación del deseo. ¿Cuántas veces se pueden colar retazos de las fantasías de la protagonista en el montaje sin que sintamos que ese deseo es funcional, cobarde, como una falsa promesa de erotismo? Y, entre secundarios que no terminan de encajar en las dos dinámicas principales (de M con su marido, de M con Vladimir), se percibe más el artificio que la identidad de la propia historia.

Esto no significa que, a partir de episodios de 30 minutos, Vladimir no sea una obra con virtudes. El deseo de Weisz tiene momentos de fuerza, sobre todo cuando reflexiona sobre la utilización del cuerpo por parte de los hombres, devolviendo el sexo a su vertiente más animal frente al exceso de racionalización académica.
En unos Estados Unidos donde la ideología suele imponerse a las historias y al pensamiento crítico del espectador, divierte ver un texto que defiende abiertamente el poder sexual del individuo y la responsabilidad del consentimiento frente a las dinámicas de poder. Domesticada y subrayada en sus formas y atrevida en algunas de sus conclusiones, por lo menos teniendo en cuenta el marco (o sea, Netflix) en el que se emite la obra.