Mon García: “Garantizo un servicio necesario”
Debate abierto
Tiene 30 años, es escritora, feminista y asistente sexual

Mon García, de 30 años, descubrió la asistencia sexual mientras estudiaba pedagogía
Mon García, de 30 años, es asistente sexual y activista en la defensa del derecho al acceso al propio cuerpo de las personas con discapacidad. Su trayectoria en este ámbito surge de la combinación entre su interés por la sexualidad, la diversidad funcional y su voluntad de proporcionar apoyo a aquellas personas que, por distintas circunstancias, no pueden explorar su cuerpo de forma autónoma.
Descubrió la asistencia sexual mientras estaba estudiando pedagogía y educación social. Para ella, en ese momento, solo era un concepto académico que le provocó curiosidad cuando se comentó en una de las clases. Más tarde investigó por su cuenta y se encontró con el documental de Antonio Centeno Yes we fuck , que le permitió descubrir la variedad de sexualidades que vivían las personas con discapacidad. Finalmente decidió dar el paso y se dio de alta en la plataforma Asistenciasexual.org.
“¿Te imaginas poder masturbarte o tener sexo con tu pareja solo una vez al mes?”, se pregunta Mon García
“Creé mi perfil sin saber si alguien me contactaría. No tenía ninguna pretensión, simplemente quería ver si realmente este servicio era importante”, explica. Con el tiempo fue consolidando su experiencia como asistente y comprobó “lo necesario que es este servicio”.
No existe una posición unánime respecto al rol del asistente sexual. Mientras que García lo define como “un trabajo sexual”, Erika Bastide, perteneciente al movimiento de feministas de Catalunya, lo considera “explotación sexual”, “igual que cualquier otra forma de prostitución”: las asistentes son “víctimas”, los consumidores, “puteros”. “Nosotras no hablamos de trabajo sexual, porque no lo es. Hablamos de explotación sexual. Al igual que ocurre con la prostitución, hay mujeres que lo defienden y dicen que es su trabajo, pero el problema no es cómo lo vivan ellas, sino el hecho de que exista un mercado donde los hombres pueden comprar cuerpos de mujeres. No se trata de su libertad individual, sino del impacto social para el resto de las mujeres”, explica Bastide.
Más allá de su práctica profesional, García contribuye a abrir el debate sobre la sexualidad de las personas con discapacidad en redes sociales. Ella defiende que exista una regulación que legalice este trabajo y que garantice que sea un servicio accesible a todas las personas con diversidad funcional.
“Hay personas que solo pueden permitirse una sesión al mes o cada dos meses. Si queremos que sea un apoyo real y accesible, necesitamos un reconocimiento legal y ayudas para quien lo necesite, explica García. “¿Te imaginas poder masturbarte solo una vez al mes? ¿Te imaginas poder tener sexo con tu pareja solo una vez al mes?”, añade.
Confiesa que, debido a la escasez de asistentes le ha llegado a llamar gente de Asturias porque allí “no había nadie disponible”.
Bastide cree que existe un problema de dónde pones el límite en estas regulaciones de “supuestos servicios necesarios”. “Si aceptas que hay personas que tienen derecho a pagar por tener sexo porque tienen una discapacidad, ¿qué pasa con los hombres que dicen que nadie quiere tener sexo con ellos? ¿Qué pasa con los incels? Esta lógica no se aguanta”, afirma.
García responde al respecto que la asistencia sexual no entra dentro de esos casos, ya que el asistente no es un objeto de deseo para el cliente.
“Es como un asistente personal, que te ayuda con tareas diarias. No se trata de atracción, sino de garantizar que puedas acceder a tu propio cuerpo”.
Para dejarlo claro, García explica que durante sus sesiones no existe un intercambio sexual, “mis manos son las suyas”,aclara. “No es una práctica en la que haya interacción, como en la prostitución”, explica, y matiza que en algún momento puntual puede tomar la iniciativa, pero siempre siguiendo las indicaciones del cliente y sin superar los límites establecidos.
