Loading...

La espiritualidad: una brújula para tiempos de cambio

En el vertiginoso paisaje del siglo XXI, la espiritualidad se revela como una brújula silenciosa, pero profundamente necesaria. Aunque durante mucho tiempo se haya asociado casi exclusivamente a las religiones, la espiritualidad es un concepto más amplio, más humano y universal. No pertenece a ningún credo concreto, sino a la dimensión interior que acompaña al ser humano desde sus orígenes.

En tiempos dominados por la inmediatez tecnológica y la sobreexposición constante, recuperar esa dimensión se convierte en un acto casi revolucionario. La palabra “espiritualidad” procede del latín “spiritus”, que significa aliento, soplo de vida. En su origen no había dogmas ni doctrinas, sino una referencia directa a aquello que anima al ser humano, a lo que da vida más allá de lo material. Esa raíz etimológica abre la puerta a comprender la espiritualidad como una actitud ante la existencia: la capacidad de mirar hacia dentro, de preguntarnos quiénes somos, de donde venimos, de buscar un sentido que no se mide en métricas digitales ni en la fugacidad de las modas.

Hoy, cuando  las distracciones se multiplican y la atención se convierte en un recurso escaso, ese espacio interior se vuelve más valioso que nunca

A lo largo de la historia, esta búsqueda ha adoptado formas diversas. En algunas civilizaciones se expresó a través de rituales, en otras a través de la contemplación, y en muchas mediante la reflexión filosófica. Pero en todas, la espiritualidad ha sido un espacio de autoconocimiento y crecimiento personal. Hoy, cuando las distracciones se multiplican y la atención se convierte en un recurso escaso, ese espacio interior se vuelve más valioso que nunca.

En la vida cotidiana, cultivar la espiritualidad no implica retirarse del mundo ni abrazar necesariamente prácticas religiosas. Significa detener el ruido para escucharnos, reconocer nuestras propias emociones, comprender nuestras motivaciones reales y preguntarnos hacia dónde queremos dirigir nuestra vida. En un tiempo marcado por la rapidez, este ejercicio de introspección se convierte en un modo de fortalecer la claridad interior. No se trata de escapar de la realidad, sino de entenderla con mayor profundidad para poder tomar decisiones con más autenticidad.

Jóvenes escuchando el 'Requiem' de Mozart, protagonizado por las formaciones musicales del Gran Teatre del Liceu, en la Sagrada Família el pasado febrero

Basílica de la Sagrada Família/ Pep Daudé/Archivo

Uno de los beneficios más significativos de esta práctica es el fortalecimiento de la autodisciplina y la autoconfianza. La espiritualidad nos invita a observar nuestros pensamientos y comportamientos desde un lugar menos reactivo, más consciente. Esa observación, sostenida en el tiempo, actúa como un entrenamiento interior que nos permite ordenar nuestras metas, darles coherencia y avanzar hacia ellas sin dejarnos arrastrar por impulsos o presiones externas. La serenidad que ofrece la espiritualidad no es pasividad; es claridad.

En este punto, la espiritualidad se enlaza de forma natural con la idea de “creativación”, el concepto desarrollado por Josep Lagares en su obra más reciente, Time-Out: Creativación o extinción, es nuestra elección... Lagares propone, entre otras cosas, unir creatividad e innovación para enfrentar los retos personales y profesionales desde una perspectiva innovadora y vital. La creativación no es solo imaginar soluciones, sino convertir la vida en un proceso creativo consciente, donde la imaginación y la voluntad trabajan juntas para construir futuro.

En la vida cotidiana, cultivar la espiritualidad no implica retirarse del mundo ni abrazar necesariamente prácticas religiosas; significa detener el ruido para escucharnos

Y es precisamente aquí donde ambas dimensiones se encuentran: la espiritualidad como camino interior que ordena y da sentido, y la creativación como impulso que transforma ese sentido en acciones concretas. Cuando el ser humano se toma el tiempo para mirar hacia dentro, descubre un caudal de intuiciones, ideas y energías que, al canalizarse correctamente, se convierten en proyectos, decisiones coherentes y actos que mejoran su vida y la de los demás. La espiritualidad alimenta la creatividad; la creativación convierte esa energía interior en movimiento.

En una sociedad que avanza a una velocidad inédita, donde la innovación es constante, pero también lo es la desconexión emocional, unir espiritualidad y creativación ofrece un equilibrio esencial. Nos recuerda que el progreso externo solo tiene sentido si va acompañado de un crecimiento interno. Nos invita a crear desde la autenticidad y no desde la inercia, a avanzar sin perder nuestra identidad en el camino, a adaptarnos sin diluirnos.

Uno de los beneficios más significativos de esta práctica es el fortalecimiento de la autodisciplina y la autoconfianza

Por eso, hablar de espiritualidad en el siglo XXI no es hablar del pasado, sino del futuro. Es recuperar una herramienta que, lejos de ser un vestigio, es una guía potente para navegar por la complejidad contemporánea. Es una llamada a vivir con mayor presencia, a construir con mayor intención y a descubrir que, incluso en medio del ruido constante, existe un lugar de silencio donde cada persona puede reencontrarse consigo misma y con el Creador.

Quizá por ello, la reflexión de Josep Lagares adquiere hoy una relevancia especial: “Somos seres espirituales viviendo una experiencia terrenal”. En esa frase se condensa una verdad profunda. La vida moderna puede distraernos, pero no cambia nuestra naturaleza esencial. Somos más que lo que producimos, más que lo que mostramos, más que lo que acumulamos. Somos seres trascendentes capaces de pensar, sentir, crear, compartir, amar y transformar la adversidad en positividad. Recordarlo es el primer paso. Vivirlo, el verdadero camino.