Mentir es parte genuina de la condición humana y un asunto muy abordado por la literatura, la psicología y la filosofía. La mentira es uno de los recursos que los humanos usamos para adaptarnos mejor a una realidad amenazadora, a menudo para protegernos, para evitar conflictos o para proteger a los demás.
Cuando la farsa es grande y mantenida se llega a la construcción de una identidad nueva, una especie de autoengaño permanente. En esta situación, pese a esta aparente fortaleza, un eventual episodio de vulnerabilidad personal puede forzar tener que desnudarse del todo y dejar al descubierto la falsedad. La confianza generada en un espacio de confidencialidad, reserva y empatía puede desvanecer más fácilmente la eventual mentira e incluso resultar liberadora para esa persona.
En el Hospital de Bellvitge, un facultativo pasando consulta.
Una identidad fundamentada en mentiras puede ser sumamente estresante. Mantenidas en el tiempo, el afectado tiene que acabar creyéndoselas para poder sobrevivir de manera coherente, o bien sucumbir a la cruda realidad. Lo he visto en algunos pacientes que necesitaban alimentar permanentemente su imagen pública. Narcisistas. También lo he vivido desgraciadamente con algún colega.
Como mis colegas de profesión, he sido testigo de muchas pequeñas y grandes mentiras. En una consulta médica, el espacio de relación médico-paciente no admite el engaño por parte del profesional. Nos lo marca nuestro código de deontología. La “mentira piadosa”, antes consentida, ya no es aceptada en la normopraxis médica actual. Parecería que los enfermos podrían tener más margen para mentir. Sin embargo, hay que señalar que es inadmisible el engaño que puede conducir al error o a la negligencia asistencial.
La “mentira piadosa”, antes consentida, ya no es aceptada en la normopraxis médica actual
Con los años, he aprendido a transigir y a comprender las pequeñas mentiras de mis pacientes que a menudo los hacen más entrañables. Entender la complejidad de la dimensión humana y la dificultad de afrontar las dificultades de la vida me ha hecho sentir más solidariamente próximo. Porque, claro está, yo también he sido paciente.
El anecdotario médico es inacabable. Recuerdo a una señora mayor que, después de unos cuantos años de tratarla, un buen día me confesó su edad real, sin saber que yo ya tenía conocimiento de ella desde el principio gracias a su tarjeta sanitaria. Y lo argumentó de manera clara: “Doctor, con la confianza que le profeso no puedo seguir engañándole: soy cinco años mayor de lo que le dije”. Y ciertamente, quedó liberada.