Sociedad

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La maldición de los Alvia

Un AVE con un Alvia, como en Angrois! Mientras me iba quedando dormido, anteanoche brotaban una catarata de sentimientos venidos de Angrois. Sobre todo, el dolor tremendo de los 80 muertos y más de un centenar de heridos de uno de los accidentes más letales de Europa en décadas, con un porcentaje de fallecidos sobre el total del pasaje propio de los países menos desarrollados.

También la rabia por cómo actuó el Estado, que, sin que hubiese dimisión alguna ni pidiese perdón a los afectados, doce años y medio después todavía no ha hecho una investigación digna de tal nombre. La que efectuó, para taparlo todo se cocinó a partir del infame pacto de la curva , de la popular Ana Pastor y el socialista Pérez Rubalcaba, a fin de que el maquinista apareciese como único culpable. Así lo dictaminó la Comisión Independiente de Accidentes Ferroviarios (CIAF). Espero que sea cierto que ahora las cosas son distintas, pero hasta que no lo vea no lo creeré.

España tiene en Adamuz la obligación de redimirse de la vergüenza de Angrois

Sentía también mi devoción por Jesús Domínguez y los suyos, por su espíritu altamente combativo, pero nada revanchista, basado en datos, los que fue acumulando este ingeniero informático madrileño que en su convalecencia de meses, tras quedar debajo de un vagón hecho un guiñapo, se convirtió en un gran experto en seguridad ferroviaria. Consiguió arrastrar a la causa a Cristopher Carr, entonces alto cargo de la UE, que marcó el juicio con su tesis de que un riesgo catastrófico no puede dejarse en manos de una persona, lo que resultó decisivo en el proceso judicial.

Al despertarme ayer por la mañana acabé de ver que el Alvia fue esta vez el sujeto pasivo del accidente, al chocar contra él el AVE de Iryo, que descarriló a una velocidad tal vez algo superior a los 190 kilómetros por hora de Angrois en una recta, no en una curva. Me levanté con la convicción de que España tiene en Adamuz la oportunidad y la obligación, aunque dudo bastante que la aproveche, de redimirse, por lo menos en parte, de la vergüenza de la catástrofe de Santiago, con una investigación independiente, verdadera y transparente que depure responsabilidades y aclare lo que ha pasado en ese municipio cordobés para que no vuelva a suceder, en vez de abrir la cacería de un chivo expiatorio. Sería lo propio de una democracia avanzada. Esta vez no vislumbro las condiciones tan especiales de Angrois, de responsabilidad compartida del PSOE, que gobernaba cuando se construía la vía, y del PP, que lo hacía cuando se puso en servicio, para que haya un pacto de silencio. El ocultamiento puede surgir de la jungla de la polarización desaforada, como se vio en los incendios del verano.

Me temo que, en vez de actuar como una democracia avanzada, sigamos atrapados como sociedad en el túnel de Torre del Bierzo donde en 1944 se produjo el más grave accidente ferroviario de la historia de España, en un tren de la línea Madrid-Galicia como el de Angrois. El franquismo lo tapó todo de tal manera que no se sabe si de verdad murieron dos centenares de personas o más. O menos.

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