Sociedad
Josep-Lluís Serrano Josep-Lluís Serrano

Josep-Lluís Serrano Josep-Lluís Serrano

Obispo de Urgell

“L’aggiornamento” acerca de la Iglesia y el vínculo con el mundo contemporáneo

Durante el 25 de enero de 1959, el papa Juan XXIII comunicó su propósito de organizar el futuro Concilio ecuménico Vaticano II. Con el ánimo de explorar nuevamente y profundizar en el Magisterio de la Iglesia Católica, acudimos actualmente a un origen vibrante, buscando nutrirnos con agradecimiento e ilusión para favorecer a nuestros grupos cristianos.

El Concilio representó un don otorgado a la Iglesia con el fin de que explorara su naturaleza interna y pusiera al día el anuncio que dirige a la humanidad, buscando fortalecer su creencia y dar nuevo vigor a su presencia social. Su propósito tuvo un carácter marcadamente pastoral: lograr que el pueblo cristiano percibiera con mayor nitidez el rostro de Cristo y lo proyectara de forma más humilde. El objetivo no consistía en crear una Iglesia distinta, sino en permitir que el mismo evangelio —perennemente clásico y actual— fluyera con mayor soltura dentro de nuestra Iglesia, en nuestras parroquias, en nuestras familias, en cada labor pastoral y en nuestra existencia personal.

El Concilio Vaticano II pretendió lograr una liturgia más atenta y activa, con el fin de que el alma del fiel no permanezca como observadora, sino en constante oración.

Un concilio consiste en una asamblea de todos los obispos del planeta junto al Papa, sucesor de Pedro, quien ejerce la presidencia, para identificar, bajo el amparo del Espíritu Santo, lo que la Iglesia debe resguardar, estudiar y plantear. Tal fue el caso del Concilio Vaticano II, llevado a cabo entre 1962 y 1965: guías espirituales de cada nación, portando en su sentir las satisfacciones y los dolores de sus gentes, rastreando términos y senderos para que la fe resultara en iluminación, confianza y transformación. Debido a ello, nos vincularemos al Concilio, y os animo a participar con tres estados del espíritu.

En primer lugar, el agradecimiento. Expresamos nuestro reconocimiento por el legado obtenido: una visión más profunda de la Iglesia entendida como Pueblo de Dios, en la cual cada integrante —laicos, consagrados y sacerdotes— colaboramos en una labor compartida, de acuerdo con nuestra propia vocación. Agradecemos el papel fundamental de la Palabra de Dios, la cual no constituye un simple adorno devoto, sino nuestro sustento de cada día. Manifestamos gratitud por la liturgia, que el Concilio buscó hacer más consciente y activa, con el fin de que el fiel no actúe como mero observador, sino como alguien que ora.

En segundo lugar, la calma. No interpretemos el Concilio como un estandarte político ni como un instrumento de ataque. Lo que brota del Espíritu fomenta la unión. En los lugares donde reina la discordia, el recelo y el desánimo, no actúa el buen espíritu. El Concilio reclama una lealtad lúcida: valorar la Tradición viva que surge de la Palabra de Dios y, a la vez, permitir que se nos purifique de hábitos, trivialidades y temores.

Evitemos interpretar el Concilio como un estandarte partidista o una herramienta de confrontación; lo que surge del Espíritu fomenta la unidad.

En tercer lugar, la transformación. Puesto que ningún escrito reemplaza la santidad. Los textos del Concilio nos guían a orar con mayor fervor, a querer con más intensidad, a colaborar con una entrega superior. Que el Concilio sea para nosotros una invitación a regresar a lo fundamental: Cristo en el eje; la caridad como norma; la misión como motor.

Es fundamental reconocer a los padres conciliares y a los teólogos peritos, quienes bajo la guía del Espíritu Santo nos legaron la senda de lealtad a Jesucristo en la realidad moderna que habitamos.