Narración de dos menores que presenciaron el fallecimiento de muchos en
De África a Europa
De encontrarse a la deriva en mar abierto a trabajar en la entrada de un hotel de cinco estrellas en Barcelona: el relato de Baba y Alagie

Alagie y Baba, en la suite Dome del hotel Ohla

En una etapa vital donde muchos suelen soñar despiertos, Baba Fofana y Alagie Touray, dos alumnos de electrónica de la villa de Tanji, en Kombo Sur, en el litoral de Gambia, maduraron de forma repentina. Con 15 y 16 años experimentaron un calvario junto a otros 83 individuos en una embarcación (ellos relatan patera). Varones, señoras y menores durante una travesía de doce días. En la sexta jornada se terminaron los alimentos y el agua, y entonces se desató el horror.
“El mar nos rodeaba por todas partes. No se veía la tierra y la desesperación nos hacía beber agua salada. Muchos no lo resistieron y comenzaron a morir. Quince no llegaron jamás. Algunos le pidieron al capitán que diera media vuelta. 'Estamos más cerca de las Canarias que de África. Si intentamos regresar, moriremos todos', decía él”. Baba y Alagie, compañeros que se criaron como hermanos, organizaron su partida de forma oculta.
“Nuestras madres nunca nos hubieran dejado porque saben que el mar es un cementerio. Pero era la esperanza de salir adelante aquí o resignarse a la miseria de allí”. Baba cuenta con seis hermanos; Alagie, siete. ¿Qué sucedería si alguno de ellos deseara imitar vuestro camino? “Les hemos dicho a todos que se olviden de la idea, que no merece la pena: con un loco en la familia ya hay bastante. Además, ahora les enviamos toda la ayuda que podemos”.
Viajaron hacia Senegal caminando, en transbordador y en automóvil. Dedicaron un par de semanas a la búsqueda de los traficantes de personas y agotaron hasta el céntimo final de las reservas económicas familiares. “Cogimos el dinero a escondidas, sin pedir permiso, y eso nos dio fuerzas: mejor morir en el mar que regresar con la vergüenza de los bolsillos vacíos”. Alcanzaron las Canarias el 31 de agosto del 2020. “¿Y ahora se puede saber qué hacemos?”, se cuestionaron.
Video La travesía hacia las Canarias
Carentes de recursos y de ilusiones, lamentaron nuevamente su periplo (el primer pesar ocurrió cuando el fallecimiento acechó en la embarcación). Se toparon con que todas las salidas estaban bloqueadas. No obstante, cuando Dios clausura un acceso, suele habilitar una salida. Los grupos de la cadena de hoteles Ohla (dos alojamientos exclusivos en la urbe de Barcelona), de la entidad de integración Mercè Fontanilles y de la iniciativa Incorpora poseen una gran maestría en facilitar dichas aperturas.
Durante la Grecia clásica, se percibía a los delfines como custodios y emisarios celestiales que orientaban a los navegantes en medio de las tempestades. Aquellas tres entidades constituyen tres de los delfines que impidieron el desastre de Baba y Alagie, quienes en la actualidad tienen 20 y 21 años. ¿Cuál fue la razón? Una visión expresa más que mil términos: cuando supone que nadie la observa, Martina Malaterra, la responsable del Ohla de Via Laietana, donde laboran los dos compañeros desde hace cuatro años, rompe a llorar...

Sucedió en el momento en que el reportero les interrogó sobre si los 85 pasajeros de la embarcación arribaron con vida. Y ambos apretaron los párpados con una expresión de sufrimiento: “No. Todos no”. Aquel que rescata una existencia, rescata a la humanidad completa, afirma el Talmud. Esa es la labor de los delfines. No resultó sencillo. Pasaron por instalaciones de recepción y fueron llevados a la Península, sitio donde una voluntad fría los distanció: uno hacia Catalunya y el otro hacia Andalucía. Pronto dominaron el español e iniciaron su vida laboral.
Baba obtuvo su remuneración inicial para calmar su remordimiento (reintegrar sobradamente aquello que tomó sin permiso) trabajando de electricista en Vilanova y la Geltrú; mientras que Alagie lo hizo de peón en la extensión de plástico de los cultivos bajo lona de Almería. Tan pronto como les fue posible se encontraron en Barcelona, ciudad en la que su existencia se transformó. Conocieron el sector hostelero a través de la Fundación Mercè Fontanilles y mediante el programa Incorpora de la Fundación la Caixa.

El programa Incorpora obtuvo durante el ejercicio previo 39.000 acuerdos de empleo para individuos como Baba y Alagie. Lo consiguió gracias al respaldo de otras instituciones no lucrativas, tales como la Fundación Fontanilles, y a la colaboración de 15.000 compañías (una de las cuales es la firma hotelera Ohla, liderada por Anna Albuixech, quien defiende acérrimamente estos vínculos). Bastantes personas asegurarán: “39.000 Babas y Alagies que quitan las ayudas a los de aquí”. No, de ningún modo.
Las criaturas del océano no comprenden de etnias ni de límites territoriales; aquellas en situación de fragilidad, tampoco. Proyectos como los referidos no auxilian a los individuos por su lugar de nacimiento (¡aunque muchas son de aquí!), sino por sus requerimientos. Baba y Alagie ejercen en la actualidad como conserjes de un alojamiento de máximo nivel. Su porte, su talla, su distinción, sus sombreros de copa Ascot y la claridad de sus gestos no resultan indiferentes para nadie.
La insidia
-¿A qué se debe que observes tanto este automóvil?- le cuestionaron en una ocasión a Baba.
-Porque es mío- dijo él.
¿En qué momento ocurrirá que únicamente aquello capte su interés? Alagie, quien es el más tímido de la pareja, esboza una sonrisa y niega haber experimentado discriminación racial en su etapa actual al ser consultado. Baba, en cambio, afirma que sí le ha sucedido. Además de otros logros, obtuvo su licencia de manejo y adquirió un vehículo propio. En una ocasión, mientras revisaba su forma de estacionar, un individuo se le aproximó formulando una interrogante malintencionada: “¿Por qué miras tanto este coche?”.

“¿Porque es mío!”, contestó él. Por lo menos aquel vigilante de la calle no agregó: “¿Por qué observas tanto este vehículo, negro?”. En una ocasión en que Baba recriminó a un conductor que invadió la acera y casi lo arrolla, el individuo le espetó un intolerable: “Pues quítate de ahí, negro de mierda”. Pese a su corta edad, Baba ya contrajo matrimonio con una catalana, Gisela. Los dos aguardan a su primer descendiente, que nacerá en tres meses. Es un varón y se llamará Aboukar.
Se le otorgará ese nombre en memoria de su abuelo paterno, quien partió hace mucho tiempo, sin imaginar que llegaría a tener un descendiente con raíces africanas y europeas. Un pequeño que anhelará madurar en un entorno donde todos seamos delfines. Baba y Alagie desempeñan hoy labores de portería en un hotel de gran lujo. Los alumnos de una escuela les saludan a diario al transitar por allí. No les preocupa su tono de piel, sino su bondad y la calidez de sus gestos.
