Sociedad
Josep-Lluís Serrano Josep-Lluís Serrano

Josep-Lluís Serrano Josep-Lluís Serrano

Obispo de Urgell

Llamados a ser luz

Siguiendo el camino conciliar, el papa Pablo VI promulgaba la constitución dogmática Lumen gentium , que presenta el misterio de la Iglesia, el 21 de noviembre de 1964. Su título, “ Luz de las naciones”, no es un ornamento, es una confesión de fe. La Iglesia no es luz por ella misma; su luz es Cristo. Solo cuando permanece unida a él puede iluminar el camino de los hombres, no con luz propia, sino con la transparencia humilde del evangelio.

La Lumen gentium nos invita a contemplar la Iglesia con ojos creyentes. No es una organización, ni un simple conjunto de costumbres, ni un poder entre los poderes. Es un misterio: un pueblo convocado por el Padre, reunido en el Hijo y vivificado por el Espíritu Santo. Es sacramento, signo e instrumento de la unión con Dios y de la unidad de todo el género humano. Donde la Iglesia vive en santidad, en caridad y en verdad, allí Dios se hace próximo, y la fraternidad es posible.

La santidad no es un privilegio de pocos, es la forma normal de la vida cristiana: amar a Cristo, perdonar, servir, vivir con la verdad

El Concilio nos recuerda que la Iglesia es el Pueblo de Dios en camino. En este pueblo, todos hemos sido marcados por un mismo bautismo y sostenidos por una misma fe. Nadie es cristiano de manera aislada; caminamos juntos. Y en esta comunión, el Señor concede varios dones y ministerios: algunos para presidir y servir la unidad, otros para consagrar la vida a Dios de una manera visible, y la inmensa mayoría para santificar el mundo desde dentro, en la familia, en el trabajo, en la cultura, en la vida social. No hay miembros de primera y de segunda: hay vocaciones diversas para una misma misión.

Por eso, la Lumen gentium nos ayuda también a comprender mejor la vocación del laico. No es un “ayudante” ocasional de lo que otros hacen, sino un discípulo misionero llamado a vivir el evangelio allí donde se toman decisiones, se construyen relaciones, se educan los hijos, se cuida de los frágiles y se busca la justicia. Igualmente, nos recuerda la belleza de la vida consagrada, signo que Dios solo es suficiente, y la misión de los pastores, llamados a guiar, no como propietarios, sino como servidores: con proximidad, escucha, misericordia y valentía apostólica.

Allí donde la Iglesia vive en santidad, en caridad y en verdad, allí Dios se hace próximo, y la fraternidad se hace posible

Si hay un capítulo que resuena como un llamamiento urgente es el de la santidad. El Concilio proclama que todos estamos llamados a la santidad, sin excepción. La santidad no es un privilegio de unos pocos, ni una meta reservada a los que tienen tiempo o capacidades especiales. Es la forma normal de la vida cristiana: amar como Cristo, perdonar, servir, vivir con verdad, rogar, sostener la esperanza en la prueba. Y esta santidad cotidiana - silencioa, a veces escondida-  es la fuerza mayor de la Iglesia.

Os propongo tres actitudes para acoger la Lumen gentium en nuestra vida. La primera: gratitud para pertenecer a este pueblo querido, sostenido por la gracia. La segunda: corresponsabilidad, para que nadie se sienta espectador, sino parte viva de la misión. La tercera: humildad, porque nuestras Iglesia locales sean más centradas en Cristo y en los pobres, en todos aquellos que necesitan ser invitados a la comunidad y convertirse en familia.

Que la lectura conciliar nos renueve por dentro, para que, unidos a Cristo, seamos en medio del mundo signo de esperanza y calor de fraternidad.