Comer ultraprocesados a los 3 años predice problemas de ansiedad y agresividad a los 5
Alimentación y desarrollo infantil
Reemplazar el 10% de las calorías provenientes de ultraprocesados por alimentos mínimamente procesados se asocia con una disminución de los problemas de conducta, según un estudio canadiense

Las bebidas endulzadas, los cereales y los platos listos para calentar son los que más influyen en la estabilidad emocional infantil

La dieta tiene un impacto crítico en el desarrollo emocional infantil y que la de un niño de tres años sea rica en ultraprocesados es un predictor de problemas de comportamiento a los cinco años. En concreto, un mayor consumo de alimentos ultraprocesados (los que se someten a múltiples procesos industriales y llevan un elevado número de aditivos e ingredientes) en la infancia temprana está asociado a más ansiedad, retraimiento, miedo y depresión, pero también a más agresividad e hiperactividad.
Esos son los hallazgos de un estudio de cohorte con casi 2.100 niños canadienses en edad preescolar que publica hoy JAMA Network Open. Sus autores destacan que, dentro de los ultraprocesados, no todos conllevan los mismos riesgos para el desarrollo infantil, y hay algunos en los que el vínculo con síntomas conductuales y emocionales negativos es más marcado.
Es el caso de las bebidas azucaradas y endulzadas artificialmente (desde refrescos gaseosos hasta algunos tipos de zumos), cuya ingesta se asoció significativamente con puntuaciones más altas tanto en síntomas de internalización (que incluyen ansiedad, retraimiento, miedo y depresión) como en problemas de conducta.
También lo son el grupo de panes y bollos ultraprocesados y envasados o los cereales, el de platos congelados listos para calentar y las comidas envasadas de larga duración listas para comer, que se asocian con más problemas emocionales y bajo estado de ánimo.
Pero, como enfatiza Kozeta Miliku -autora principal del estudio, y responsable de un laboratorio centrado en la investigación de factores de riesgo de enfermedades crónicas en la primera infancia en la Universidad de Toronto-, en conversación con Guyana Guardian, los resultados del estudio también sugieren que modificando la dieta se puede intervenir sobre el riesgo de que los niños presenten estos problemas emocionales y de conducta y mejorar su bienestar mental.
En concreto, los investigadores canadienses aseguran que reemplazar el 10% de las calorías provenientes de alimentos ultraprocesados por otras provenientes de alimentos naturales o mínimamente procesados (como frutas, verduras o granos enteros), “se asocia con mejores resultados en el comportamiento” en todas las áreas evaluadas.
También perjudica a los adolescentes
La dieta de los adolescentes también se correlaciona con su bienestar emocional, su rendimiento cognitivo y la toma de decisiones a largo plazo
Los patrones alimentarios también juegan un papel fundamental durante la adolescencia, que es un periodo clave para la maduración cerebral. Un consumo más elevado de refrescos, bebidas energéticas o azucaradas, bollería industrial, carnes altamente procesadas y otros alimentos ultraprocesados se asocia con un peor rendimiento en el reconocimiento de las emociones y en la capacidad de mantener la atención, con más síntomas de ansiedad y depresión, y más problemas conductuales, según un nuevo estudio liderado por el Institut de Recerca Biomèdica Catalunya Sud en colaboración con el ISGlobal, un centro impulsado por Fundación “la Caixa”. Por el contrario, optar por la dieta mediterránea y el consumo de fruta, verdura, legumbres y aceite de oliva, se relaciona con una mejor función ejecutiva y menos problemas de conducta.
Y aunque no tienen claros los mecanismos exactos por los que los ultraprocesados pueden modificar el comportamiento y las emociones infantiles, apuntan varias posibles explicaciones biológicas y nutricionales.
“Una de las hipótesis coherente con la bibliografía existente y con nuestros hallazgos es el alto contenido de azúcar de algunos de estos productos, como los refrescos y las bebidas azucaradas, que aportan azúcar rápidamente con baja saciedad, lo que puede influir en la biología del estrés y la regulación del estado de ánimo”, explica Miliku por correo electrónico.

A ello podría sumarse el efecto “desplazamiento de nutrientes”, es decir, que los ultraprocesados (altos en azúcares refinados, grasas saturadas y sodio) sustituyen a alimentos más ricos en fibra y en micronutrientes esenciales para el desarrollo del cerebro.
Además, apunta la investigadora, estos alimentos ultraprocesados pueden afectar a la microbiota intestinal y a las vías inmunitarias e inflamatorias del eje intestino-cerebro, lo que afecta a las señales del cerebro y a la regulación emocional.
Por otra parte, dice Miliku, algunos ultraprocesados se asocian con una mayor exposición a sustancias químicas disruptoras endocrinas, como ftalatos y bisfenol, procedentes de los envases, “y los niños pequeños son más sensibles a estos químicos que pueden influir en su desarrollo neuroconductual”.
Por ello, cree fundamental limitar los alimentos ultraprocesados durante la etapa preescolar para apoyar un desarrollo conductual saludable y una mejor salud mental a largo plazo.
A este respecto, Miliku considera que los gobiernos deberían aplicar mayores restricciones a la venta de productos ultraprocesados, -con alto contenido en azúcares añadidos, sodio, grasas saturadas y aditivos- dirigidos a los niños, y mejorar las normas nutricionales que se aplican en los comedores de guarderías y escuelas, “que es donde se forman los hábitos alimentarios”.
Además, opina que debería exigirse que este tipo de productos lleven “etiquetas de advertencia en la parte frontal de los envases e información más clara de su composición para facilitar la toma de decisiones rápidas e informadas” por parte de los consumidores.
Todo ello, enfatiza la doctora y experta en nutrición, acompañado de medidas que faciliten el acceso a los alimentos naturales y mínimamente procesados, especialmente a las familias con limitaciones de tiempo y de dinero. “Hay que apoyar a las familias con alternativas viables para lograr que se reduzca la exposición habitual de los niños a los alimentos precocinados y a las bebidas azucaradas”, concluye.



