Paloma Polo, el arte como lucha armada

Exposiciones

La Virreina expone la primera retrospectiva de la madrileña, una artista que pelea para dar voz a los derrotados

Paloma Polo estuvo con los guerrilleros maoistas de Filipinas que llevan 50 años luchando contra el ejército

Milicianos maoístas filipinos en los bosques tropicales de Mindanao

Paloma Polo

La artista Paloma Polo (Madrid, 1983) demuestra que la historia la acaban escribiendo los perdedores. Ella les ayuda a hacerlo. No solo para corregir el relato de los vencedores, sino para atacar las estructuras sociopolíticas que lo sostienen y desbrozar el camino hacia un mundo mejor. Su arte, ahora expuesto en la Virreina, es mucho más que una denuncia de los ismos sobre los que se aguanta la civilización blanca y occidental: racismo, imperialismo, colonialismo y capitalismo.

Paloma Polo no se contenta con exponer y denunciar la injusticia que durante siglos ha emanado de los gobiernos supremacistas y patriarcales de Europa y Estados Unidos. Sabe que, al sentirse atacado, el sistema produce relatos de defensa y justificación. Por eso, refuerza la acción narrativa con una acción política y revolucionaria. La artista sale de su estudio, de los archivos y las bibliotecas, para empuñar las armas. Además de la imagen y la palabra –herramientas clásicas del artista–, ella también coge los fusiles de asalto de la guerrilla maoísta filipina con la que compartió lucha y destino hace unos años.

Paloma Polo expone la crueldad de nuestra civilización y la fe en el hombre primitivo

Paloma Polo asume el sacrificio de la vida guerrillera para averiguar las condiciones sociales que son necesarias para un cambio político. Si le preguntas por el sentido de la lucha armada, responde con otra pregunta: “¿A quién corresponde cerrar el círculo de violencia?, ¿al Estado que no respeta un territorio, una cultura y una sabiduría ancestrales o al pueblo agredido por el terrorismo de ese mismo Estado?”. La respuesta es muy clara: “Si estos filipinos no estuviesen levantados en armas, ya estarían exterminados”.

La retrospectiva de su obra, que ha comisariado Mabel Tapia, es dura y necesaria. Los trabajos enfrentan al espectador con la crueldad de nuestra civilización y, sin duda, nos ahogaríamos si Paloma Polo no nos diera el oxígeno de la bondad que ella percibe con mucha claridad en el hombre primitivo, original y no colonizado.

La película Wrinkled minds (Mentes arrugadas), por ejemplo, narra el genocidio de varias naciones indígenas norteamericanas, unidas en la alianza Hodinoshioni, grupo al que los colonizadores franceses llamaban iroquois (iroqueses). Los descendientes de los pocos supervivientes permiten a Polo relatar su victoria final. El film nos explica que los Hodinoshioni idearon un sistema democrático muy sofisticado y milenario, codificado en la Gran Ley de la Paz, un texto que inspiró la Constitución de Estados Unidos. Igualdad, feminismo y comunismo son ideas que ellos desarrollaron antes que los europeos y estadounidenses.

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Paloma Polo nos cautiva desde el drama y la épica, desde el heroísmo que acompaña a los que resisten con el agua o la soga al cuello. Por eso la esperanza está tan presente en su arte. Al dar voz a los perdedores y poner en valor su memoria, surge la posibilidad de un presente menos violento y desigual, más ético y comunitario.

Lo consigue, por ejemplo, la memoria de la comunista valenciana Dulcinea Bellido, pionera del feminismo de masas contra el franquismo, que fue silenciada por la dictadura y el dogmatismo patriarcal de sus compañeros de lucha clandestina. Y lo consigue también la memoria de Julián Grimau, torturado y asesinado por la dictadura de Franco y que Polo rescata con la fotografía que el régimen utilizó para ocultar su crimen. La historia, recuerda la artista, está llena de vidas desechables y dignas de ser lloradas, pero también de personas que luchan “para construir vidas dignas de ser vividas”, aún después de su muerte.

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