Guerrilla Girls: inteligencia contra la discriminación en los museos

ARTE

El Centro Getty de Los Ángeles explica las tácticas de lucha ideológica del colectivo que reivindica el papel de la mujer en la historia del arte

Uno de los carteles más conocidos del colectivo:

Uno de los carteles más conocidos del colectivo: “¿Las mujeres tienen que estar desnudas para entrar en el Met?” (1989)

Guerrilla Girls

La rueda de la historia gira y, aunque vuelva una y otra vez al mismo punto, siempre arrastra algo entre sus surcos. Hace cuarenta años, las Guerrilla Girls se lanzaron al activismo para denunciar la discriminación que el mundo del arte en Nueva York practicaba contra mujeres y etnias minoritarias, y ahora que el negacionismo golpea con fuerza, especialmente desde Estados Unidos, celebrar la efeméride es excusa suficiente y justificada para recuperar el ingente y sonoro trabajo de ese colectivo.

'Guerrilla Girls disfrazadas de detectives' (1987), una alusión al trabajo de investigación de datos que hacía el colectivo

'Guerrilla Girls disfrazadas de detectives' (1987), una alusión al trabajo de investigación de datos que hacía el colectivo

J. Paul Getty Trust / Guerrilla Girls

Nadie como el Centro Getty de Los Ángeles, depositario de una excelente colección de materiales generados por el grupo, para dar cuenta de cómo desarrollaron su actividad. Y lo está haciendo cumplidamente con la exposición How to be a Guerrilla Girl (Cómo ser una Guerrilla Girl), que estará abierta hasta el 12 de abril del año que viene con un despliegue explicado de parte de esos fondos.

Lo primero que queda claro es que para ser una Guerrilla Girl, como ellas decían, hay que saber contar. Uno de sus carteles más famosos denunciaba: “Menos del 5% de los artistas en la sección de arte moderno (del Met de Nueva York) son mujeres, pero lo son el 85% de los desnudos”, bajo una pregunta incisiva: “¿Las mujeres tienen que estar desnudas para entrar en el Met?”. Otra opción de militancia era esta: “1. Piensa en el nombre de una artista negra. 2. Pásaselo a un comisario de arte o coleccionista”. Por si acaso no les sonaba de nada, claro.

Lo primero que queda claro es que para ser una Guerrilla Girl, como ellas decían, hay que saber contar; manejaban datos reales

Uno de los iconos del grupo fue la máscara de gorila. Jugando con la fonética de su nombre (guerrilla y gorilla se pronuncian prácticamente igual en inglés), estas activistas optaron por el anonimato cubriendo sus caras con máscaras de primates. También se hacían llamar con nombres de mujeres artistas a las que la historia oficial había ninguneado. Cubiertas por esa identidad común (“podemos ser cualquiera, estamos en todas partes” fue uno de sus lemas), dieron conferencias, participaron en debates, aparecieron en entrevistas televisivas y, sobre todo y antes que nada, empapelaron Nueva York con sus carteles y panfletos: la ciudad amanecía cubierta de sus mensajes inteligentes, irónicos y provocadores, que llamaban a la discusión.

Por ejemplo: “¿Cómo se puede contar la historia de una cultura si no se incluyen todas sus voces? De lo contrario, solo se trata de la historia, y la historia del poder”, una apelación a cuestionar quién ha estado decidiendo durante siglos qué y cómo se exhibe en museos y colecciones, excluyendo a mujeres y minorías étnicas; “Nosotras somos la conciencia del mundo del arte”, una autodefinición que, por oposición, denuncia la inconsciencia o actitud de parte de las posiciones tradicionales; “El mundo del arte nos dice que 5.000 años de arte son la historia de unos pocos hombres blancos”, un comentario que no requiere aclaración respecto a la parcialidad de los historiadores oficiales.

'How to become a Guerrilla Girl' (1985-1987)

'How to become a Guerrilla Girl' (1985-1987)

J. Paul Getty Trust / Guerrilla Girls

Más: “Es un mundo de hombres, excepto si eres una mujer artista”, referencia a las desigualdades que observaban en las galerías de Nueva York; “Las mujeres en Estados Unidos solo ganan dos tercios del salario de los hombres. Las mujeres artistas solo ganan un tercio”, uno de sus mensajes basados en los datos puros e inapelables que recababan; y, entre los muchos ejemplos posibles, acabamos con este engañosamente amigable “Estimado coleccionista: hemos notado que su colección no refleja la diversidad del mundo del arte” que enviaron mediante una postal seriada a un grupo de coleccionistas de la ciudad.

Algunos hombres han secundado el movimiento en estas décadas, pero siempre desde posiciones externas; nunca existieron guerrilla boys porque el grupo lo consideraba incompatible con su intención de denunciar desigualdades y generar visibilidad. Lo cual no implica que no los aceptasen como aliados, simpatizantes o colaboradores.

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La actividad más intensa del colectivo se prolongó durante dos décadas largas, aunque nunca se ha desmovilizado y hoy por hoy continúa vivo, algo que su estructura flexible y abierta y el anonimato de sus miembros facilitan. La presidencia de Barack Obama trajo nuevos tiempos en los que parecía que las tensiones raciales y de género se relajaban, y movimientos como las Guerrilla Girls, sin desarmarse, rebajaron su actividad, que ha ido rebrotando periódicamente en momentos concretos.

El primer mandato de Trump se vivió en parte como una anécdota en el mundo del arte: nadie creía que la cancelación fuera a cambiar de bando de una manera tan brusca y por motivos tan burdos como el poder y el dinero. Pero la rueda de la historia ha completado el giro, aunque, por suerte, arrastra el recuerdo fructífero de aquellas luchas. Un recorrido por la exposición del Centro Getty validará la vigencia de aquel esfuerzo y la necesidad de no dar nunca nada por conquistado.

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