'Le Sommet' (★★★★✩), la sustancia Marthaler

Crítica de teatro

“Marthaler y su dramaturgo Malte Ubenauf convierten un espacio accesible sólo a los elegidos en una prisión para un grupo humano con nula capacidad de decisión”

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Una imagen de 'Le sommet'

Cedida por Nora Ruppo

Le Sommet ★★★★✩

Dirección: Christoph Marthaler

Intérpretes: Charlotte Clamens, Raphael Clamer, Federica Fracassi, Liliana Benini, Lukas Metzenbauer y Graham F. Valentine

Lugar y fecha: El Canal. Temporada Alta (22/XI/2025)

Un personaje de Christoph Marthaler, una vez que entra en el espacio de la ficción (el habitual encierro en un lugar de paso), olvida cómo ha llegado y para qué; desconoce quién le acompaña y por qué. Un ser abducido por la “sustancia Marthaler” mientras espera la oportunidad de la salida. Mientras, procura encontrarle un sentido a la nube de incógnitas, rescatando usos y costumbres como un archivo de supervivencia del cerebro reptiliano. Tampoco la palabra sirve. Sólo la música que amansa el desasosiego.

Viejos conocidos. Esta vez llegan en un montacargas a un refugio de montaña. En el centro de la estancia sobresale el pico de una montaña, como si la espartana construcción hubiera caído del cielo. Los recibe el joven guarda con su acordeón. Son cinco (tres mujeres y dos hombres), ataviados como urbanitas con un regusto kitsch por el montañismo tirolés. Llegan con aires de importancia. Una cumbre en la cumbre. La élite de la élite de Davos. Pronto se adentran en el error. Marthaler y su dramaturgo Malte Ubenauf convierten un espacio accesible sólo a los elegidos en una prisión para un grupo humano con nula capacidad de decisión. Quien decide por ellos -y quizá por nosotros- se encuentra fuera. Invisible, administra recursos, tiempos y esperanzas. La salvación que llega o no volando (un imprevisible helicóptero) o por el montacargas, que igual sube un tentempié, la Mona Lisa o una virgen de escayola.

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Sólo les queda entretenerse, entre el letargo y la euforia. Así pasan del conciliábulo folclórico a la recatada desnudez de una sauna; de la toalla a las galas de una fiesta de postín; del vestido de noche a la uniformidad del chándal (como si les esperara una prueba de El juego del calamar). Resignados, rellenando el tiempo muerto con juegos de palabras y acentos locales en cuatro idiomas, entre Lewis Carroll y dialectos alpinos o escoceses; a malgastar el fino aire inflando extintores de plástico; canturrear una aria de Mozart; celebrar la nada con la jerigonza pop de un exitazo setentero de Adriano Celentano o fracasar en la coreografía de un esquí de salón. Dos escenas en las que sobresale Raphael Clamer en su exhibición chaplinesca, secundado por las florituras slapstick de Liliana Benini.

Le Sommet es tan Marthaler en todas sus invariables dimensiones, que el público seguramente celebra más ese mundo absurdo tan personal e intransferible que una propuesta que, repensada con cierta distancia, no deja de ser un universo recurrente. Entonces, casi se prefiere más el camino hacia el caos de un Europa Bull de Jordi Oriol que el de la nueva armonía -con una gran carga de cultura pop- de Le Sommet, por muy afinado que esté el instrumento escénico del maestro suizo.

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