'Honestedat', un pequeño milagro (★★★★✩)

CRÍTICA DE TEATRO

Míriam Iscla y Dafnis Balduz se adentran en el terreno oscuro de la intimidad frágil y desnuda en el Teatre Akadèmia

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Míriam Iscla y Dafnis Balduz, en una escena de 'Honestedad' 

Cortesía Teatre Akadèmia 

Honestedat ★★★★✩

Autoría y dirección: Francesc Cuéllar

Intérpretes: Míriam Iscla y Dafnis Balduz

Lugar y fecha: Akadèmia (20/XII/2025)

La crítica suele ser una instantánea panorámica. Un escáner más o menos afinado de todos los elementos que confluyen en el escenario. Aunque siempre hay acentos que sobresalen. A veces se impone el texto, otras dominan las interpretaciones o cualquier aspecto que construya el arte en vivo. Un ritual sobre la verdad del fingimiento. Sólo en contadas y preciosas ocasiones se produce un hecho excepcional que rompe las reglas convenidas para poner en alerta al que observa.

Ocurrió quizá el pasado sábado, 20 de diciembre, en la tercera función de Honestedat después de su estreno en el Teatre Akadèmia. Míriam Iscla se adentra, bien avanzada la obra, en una nueva acometida dialéctica cuando en su rostro se desvela un microgesto. Un leve cambio, como si se hubiera cruzado un pensamiento o una emoción que hasta ese instante no hubiera participado de la construcción del personaje. Un reflejo de algo profundo que aflora, como si las palabras escritas por Francesc Cuéllar hubieran activado un archivo emocional nuevo. ¿Imaginación? ¿Sugestión? Puede, pero Iscla sigue con su soliloquio sin abandonar la tan persistente como nimia huella del estupor. Incluso se podría intuir que Dafnis Balduz, de espaldas a su compañera, también se ha percatado que un acto de verdad ajeno al trabajo de los ensayos se ha hecho presente.

Un actor y una actriz tocando un imposible: la verdad que traspasa la máscara del talento

A partir de ese momento, la energía entre los dos y de la sala cambia. La obra, que se movía entre la entrega incontestable de dos intérpretes talentosos y un exceso de retórica, de esgrima dialéctica, abandona el enciclopedismo cultural para adentrarse en el terreno oscuro de la intimidad frágil y desnuda. El duelo de argumentos y contraargumentos entre una actriz madura y su joven director queda atrás y sobre la mesa –espléndido lienzo de blanco luminiscente– se sirve el plato principal de este texto: el desgarro doloroso de la ruptura de un vínculo. Cuando la amistad sucumbe en la batalla de las inseguridades y cicatrices. Las visibles y las invisibles. Nada extraño que, entre las muchas citas, se mencione a Marina Garcés. Honestedat se eleva como texto cuando suelta lastre de su peso ensayista y se queda con la esencia de una relación compleja en la que confluyen, con sus peligrosas trampas, lo privado y lo profesional.

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Mejor quedarse con la ilusión de un milagro, de haber visto a un actor y una actriz tocando un imposible: la verdad que traspasa la máscara del talento. Expuestos –como si apagaran el escudo Holtzmann de la saga Dune – en medio de una escenografía en blanco y negro de Lola Belles –una de las estéticamente más contundentes presentadas en el Akadèmia– sobre la que Sylvia Kuchinow ha volcado un ejercicio lumínico monocromático. Un festival de todas las intensidades crudas del blanco.

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