En la penúltima entrega del embrollado culebrón sobre Jeffrey Epstein, el millonario acusado de urdir una red de tráfico y abuso sexual de menores, se han desclasificado numerosos archivos que evidenciarían su vinculación con varones de primer rango mediático: Bill Clinton —suyas son las imágenes más comprometidas, a remojo en un jacuzzi—; el stone Mick Jagger; el cofundador de Microsoft Bill Gates; e incluso el mismísimo filósofo Noam Chomsky, gran gurú de la izquierda. También se ha revelado el pantallazo de una conversación por móvil que calibra las medidas y el precio de una chica, así como cuatro fotografías inquietantes, cuatro fragmentos de anatomía adolescente expuestos con la frialdad de una naturaleza muerta: un tobillo y el arco dulce del empeine, el hueco de una cadera, el nacimiento de los senos y una nuca muy joven con un espinazo protuberante. Ignoramos si la carne despiezada pertenece a un mismo cuerpo, pero cada parte mencionada lleva inscrito, con tinta negra y caligrafía pulcra, un fragmento de Lolita , la novela de Vladímir Nabokov. La foto del escote reproduce la célebre cita que suena tan endiabladamente bella en inglés, sobre todo en la voz de Jeremy Irons: “Lo–lee–ta: la punta de la lengua emprende un viaje de tres pasos desde el borde del paladar para apoyarse, en el tercero, en el borde de los dientes”.
Fotografía de los archivos de Epstein del pie de una mujer con una cita de 'Lolita', publicada por los demócratas
¿Leyó Epstein a Nabokov? No atisbó un ápice de la dimensión ética de la novela
Se sabe que Epstein, quien se suicidó en su celda en 2019 mientras aguardaba el juicio, disponía de una primera edición de Lolita enmarcada en su apartamento neoyorquino, que se bajó The Annotated Lolita en el Kindle 43 días antes de su arresto, y que se bautizó como el Lolita Express el jet privado en que transportaba a las chicas —algunas presuntas menores de edad— entre Nueva York, Palm Beach y las Islas Vírgenes. Parece que también guardaba una copia de la novela en su mesita de noche. Aun así, a pesar de la aparente fascinación por la obra del gran estilista ruso, Epstein no entendió un pimiento, nada de nada. Los placeres que deporta el libro no pasan por el erotismo. Humbert Humbert, el narrador poco fiable de la historia, con una visión distorsionada de los hechos, utiliza su prodigiosa capacidad verbal para emborronar el secuestro y la repetida violación de su hijastra, de 12 años. Lolita no es la nínfula seductora que chupa una piruleta de fresa y lleva gafas de sol con forma de corazón —el póster de la película de Stanley Kubrick—, sino una criatura lastimada. A la inteligentísima Vera Nabókova, la esposa del escritor, le llamó la atención que la crítica no hubiera reparado en uno de los párrafos más sobrecogedores del libro, donde se dice que la niña lloraba cada noche. ¿Leyó Epstein la novela? Más bien parece que le dio la vuelta al calcetín como excusa autocomplaciente, que utilizó el clásico para darle una pátina estética a la vergüenza.