Cultura

Tristan und Isolde, la esencia femenina eterna (★★★★✩)

Crítica de ópera

Al debutar como Isolda, Davidsen evidenció un potencial vocal que explota en los agudos de manera similar a supernovas.

Lise Davidsen, en el estreno de 'Tristan und Isolde' en el Liceu

Lise Davidsen, en el estreno de 'Tristan und Isolde' en el Liceu

Sergi Panizo / Liceu

Tristan und Isolde

★★★★✩

Autoría: Richard Wagner
​Intérpretes: Lise Davidsen, Clay Hilley, Ekaterina Gubanova, Brindley Sherratt, Tomasz Konieczny, Roger Padullés, Albert Casals y Milan Perišić. Orquesta Sinfónica del Gran Teatre del Liceu.
​Dirección musical: Susanna Mälkki
​Dirección escénica: Bárbara Lluch. Nueva producción del Gran Teatre del Liceu
​Lugar y fecha: Gran Teatre del Liceu (12/I/2026)

Jornada de enorme interés en el ciclo, atmósfera propia de las veladas memorables y un balance excelente para el estreno en el papel de la soprano noruega Lise Davidsen encarnando a Isolda. Notable desempeño y nivel de la agrupación musical en el título inicial de Wagner dirigido por Susanna Mälkki desde el podio. El reciente montaje de Barbara Lluch, que suponía asimismo su incursión primera en Wagner, se mostró tradicional, con escaso riesgo y enfocada en un estilo conceptualista bastante recurrente.

Los asistentes estallaron en entusiasmo ante la Isolda de Davidsen, la soprano lírico-dramática más adecuada para el catálogo wagneriano en el presente. En su debut como Isolda, Davidsen exhibió su sonoridad plena, su matiz boreal, una extensión que parece infinita y la sorprendente soltura de un registro que detona en agudos similares a supernovas.

El dominio de las modulaciones, los pianos y la técnica de emisión confirman que, tras su embarazo, el instrumento sigue sonando fresco y ágil; próxima a los 39 años, se encuentra en una fase ideal. No obstante, su fraseo e intención melódica precisan todavía de la madurez que exige un personaje que personifica el eterno femenino de Wagner. La expresividad y los acentos se irán fortaleciendo en cada actuación, marcando un estreno de gran relevancia con una voz que se suma a la tradición y excelencia de las célebres Isoldas admiradas en el Liceu: Flagstad, Grob-Prandl, Varnay, Nilsson…

El tenor Clay Hilley, en el tercer acto de 'Tristan und Isolde' en el Liceu
El tenor Clay Hilley, en el tercer acto de 'Tristan und Isolde' en el LiceuSergi Panizo / Liceu

El mando de la directora finlandesa Susanna Mälkki ocupó un papel estelar. Su interpretación, inclinada hacia lo abstracto y lírico en lugar de lo romántico o pasional, se manifestó ya en el preludio inicial, momento en el que destacó la excelencia y cohesión de las cuerdas de la orquesta del Liceu, exhibiendo unos bajos potentes y aterciopelados. Las introducciones de los tres actos sirvieron como muestra de la visión sonora ideada por una Mälkki de movimientos precisos y vigorosos. Su dirección evolucionó desde un leve estatismo expresivo hacia un dominio superior de las tonalidades y el espesor de una obra inmensa. El punto culminante llegó durante el dúo amoroso, instante en que los silencios, las transiciones y la delicadeza vocal se integraron en el tejido instrumental con una belleza acústica impactante. Sobresalieron las aportaciones del clarinete bajo, el corno inglés y una sección de metales capaz de proyectar la fusión entre el existencialismo musical y el lirismo de unos cantantes situados al límite.

Clay Hilley se mostró como un Tristan vigoroso e impecable, aunque careció únicamente de una conexión emocional más profunda frente a la Isolda de Davidsen. La armonía de sus voces resultó excelente, no obstante, la obra requiere un intérprete principal que exhiba su vulnerabilidad sentimental junto a su compañera de escena, y en este aspecto su labor actoral aún tiene margen de mejora.

El Rei Marke del bajo británico Brindley Sherrat poseyó la tonalidad pero no la grandeza sonora requerida. Una persistente regulación del vibrato y unos tonos agudos restringidos y calantes quitaron distinción a su monólogo de gran relevancia.

Sensible y cercana se mostró la Brangäne de la mezzo rusa Ekaterina Gubanova, quien, con una sonoridad apropiada y un canto preciso, logró comunicar con matices bellos tanto sentimiento como distinción.

El Kurwenal encarnado por el bajo-barítono polaco Tomasz Konieczny, reciente Wotan del Festival de Bayreuth, utilizó su voz metálica y austera para crear un escudero vibrante y rudo que hiciera contraste con la suavidad de la Branände de Gubanova, logrando un balance en las tonalidades de la obra.

Sobresalientes los roles de reparto, Albert Casals en su labor de Pastor/Marinero, el Melot breve de Roger Padullés y el Timonel del barítono serbio Milan Perišić.

Davidsen y Hilley tuvieron que volver a salir para recibir los aplausos del público al finalizar la función
Davidsen y Hilley debieron regresar a escena para recibir el homenaje del público tras finalizar la función.Sergi Panizo / Liceu

El montaje de Barbara Lluch apostó por la abstracción del espacio mediante el diseño escénico y las luces de Urs Schönebaum, mostrando alusiones directas al romanticismo de Friedrich durante el acto tercero. Aunque visualmente la propuesta resultó agradable, empleando un ciclorama de estilo retro y un planteamiento minimalista, la obra acabó recordando a múltiples representaciones wagnerianas de corte abstracto ya conocidas, sin ofrecer elementos innovadores. Del mismo modo, la limitada guía actoral, tarea difícil en piezas líricas de gran introspección, no logró destacar en una función que utilizó de forma caprichosa una vestimenta situada entre Juego de Tronos, Mad Max y un estilo romántico kitsch de efecto variable.

Una obra esencial de la antología en la voz de soprano más destacada del siglo XXI para este género, es preciso experimentarlo en directo para apreciarlo como es debido.

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