
Piel y huesos con Malaparte
Ahora que Europa vive con estupefacción las barbaridades del presidente de Estados Unidos, resulta muy oportuno leer La piel, de Curzio Malaparte (Galaxia Gutenberg), una novela cosida a la realidad que vivió su autor, el periodista Kurt Erich Suckert, que actuó como oficial de enlace de los aliados tras su desembarco en Salerno. La piel se publicó en 1949 y fue prohibida por el Vaticano en 1950.
Malaparte da la voz narradora a un oficial italiano de enlace (como él mismo) y nos sitúa en el Nápoles ya “liberado” de 1943: “La ciudad era como una boñiga de vaca aplastada por el pie de un paseante”. La degradación que describe con su pluma de novelista salvaje es moral: “Hoy, en Europa, todo se vende: el honor, la patria, la libertad, la justicia. Hay que reconocer que vender a los hijos es bien poca cosa”. En constante conversación con los oficiales del ejército norteamericano, el italiano reparte palos a diestro y siniestro: “La diferencia es esta: que los americanos compran a sus enemigos, y en cambio nosotros los vendemos”.

La crudeza de la novela comparte espacio con situaciones delirantes que rozan la comicidad, como la subasta al alza para vender a los americanos prisioneros fascistas que los napolitanos tienen escondidos en los sótanos, o las pelucas púbicas que algunas mujeres napolitanas usan para tener más opciones de prostituirse con los soldados negros, que buscan pubis rubios. Los italianos solo valoran el desembarco norteamericano como una posibilidad de salvar la piel.
La crudeza de ‘La piel’ convive con situaciones delirantes que rozan la comicidad
El narrador ejerce en todo momento de guía y de informador, sobre todo moral, para los oficiales norteamericanos a los que acompaña, que están muy lejos de comprender nada del continente que han venido a liberar. “No hay nada más humillante –les espeta– para un pueblo reducido a la servidumbre, que un amo de maneras bastas, de gustos groseros”. Les asegura que los auténticos héroes europeos están todos muertos: “Muchos de los que hoy hacen de héroes gritando Viva América o Viva Rusia son los mismos que ayer hacían de héroes gritando Viva Alemania”. Las palabras que transmiten ideales han quedado vaciadas de sentido.
La piel es una novela de necesidades básicas. Como en todas las guerras, las mujeres de los vencidos se acuestan con los vencedores por puro instinto de supervivencia: “Los soldados americanos creen que compran a una mujer, pero compran su hambre”.
Desde nuestra contemporaneidad de conflictos liofilizados y servidos en los informativos, las conversaciones entre militares huelen a despensa poco ventilada y, en la podredumbre de la gran guerra, deslumbran algunos ejemplos de lucidez extrema, como la definición precisa de estado totalitario: “Un estado en el que todo lo que no está prohibido es obligatorio”.

