Cultura
David Uclés

David Uclés

Escritor

Un camaleón literario

Llevo boina desde la adolescencia. La gris que visto a diario me la compré en Londres al alcanzar la mayoría de edad, pero la primera me la compré a los 14. Empecé a cubrirme la cabeza porque me gustaba estéticamente, pero también por rebeldía, pues a mis padres no les hacía gracia que llevara el pelo largo y sombrero, hijos de una sociedad que sigue señalando a aquel que se sale de lo normativo. No les ayudaba el hecho de vivir en un pueblo; mis decisiones “excéntricas” no pasaban nunca desapercibidas. Pero yo, que desde muy pequeño veía absurdas las imposiciones sociales, me ponía la gorra todo el día. Ni siquiera me la quitaba cuando me decía mi padre que a él se le había caído el pelo por llevar el tricornio tantas horas seguidas. Preferí arriesgarme a perder el pelo. Llevar gorra se convirtió, en cierta forma, en un acto político.

Boinas 
Boinas Bon Genre

A mis 35 sigo llevando sombrero y ropa de segunda mano. Siempre vestí tonos orgánicos y prendas usadas. Lo hago, además de por una simple cuestión de gusto, por querer tener presentes mis raíces rurales. Por lo tanto, mi forma de vestir no ha sido impuesta por mi editorial para crear un personaje en torno a mí y vender más, que es la acusación más común que suelo recibir de mis detractores, quienes también afirman que fui creado por una logia masónica, comunista y sanchista. De hecho, la editorial me aconsejaba que no saliera con la boina en las primeras entrevistas. “David, no llames más la atención que el propio libro. La novela va a ir sola, sin polémicas”. Creo que fue un buen consejo, aunque apenas lo cumplí. Meses después, al comprobar mi editora que empezaban a reconocerme por mi forma de vestir, me preguntó en un acto, algo molesta, dónde me había dejado la boina ese día.

No soy consciente de haberme creado un personaje, porque obré así desde que tengo uso de razón

Alguna vez, lo confieso, elegí a propósito conjuntar mi ropa pensando en los atuendos de los milicianos y de los años treinta. ¿Pero cómo iba a vestirme para la entrevista que me hicieron en mitad de Belchite? ¿Con un mono vaquero? No soy consciente de haber creado un personaje, porque obré así desde que tengo uso de razón, pero en ocasiones bien pude llevarme un poco al límite y exagerar mi imagen. ¿Quiere decir esto que, si mi siguiente novela tratara sobre los años setenta, iría vestido con cuello Mao, como si Carl Sagan me hubiera poseído? Es probable. Si mi atuendo sirve para ilustrar mejor el tema de mi libro, llevaría a cabo esa performance.

No estoy en contra de las performances. Entiendo que a muchos críticos, sobre todo a los más esnobs, les molesten y les parezcan frívolas. Pero para mí performar es un juego más que no me conlleva un gran esfuerzo, que me resulta simpático y que poco afecta a mis textos –pues, dicho sea de paso, casi siempre los escribo en casa y en la ropa más cómoda que encuentro, ya sea ocre o azul Prusia–.

Por el momento, seguiré cambiando mi apariencia conforme me vaya apeteciendo. Solo espero que mi próximo libro no trate de santa Teresa de Jesús.

Etiquetas