Cultura
David Uclés

David Uclés

Escritor

Somos unas polillas horteras

Hace unos días, en estas Navidades que cada vez duran más, fui a ­Segovia para que un amigo me prestara un acordeón. Lo iba a tocar el tiempo que tardara en comprarme uno más pequeño. Una semana después, encontré uno cómodo para viajar; se lo compré a un húngaro que reside en Madrid. Me citó a medianoche, en una cochera a las afueras y con el dinero en efectivo. Fui vestido con una sudadera con capucha y cincuenta billetes en el bolsillo. Parecía que iba a comprar un hígado. ¡Pero esa historia os la cuento otro día! El caso es que me acerqué a Segovia en plenas fiestas navideñas.

El árbol de Navidad de la Puerta del Sol de Madrid .
El árbol de Navidad de la Puerta del Sol de Madrid.A. Pérez Meca - Europa Press / Europa Press

Después de merendar con mi amigo, fuimos a dar un paseo por la ciudad. Me pasé por la librería Intempestivos a saludar, pues no los conocía y tengo la intención de visitar todas las librerías de España, y, de camino, cruzamos el acueducto por debajo. Especifico esto porque, hasta hace no mucho, los niños –y los adultos– más gamberros cruzaban por lo alto y se subían a él para ver pasar los tronos de las procesiones en Semana Santa.

Reí al ver que entre las imágenes proyectadas, durante una milésima, había una bandera de España

Para mi sorpresa, aunque la plaza estaba llena, nadie miraba el monumento, solo mi amigo, su mujer y yo. He ido muchas veces a ­Segovia, pero esta obra arquitectónica sigue causándome el mismo asombro. La miro y recuerdo el capítulo que escribí para La península de las casas vacías en el que las mujeres segovianas deciden desmontar el acueducto y esconder las piezas en sus casas para que no sea bombardeado.

Aquella noche, la razón por la que nadie miraba la obra magna de la ciudad era la fototaxis positiva, es decir, la atracción incontrolable que sufren algunos animales hacia la luz, principalmente los insectos, pero también los humanos.

Frente a la ingente obra, unas luces bien horteras eran proyectadas sobre una fachada cualquiera al son de una canción épica, probablemente de la banda sonora de Piratas del Caribe , que es la que utilizan todas las diputaciones del país en las entregas de premios y en los actos conmemorativos. Me reí fuerte al descubrir que, entre las imágenes proyectadas, durante una milésima de segundo, como si fuera un mensaje subliminal, aparecía una bandera de España. Un anuncio que, en lugar de decirle a tu subconsciente “¡Bebe Coca-Cola!”, te decía “¡Viva España!”. ¿Qué nos pasa? ¿Por qué nos gusta ver luces que parpadean al son de canciones manidas? Hace dos semanas no cabía un alfiler en el Alsa que me llevaba de Jaén a Madrid: familias enteras yendo a la capital a ver las luces navideñas. ¡Pero si el aburridísimo árbol cónico de la Puerta del Sol es mil veces menos feo de día!

Quiero creer que, en realidad, lo que nos pasa es que añoramos el fuego: las hogueras, las luminarias, los reencuentros con los vecinos alrededor de una luz natural, cálida y amarillenta; apacible y mágica. La luz de nuestros abuelos. Pero, como somos tantos y tan borricos, debimos prohibir el encendido de hogueras en las ciudades y nos contentamos con las leds cutres. En el fondo, somos todos unos bichos románticos.

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