Cultura
Màrius Serra Roig

Màrius Serra

Escritor y enigmista

Salones de lectura

Escuchamos, en boca de pasajeros desesperados, que los trenes provocan estrés, angustia y otros efectos secundarios negativos. Accidentes ferroviarios e incidencias diversas, por usar el eufemismo habitual, los han puesto de triste actualidad. Pero los trenes, además de ser un medio de transporte cómodo y eficaz, siempre estuvieron ligados al placer de la lectura. De entrada, porque sus vagones son excelentes salones de lectura, en la puntualidad y, sobre todo, en el retraso, pero también porque su existencia inspira multitud de ficciones extraordinarias.

Una de las adaptaciones cinematográficas de 'Asesinato en el Orient Express'  
Una de las adaptaciones cinematográficas de 'Asesinato en el Orient Express'  Terceros

Probablemente, una de las primeras novelas que nos viene a la cabeza sea Extraños en un tren , de Patricia Highsmith, con su planteamiento de crímenes cruzados surgido de una de esas charlas entre desconocidos que propician los viajes en tren, uno de los pocos medios de transporte con espacios compartidos y transitables durante el trayecto. El vértigo combinado de velocidad, metal y ruido empuja la mente a pensamientos criminales. También Agatha Christie percibió este potencial narrativo en su fonteovejunesca novela Asesinato en el Orient Express ; Georges Simenon, en El hombre que miraba pasar los trenes , o, más recientemente, Paula Hawkins con La chica del tren .

Los trenes, además de cómodos y eficaces, han estado siempre ligados al placer de la lectura

La energía cinética de los ferrocarriles no solo mueve a concebir obras de carácter criminal. La red ferroviaria no se compone únicamente de maquinistas nómadas. Una buena parte de la plantilla es sedentaria. Trabaja en las estaciones o se ocupa de los cambios de aguja y los pasos a nivel. Bohumil Hrabal publicó, a finales de los sesenta, Trenes rigurosamente vigilados, una novela extraordinaria que muestra la vida de un joven empleado de estación en la Checoslovaquia ocupada por el régimen nazi durante la Segunda Guerra Mundial. 

El año pasado, L’Avenç publicó Tres relats , de Joseph Roth, en magnífica traducción al catalán de Raül Garrigasait. El titulado “El cap d’estació Fallmerayer” (1933) es una historia delicada. El jefe de estación Adam Fallmerayer, casado y con dos hijos, es testigo de un accidente ferroviario y acoge en la caseta del guardagujas a una noble extranjera accidentada, con quien entabla una relación que culminará cuando lo movilicen para ir a la Primera Guerra Mundial. Los trenes, omnipresentes en el relato, transportan el sentimiento amoroso con la misma sutileza que el hilo telefónico de la minúscula cabina de una estación de tren donde cada día recibe una llamada misteriosa que hace descubrir el amor verdadero al protagonista d’ Andanzas del impresor Zollinger , de Pablo d’Ors (traducida al catalán como Peripècies de l’impressor Zollinger ). Ninguno tan poético, sin embargo, como las estatuas humanas ante el efímero paso del tren en “Final del juego” , del libro homónimo de Julio Cortázar.