Marina Abramovic (★★✩✩✩), desmenuzar y unir.
Crítica de artes escénicas
'Balkan Erotic Epic' constituye una secuencia tranquila de rememoraciones estéticas.

Un momento de la función

Balkan Erotic Epic ★★✩✩✩
Artista, dirección, concepto y diseño: Marina Abramovic
Lugar y fecha: Gran Teatre del Liceu (29/I/2026)
Fuimos testigos de la vagina humeante de Angélica Liddell expuesta al cosmos y de los testículos oscilantes de Carles Santos. Presenciamos sexo explícito en las funciones de Roger Bernat y El Conde de Torrefiel, además de un bogavante hervido en directo con Rodrigo García. Durante aquellas ocasiones jamás se planteó la confiscación de un teléfono celular. Tal vez debido a que todavía no se habían inventado, eran demasiado pesados o el límite de la provocación superaba con creces el esnobismo mojigato y fingido.
Con el recinto completo, la audiencia colma la capacidad del Gran Teatre del Liceu, aquel distinguido espacio donde Marina Abramovic ofreció en el 2023 Seven deaths of Maria Callas una nueva entrega de su elitista teatro iconófago. Nos encontramos aquí, rodeados de otros dos mil asistentes, listos para sumergirnos por cerca de tres horas en la antropología balcánica a través de un prólogo y diez escenas. El grupo musical accede por el corredor principal, liderado por una variante soviética de Aurora Rodríguez Carballeira. Porta un manojo de rosas carmesíes que coloca frente a una vestimenta militar y el retrato encuadrado del mariscal Tito. La intérprete encarna a la progenitora de Abramovic. Comienza el duelo fúnebre: una vocalista encumbrada dilata los minutos mientras en la habitual pantalla de altísima definición aparece una hilera de mujeres de luto –incluyendo el rostro con pañuelo de Marina– al estilo de una obra de videoarte de los ochenta.
Desde esta imagen, Balkan Erotic Epic constituye una pausada serie de pastiches estéticos. Imitaciones de modelos, como el encargado de dirigir los duelos de esgrima en Puy de Fou, u otros genios, como Bob Wilson, Roberto Castellucci o Pina Bausch (reunidos los tres en el episodio Boda negra ), o asimismo la variante más balcánica de La Veronal mientras, en un cancán carente de ropa interior, las intérpretes provocan a los dioses del agua con sus vulvas en posición taurina. Podemos después movernos a la visión de Goran Bregovic del acto II de La Bohème . Únicamente se requiere reemplazar a Musetta por un contratenor. Una dosis de homoerotismo, algo de Cyd Charisse y Ninotchka y rumbo a la siguiente figurita.
Es posible que aparezca Tunick en tonos grises y un Gustave Moreau de matices azulados rodeado de sepulcros de utilería. Resulta imprescindible la presencia de Eros y Tánatos. Asimismo, se incluyen secuencias de comedia documental donde una experta flamenca analiza ceremonias de fecundidad milenarias. Pausas de carácter lúdico-erótico que generan una comicidad fortuita: solicitar a un par de colaboradores para palpar sus testículos, coincidiendo en que se nombren Jesús y Pedro. Se presentan además entornos fálicos psicodélicos –similares a una ilustración de David el Gnomo para público adulto– junto a carnavales tradicionales de Castilla que en Serbia denominan kukeri . Al tiempo que repican sus esquilas bajo una nevada artificial, ingresan los integrantes de coros y danzas ataviados con ropajes albos.
Esta propuesta sobre el papel posee relevancia y una finalidad psico-artística. Marina Abramovic trata el pesar de una pertenencia fragmentada en una cartografía mental extinta: Yugoslavia. Mas al despegar la mirada del folleto, la vacuidad desplaza al planteamiento. Sobre la escena solo se observa una pomposidad infructuosa. Una estética manoseada, vacía y trivial por su asimilación sencilla. Cuánto se añora la evocación de esa artista que, con la sola presencia de su físico –tal como Carolina Bianchi hace ahora– lograba sacudir las conciencias.
