Noche de sexo telúrico en el Liceu
Estreno absoluto
Barcelona se rinde al nuevo arte total de Marina Abramović en ‘Balkan Erotic Epic’, incluidos falos y vaginas gigantes

Abramović aparece solo al final para entregarse a una emocionante danza infinita con el coreógrafo

Un bosque de falos de seis metros se yergue en escena. ¿O son setas gigantes en un mundo onírico y surreal? Acto seguido, un grupo de mujeres corre por el campo enseñando la vagina a los dioses para que se asusten y detengan la lluvia: es un ritual erótico de la mitología balcánica que se remonta al medievo (y que no le vendría mal hoy a la actual Iberia). El espectáculo arranca provocador pero se va volviendo espiritual, especialmente al representar una orgía erótica con la muerte (y con los muertos) en el cementerio...
Algunas escenas son tan brutales que solo resisten la representación en imágenes animadas de las que va dando explicaciones una científica en bata, como la del hombre que para asegurarse la virilidad la noche de bodas ha de perforar un puente y penetrar esos agujeros.
Un bosque de falos de seis metros de altura se yergue en escena. ¿O son setas gigantes en un mundo surreal?
En la radical Balkanic erotic epic, Marina Abramović abraza el cuerpo desnudo como arte, como sufrimiento, como vida y muerte. Hace olvidar el pudor y apela al erotismo como una fuerza primigenia, una energía cósmica que tiene hilo directo con lo espiritual. Para el público barcelonés que jamás ha tenido acceso a una performance duracional de la artista serbia –su última gran proeza fue The artist is present (2010), con la que pasó meses en el MoMa sentada inmóvil durante horas–, la versión escénica de este Balkan erotic epic que vio la luz por primera vez este sábado, en el Liceu, podía parecer arriesgada.
Iban a ser cuatro horas ininterrumpidas (aunque se podía entrar y salir a placer) y con los móviles precintados. Pero tras recortar iteraciones que solo tenían sentido en la instalación original que estrenó en Manchester –ahí las 13 escenas eran simultáneas y el público transitaba por ellas–, el show en Barcelona quedó en tres horas. Y de inmóvil no tuvo nada. Al contrario.
La artista serbia es el último tótem de la performance y el arte visual después de fallecer Bob Wilson. A estas alturas no ha de demostrar nada. Puede ir directamente a la yugular en cada una de sus producciones. En esta se zambulle en mitos y leyendas de la tradición albana, búlgara, rumana, eslovena, serbia, macedonia... Y los sitúa en la órbita de lo atávico donde el erotismo es el puente entre lo divino y lo humano.

Además lo hace en un espectáculo que ni es ópera ni es danza, ni es performance ni música en vivo, ni tampoco animación o video, sino todo ello a la vez. Y viene servido por 34 artistas en escena con la voluntad de avanzar hacia un nuevo arte total . Un proyecto valiente que de la mano del atrevido Liceu de les Arts viene a sacudir los adormecidos teatros de ópera en este segundo cuarto de siglo XXI.

Abramović vuelca sus propios fantasmas y pasa cuentas con sus orígenes, dedicándole de entrada un funeral de estado al general Tito, con una banda de vientos entrando solemne por el hall del teatro mientras el público acaba de tomar asiento. También despoja a su madre, la que nunca llegó a besarla, de todo su manu militari comunista. La perfomer Maria Stamenkovic la interpreta abandonándose al deseo sexual en una kafana, el típico bar balcánico, donde el contratenor Aleksandar Timotic y el coreógrafo Blenard Azizaj se enzarzan en un duelo homoerótico entre albaneses y serbios, los eternos enemigos.
El público que llena el 97% del aforo –está la presidenta de Eslovenia, Nataša Pirc Musar; la cineasta Isabel Coixet, y los actores Alfonsina Carrocio, Luka Peroš y Darko Peric– sucumbe a los encantos de la música Marko Nikodijević y la electrónica de Luka Kozlovački. Las hermosas imágenes del cineasta Nabil Elderkin, más la animación de la premiada española Sonia Alcón y la danza expresiva del citado Azizaj llevan el impacto a otro nivel.

Al final, emocionante, monstruos peludos que espantan el invierno danzan bajo la nieve al son de campanas mientras –ojo, spoiler– Abramović, que ha estado siguiendo la función desde la platea, rubrica esta extraordinaria producción apareciendo a sus 80 en escena y bailando dulcemente con Azizaj hasta el último aliento.
