Sílvia Munt no piensa en el
Premio Gaudí de Honor
Esta experimentada intérprete, escritora y realizadora cinematográfica y escénica representa a una de las personalidades más valoradas y respetadas dentro del ámbito cultural catalán.

Sílvia Munt manifiesta su complacencia por el reconocimiento concedido a un trabajo que es “como una forma de entender la vida”.

Silvia Munt (Barcelona, 1957) recibirá durante esta velada el galardón Gaudí de Honor – Miquel Porter 2026, la distinción honorífica más importante de la cinematografía catalana, dentro de la ceremonia de los XVIII Premios Gaudí que tiene lugar en el Gran Teatre del Liceu. La experimentada intérprete, escritora y realizadora de cine y teatro, poseedora de una carrera superior a los cuarenta años y uno de los perfiles más valorados y apreciados de la escena cultural catalana, se muestra satisfecha ante el homenaje a una labor que es “como una forma de entender la vida”.
¿Qué representa para usted este Gaudí honorífico?
Para empezar, representa un privilegio enorme. No suelo fijarme mucho en lo sucedido anteriormente, me enfoco en el ahora y en el porvenir, por lo cual esto me hizo detenerme un instante. Medité, ante todo, sobre el compromiso. Fue una circunstancia que me desorientó brevemente, pero paulatinamente recibí palabras de colegas que me llegaron al corazón y me llevaron a declarar: “es lo que es este oficio y lo que siento en este oficio”. Esa relación forjada en cada filmación, en las prácticas, junto a los compañeros. Todo eso me permitió comprender la clave, el entusiasmo de esta atracción, de esta sensación casi adictiva de ser como infantes que se coordinan para jugar a construir una historia que luego llegará a los espectadores.
¿Ha hecho buenos amigos en su carrera profesional?
Podríamos definirnos como una agrupación familiar discontinua. En esta profesión, cualquier elemento resulta esporádico: los romances, los vínculos amistosos, el empleo, la incertidumbre constante sobre el sustento del año venidero... Es preciso aceptar dicha irregularidad. Al observar el pasado, percibo que ha existido una trayectoria muy rica, abundantes muestras de apoyo y desprendimiento en este clan transitorio. Y una enorme fuerza. La existencia se experimenta con gran vigor durante una filmación, ya que se construye realidad mientras formas parte de una comunidad temporal que se entrega por completo para lograr cada toma. Resulta impactante.

¿La jubilación no entra en sus planes?
En absoluto. Pienso que retirarse resulta ideal para quienes se sienten agotados y desean emprender actividades distintas, sin embargo, mi labor constituye mi pasatiempo, consiste en habitar la ficción y la realidad simultáneamente, lo cual me brinda cierta tranquilidad. Mi oficio abarca la lectura, la indagación, la escritura y la creación de documentales o filmes. Me resulta imposible abandonar estas tareas jamás; no soy capaz ni tengo el deseo de hacerlo. Cuento con proyectos para los próximos tres años y la idea del retiro es algo que no logro imaginar. Es una sensación compartida por quienes estamos en este ámbito, y lo digo no como intérprete, sino bajo la perspectiva de cineasta y autor. A los realizadores que admiro, al cumplir 68 años, todavía les restaba un largo camino por recorrer. Por suerte, esta profesión exige un buen estado físico, especialmente debido a las filmaciones y las extensas jornadas, y si el organismo lo tolera, es una actividad que se puede continuar mientras existan historias que narrar.
Una labor con la que se identificó en su faceta actoral encarnando al duende Puk en una puesta en escena de El sueño de una noche de verano, de Shakespeare, aunque previamente se desempeñó como bailarina...
Mi intención era ser psiquiatra, pero en aquel entonces mis padres se separaron y la carencia de estabilidad económica y emocional me impidió enfocarme en una carrera, de modo que comencé a trabajar a temprana edad. Al tener ascendencia canaria, solía ir a Canarias cada verano para visitar a mis abuelos, y allí se encontraba un ballet contemporáneo de Gelu Barbú. Como practicaba danza desde los cuatro años, me ofrecieron permanecer en la compañía mediante un salario. ¿Cobrar por bailar? Fue entonces cuando percibí que aquello podía ser una profesión en lugar de un pasatiempo. Algo que había realizado siempre se transformó en mi forma de vida y de subsistencia. Así que decidí estudiar psicología por correspondencia, debido a que no había facultad en Canarias. En ese periodo volví a Barcelona, realicé ballet contemporáneo y me integré en el ámbito del teatro, en el Grec de 1976... Mi trayectoria ha ido fluyendo sola sin haber sido buscada. Lo que sí he perseguido es la autonomía para escribir y dirigir los temas que siento que debo relatar. Por lo demás, he sido una persona muy trabajadora y constante que se ha formado, pero las circunstancias me han ido conduciendo. Yo nunca dije: “¡Quiero ser bailarina!”. Mi anhelo era la psiquiatría, no la psicología. Pero no fue factible. Empecé psicología y luego, como es lógico, lo fui abandonando.
Cada aspecto de mi vida profesional ha fluido sin ser buscado. Lo que sí he intentado con ahínco es lograr la autonomía para redactar y realizar las historias que siento la necesidad de contar.
Le atrapó el mundo artístico...
Te cautiva, te envuelve y percibes que asimilas la psicología sobre el terreno. Mediante el vínculo con los colegas, las piezas, las conversaciones y al encarnar distintos roles...
Mercè Rodoreda transformó su trayectoria a través de La plaça del Diamant (1982) y en la actualidad ha concluido una obra documental dedicada a ella. ¿De qué forma transcurrió su vínculo?
Representa uno de los sucesos más extraordinarios de mi existencia. A mis 24 años participé en La plaça del Diamant sin poseer apenas experiencia previa en la gran pantalla. Mi formación era de bailarina. Tras una audición con 70 intérpretes, alcancé el grupo de cinco finalistas y Rodoreda terminó seleccionándome. Creó un papel con tal fuerza que ofrecía todas las pautas para comprenderlo, permitiéndome iniciar una trayectoria cinematográfica de más de 60 largometrajes. Rodoreda destacaba por ser una persona singular, elegante, entusiasta y con una sensibilidad casi infantil, cuya pluma era tan excelsa que, según comentan las expertas del documental, era digna de un Nobel. Ella transformó mi destino y, cuatro décadas después de aquel rodaje, recibí la llamada de la Fundació Rodoreda para interpretar su biografía, lo que me llevó a abandonar cualquier otro compromiso para dedicarme plenamente a la obra. Fue como atender la petición de una compañera a quien le agradezco gran parte de mi éxito profesional. Siento un afecto inmenso por alguien que, en su faceta femenina, sufrió desprecios y falta de entendimiento. Aunque hoy se la valora, en su tiempo los sectores más conservadores la juzgaron por marcharse dejando a su hijo al cuidado materno —algo habitual en el exilio— y por mantener una relación sentimental siendo ambos casados. Se la señaló como la villana o la hechicera. Sin embargo, ella resistió con entereza y continuó con su labor literaria. Constituye un ejemplo impresionante para todas las mujeres.
¿Todavía hay mucha gente que le llama 'Colometa'?
No demasiada. Sin embargo, alguna persona ocasionalmente, ya que continúan proyectando el filme. Por lo general, percibo un vínculo sumamente especial con las personas y la audiencia. Se siente casi como una amistad debido a que he realizado diversos largometrajes y documentales, posteriormente en mi rol de directora, que lograron empatizar con los espectadores y además he dado vida a figuras icónicas como en Alas de mariposa o Secretos del corazón, lo cual es un hecho por el que me encuentro profundamente agradecida.

¿Ha convivido bien con la fama?
Efectivamente. Súbitamente a los 24 años alcancé gran fama, aunque se trataba de una forma distinta de popularidad. Ciertamente me seguían y había fotógrafos frente a mi hogar, me encontraba con mis pequeñas, y aquello no me resultaba agradable. No obstante, debido a mi carácter reservado y a que no proporciono contenido, finalmente han optado por dejarme en paz.
Tampoco tiene redes sociales...
Mis creencias me lo impiden. Si a los 24 años prefería ocultarme, no iba a unirme a Facebook al aparecer. Mi deseo es que mi ubicación permanezca desconocida. Desconozco el motivo por el cual las personas publican sus destinos vacacionales. Además, considero que Twitter e Instagram aportan más perjuicios que beneficios. Me considero alguien bien informado, consulto X ocasionalmente, pero rechazo los comentarios sin nombre y el exhibicionismo. Este camino no es el correcto y me desagrada el egocentrismo que generan. Lo hallo patológico. Representa una contaminación directa para el espíritu. Se trata de un instrumento que ha penetrado en nuestro interior sin que nos hayamos dado cuenta aún. Tengo tres hijas y es un debate que mantenemos frecuentemente. Funciona como una sustancia tóxica inyectada que avanza, gestionada por individuos que lucran con ella. Bajo mi punto de vista, constituye el adversario.
Siento que las redes sociales resultan algo patológico. Se trata de un medio que ha penetrado en nuestro espíritu y aún no nos damos cuenta.
¿Qué piensa sobre la cinematografía catalana actual y acerca de la reciente hornada de realizadoras que están cosechando éxitos?
Lo percibo de forma muy positiva. Al empezar a dirigir en 1999, apenas éramos unas seis cineastas, mientras que hoy en día el 40% de la dirección es femenina, aportando además una calidad notable. Es algo natural, pues al incrementarse el número de profesionales, los aciertos son mayores. Pienso que han tenido la gran fortuna de ser testigos de una realidad cinematográfica catalana magnífica y con una diversidad de talentos impresionante. Me llena de alegría haber experimentado esta transformación tan profunda en primera persona.
¿Qué le llevó a dejar la actuación para dedicarse a escribir y dirigir?
Me hallaba en una etapa de mi vida en la que tenía mucha actividad como actriz, con una posición muy firme y numerosos filmes, pero por algún motivo no me sentía del todo satisfecha. Algunos cineastas siempre me comentaban que debía dirigir, pues siempre estaba interfiriendo... Así que un individuo me preguntó si era feliz y a raíz de aquello empecé a cuestionarme cuáles eran mis verdaderos deseos, y fue entonces cuando comencé a escribir y realizar mi cortometraje inicial (Lalia, con el que ganó el Goya) y sentí que volvía a respirar con libertad. Renuncié a mi carrera de actriz.

¿No piensa actuar nunca más? ¿No lo ha vuelto a echar de menos?
Es un hecho. Cada medio año surge alguien que trata de conseguirlo. Mi última intervención teatral como intérprete fue la apertura del Teatre Nacional de Catalunya junto a Àngels a Amèrica, hace prácticamente 30 años. Y en el ámbito cinematográfico, elijo realizar mis propios filmes en lugar de los de otros (risas).
Cada medio año alguna persona procura que yo regrese a la interpretación.
Sus creaciones como realizadora muestran una profunda sensibilidad social y humana en un entorno tan agitado como el que habitamos...
Valoro mucho cuando una obra que trata temas como mi película más reciente, Las buenas compañías, (un drama social inspirado en acontecimientos verídicos sobre la movilización feminista en el País Vasco durante la transición) logra vincularse con la audiencia al haber narrado con destreza algo que deseaban conocer. Nuestra profesión consiste en difundir perspectivas que, a menudo, logren divertir, protestar o motivar a la reflexión.