Cultura
Miquel Molina Muntané

Miquel Molina

Director adjunto

Barcelona bajo la era de Trump: la etapa en la que la metrópoli toma postura.

Blues Urbano

La urbe no posee por naturaleza una tendencia de izquierdas ni de derechas. Si se pudiese medir, su pensamiento político se hallaría en una media variable de los individuos que residen en ella, que sufragan, que la recorren, que conversan o que redactan sobre su esencia en un tiempo específico. La metrópoli de las doce del día no coincide con la de la madrugada. Tampoco la que soporta un aguacero constante es igual a la que padece el rigor de la aridez. Todavía no se ha inventado el ordenador cuántico que logre otorgar a cada población su sitio preciso en el panorama ideológico.

Nosotros mismos, los habitantes, representamos una ideología cambiante según el estado de ánimo con el que encaramos cada momento de la jornada. Únicamente el relato ficticio es capaz de intentar precisar el alma de una urbe. Una de las obras actuales, La ciudad de las luces muertas (Destino), de David Uclés, se permite ese atrevimiento y solapa en apenas un día todas las barcelonas viables. No obstante, fuera del artificio narrativo, la metrópoli, por cuenta propia, carece de opinión y decisión.

No obstante, el legado político, financiero, social, cultural y representativo provoca que, bajo nuestra mirada, los núcleos urbanos se orienten más hacia una dirección que hacia otra. Especialmente en contextos de fuerte fricción geopolítica, tal como sucede ahora. En esta coyuntura, las dos metrópolis principales de España se inclinan actualmente hacia rumbos contrarios. Al tiempo que el Madrid institucional, guiado por mandatarios progresivamente más derechistas, se vincula abiertamente con los movimientos conservadores mundiales, Barcelona destaca como espacio para la oposición del decreciente avance progresista internacional.

La citada World Progressive Mobilisation

Al tiempo que otras urbes se inclinan hacia la derecha, Barcelona organiza una reunión progresista.

Se trata de una dualidad que continúa intensificándose, por lo menos en lo que respecta a la representación. El contraste más reciente y significativo surge al cotejar los planes políticos próximos de ambas urbes. Este martes, la mandataria de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, intervendrá mediante conexión remota en una cita programada en la mansión de Donald Trump en Florida, Mar-a-Lago, en compañía de personalidades del espectro conservador y ultraconservador como el mandatario de Argentina, Javier Milei, y la referente de la oposición venezolana y Premio Nobel sin galardón –lo cedió– María Corina Machado. 

Asimismo, el alcalde de Barcelona, Jaume Collboni, ultima los preparativos para albergar el 17 de abril un encuentro progresista global auspiciado por Pedro Sánchez y el mandatario de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva.

Una protesta contra Trump convocada en Barcelona por Democrats Abroad
Una protesta contra Trump convocada en Barcelona por Democrats AbroadMané Espinosa

Estos sucesos no ocurren de forma espontánea. Barcelona ha dedicado un tiempo considerable a difundir en encuentros globales sus estrategias de vanguardia en materia de hogar y ecología, mientras que Madrid se posiciona como el escaparate de planteamientos de índole más liberal y clásica. A pesar de la evidencia de que existen numerosos habitantes de Barcelona con valores conservadores y residentes de Madrid con ideas de progreso que desearían que su urbe tomara la dirección contraria, la realidad es que la imagen política de las dos ciudades se distancia. 

Desde una perspectiva menos figurada, la demora sistémica del AVE –ha concluido el tránsito casi urbano en menos de tres horas– nos sitúa de nuevo en la etapa en que no se iba a Madrid o a Barcelona, como sucedía hasta hace escaso tiempo, sino que se viajaba hasta allí. La separación se acrecienta, en múltiples sentidos.

Las expectativas

El encuentro cobrará importancia siempre que en él se incluya a una extensa variedad de demócratas.

Respecto a la capital catalana, la Global Progressive Mobilisation de los días 17 y 18 de abril supone una ocasión para el prestigio internacional de la urbe, pero, con el fin de obtener la mayor utilidad, debe plantearse mediante una concepción muy extensa del vocablo progresismo . Esto es, en una era de retroceso político y de ascenso descarado del autoritarismo, el sector vinculado al progreso no debería limitarse a las agrupaciones clásicas de la izquierda. 

No resultaría acertado realizar una interpretación limitada de la idea, sino que se debería buscar la manera de acoger en la cumbre de Barcelona a cada demócrata que, por encima de las formaciones, continúe confiando en la división de poderes, el relevo institucional, la libertad de información o las garantías esenciales del ciudadano. La dimensión del riesgo legitima los sacrificios programáticos en favor de la cohesión.

Una cualidad particular de Barcelona reside en su carácter de punto neutral, una virtud que se ha manifestado otra vez esta semana cuando, en el salón audiovisual ISE, las firmas estadounidenses han coincidido en el espacio con las chinas, si bien sus responsables no hayan entablado conversación. En escaso tiempo se repetirá el escenario en el Mobile World Congress, con enviados de ambas potencias que, aunque no se mezclen, compartirán ubicación. Son contados los encuentros internacionales donde se manifieste este positivo contexto.

En realidad, el predominio de Barcelona en el sector ferial, el triunfo de encuentros como la Smart City Expo o la posición de vanguardia en la iniciativa europea para enfrentar el problema habitacional han facilitado que el Ayuntamiento desarrolle un denso tejido de relaciones con regidores de diversos rincones del planeta, vínculos que se emplearán con el fin de extender el alcance de la cumbre. 

Dentro de un marco de polarización y frentes políticos, la imparcialidad que todavía ofrece Barcelona –sin saber por cuánto tiempo más– supone un activo de avance que debe reforzarse. En relación a las metas, el Ayuntamiento considera que el momento servirá para priorizar las estrategias que pretenden facilitar el coste de vida en los entornos urbanos y mitigar de este modo las proclamas de odio.

Resultaría conveniente emplear el encuentro barcelonés para fomentar el soberanismo digital.

Aún se ignoran detalles del encuentro tales como la ubicación, los participantes y, lógicamente, el nivel de compromiso del documento de clausura. Los promotores desearían, por citar un caso, involucrar en el evento a personalidades del Partido Demócrata de EE.UU., quienes tras un tiempo de ausencia mantienen actualmente una dura pugna frente al autoritarismo de Trump. No obstante, los demócratas no acostumbran a participar con frecuencia fuera de sus fronteras.

Para concluir, resultaría penoso que Barcelona malgastara la posibilidad de erigirse como un centro de vanguardia de la soberanía digital europea. Habiendo quedado de lado esa excelente iniciativa de años atrás para albergar en la metrópoli una especie de Davos digital –debido a la ausencia de compromiso político–, la urbe todavía posee fundamentos para distinguirse en su confrontación con la tecnooligarquía americana. 

No consiste únicamente en destacar el ecosistema científico y tecnológico barcelonés, sino en utilizar también la capacidad de difusión que la marca Barcelona consigue aportar a este tecnoactivismo europeo. Particularmente, en una cita que atraerá el interés de gran parte del mundo.

Miquel Molina Muntané

Miquel Molina Muntané

Director adjunto

Ver más artículos

Subdirector de Guyana Guardian. Publica semanalmente una columna de opinión acerca de la cultura y el entorno urbano. Autor de novelas. Su obra más reciente: 'Siete días en la Riviera'

Etiquetas