Cultura

La escritora “engañada” que firmó el mejor libro sobre el adulterio

NOVELA

Elizabeth Jenkins fue una de las grandes narradoras británicas del siglo pasado; esta historia de la desintegración de un matrimonio resulta devastadora

Elizabeth Jenkins 

Elizabeth Jenkins 

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Las tortugas pueden ganar a las liebres porque su constancia supera la ligereza de aquellas, demasiado conscientes de su velocidad como para tomarse en serio a su contrincante. Elizabeth Jenkins, distinguida y dotada autora británica, acabó siendo la liebre pese a todos sus atractivos y el hombre con el que mantenía una relación se casó con otra mujer, menos formada, menos guapa, más mayor. “¿Estás segura de saber de qué se enamoran los hombres?”, le espeta Paul Gresham a su esposa en La tortuga y la liebre, y, por supuesto, ella no lo sabe.

La tortuga y la liebre, publicada ahora por Alba, es la novela más conocida de Elizabeth Jenkins (1905-2010) y fue un gran éxito a mediados del siglo pasado, en un momento en que las llamadas “escritoras de clase media” británicas gozaron del favor de la crítica y del público hasta que dejaron de hacerlo y algunas de ellas pasaron al semiolvido, como la propia Jenkins y en menor medida Anita Brookner, de la que hablamos recientemente en estas páginas. 

Jenkins disfrutó de una sólida formación en inglés y en historia en Cambridge y vivió durante medio siglo en una casa estilo Regencia en el barrio londinense de Hampstead; entre la solidez de sus muebles de excelente calidad escribía sus novelas y biografías, entre ellas las de lady Caroline Lamb, Isabel I de Inglaterra y Jane Austen, de nuevo con gran acogida de crítica y público. 

También escribió allí La tortuga y la liebre, inserta en las “ficciones de adulterio”, una temática muy popular entonces y de la que, para esta escribidora, constituye una de las mejores aproximaciones que ha leído, por su perspicacia, introspección y una cierta mala intención al reflejar su propia historia, al punto de que tuvo que cambiar algunos detalles para evitar cuestiones legales; sí, la solidez casi victoriana de la autora necesitaba tanta cera como la cómoda y el aparador.

Imogen, la esposa joven y bella como un ‘trofeo’, se enfrenta a Blanche, mayor, regordeta y desaliñada, pero formidable en su constancia

El matrimonio protagonista lo forman Evelyn Gresham, un abogado de mediana edad y mucho éxito, exigente y dominante, e Imogen, quince años menor que su marido, una esposa trofeo con su cabello rubio y sus maneras delicadas, pero que a sus 37 años “ya no era un ídolo, ya no tenía una edad para esperar que le hicieran concesiones, y ahora le tocaba entregarse a la tarea de crear un ambiente doméstico tan apacible para Evelyn que nunca llamara su atención de manera desfavorable”. 

Una dedicación absoluta que lleva a Imogen a un estado de continua ansiedad que va minando su autoestima y la instala en “un presentimiento de temor innombrable”. Evelyn claramente subestima su competencia para resolver las cuestiones prácticas del día a día, subestima su disposición para la relación física, subestima su capacidad para relacionarse con Gavin: su hijo de once años, reflejo y producto del padre, también menosprecia a la madre, “nunca hace nada, sólo sufre”.

Cerca de su magnífica residencia en el campo se instala Blanche Silcox, una mujer “ de lo más anodino”, entrada en la solteronía, regordeta y desaliñada, con sus trajes de tweed y sombreros como una cúpula que, a ojos de Imogen, la hacen digna de compasión. En ningún momento se da cuenta de que esta mujer es ese “temor innombrable” hasta que ya es tarde. 

Blanche está pasada de moda, pero es rica, activa y autoritaria, como dicen los amigos de Imogen, a ella no le ha parecido mal convertirse en la amante de un hombre casado, pero jamás permitiría que eso sucediera en su matrimonio. Anodina, pero también manipuladora y fuerte como Imogen es sumisa  e indecisa y, como la tortuga, dispuesta a entablar una carrera de fondo que la esposa ignora que existe. 

Poco a poco, a base de pequeños favores a Evelyn, llevarlo a Londres en coche (Imogen nunca se ha preocupado por aprender a conducir), o la amistad con el hijo, se convierte en una omnipresencia que ya no hay que justificar. Imogen se va desintegrando a medida que avanza la narración, cruel pero honesta a la hora de mostrar de la incapacidad de la esposa para actuar y su sufrimiento pasivo, desesperado, una inacción que al mismo tiempo enfurece y conmueve al lector.

Elizabeth Jenkins vivió hasta la venerable edad de 104 años, para ser la liebre, resultó de lo más resistente.

Elizabeth Jenkins La tortuga y la liebre Trad. Catalina Martínez Muñoz Alba 352 páginas 22,50 euros

Isabel Gómez Melenchón

Isabel Gómez Melenchón

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