El KBr dedica una gran muestra a Walker Evans, el fotógrafo que creó los años 30
Arte
El centro expositivo de la Fundación Mapfre en Barcelona recupera la muestra de Pérez Siquier que tuvo que cerrar en 2020 por el covid

'Salón de estar en Virginia Occidental' (1935), de Walker Evans

Dos fotógrafos que no escondieron sino que miraron de frente a la cultura popular, al mundo real, protagonizan las dos nuevas muestras del KBr, el centro de exposiciones de la Fundación Mapfre en Barcelona. Dos muestra especiales. Una, la de Walker Evans, uno de los fotógrafos más influyentes del siglo XX y cuyas imágenes de la Gran Depresión aún simbolizan los años treinta, porque una muestra suya fue en 2009 la primera con la que la Fundación Mapfre comenzó en sus salas de Madrid su foco en la fotografía. La segunda, la de Carlos Pérez Siquier, con su bellísima mirada a los barrios suburbiales de la Almería de los 50 y al turismo que tomaría luego las playas en las que él creció, porque las fotografías que ahora cuelgan de las galerías del KBr en la Vila Olímpica colgaron ya en la antigua sede de la fundación en la calle Diputació de Barcelona en una muestra que se inauguró... En febrero de 2020 y a las tres semanas tuvo que ser clausurada por el covid. Ahora regresan como reparación, aunque ya sin Pérez Siquier, que falleció al año siguiente.

La de Walker Evans (San Luis, Misuri, 1903-New Haven 1975), con más de doscientas obras, es la indudable protagonista. Comisariada por David Campany, Walker Evans. Now and then recorre al completo la polifacética obra del estadounidense, que va mucho más allá de sus míticas imágenes de la Gran Depresión en las que retrató con dignidad a familias muy pobres que arrendaban campos en el sur de Estados Unidos.

Una obra en la que Evans pronto encuentra su camino: inicialmente quiere ser escritor y estudia en París, en la Sorbona, admirador de Flaubert y Baudelaire, y es a su regreso a Nueva York a finales de los años veinte cuando comienza a contemplar la fotografía como medio de contar historias. Y si al principio inmortaliza los fascinantes edificios neoyorquinos en angulosas imágenes, pronto tiene claro que lo suyo no son los edificios sino la vida diaria de la gente. No solo eso: también entendería que en medio del frenético progreso de la época quería encontrar y capturar lo que permanece en el tiempo, muchas veces a punto de ser derribado, como las casas victorianas de Boston que inmortaliza en 1931 y que fueron expuestas en el recién inaugurado MoMA. En un mundo obsesionado por lo nuevo, aprecia lo que permanece.

Campany remarca que no solo le interesará más la vida de la gente que los edificios, sino que preferirá las ciudades secundarias y pequeñas a las principales porque “dan más la medida de lo que sucede en EE.UU.”. En las salas desfila su fotografía industrial y arquitectónica, fascinantes, sus fotografías de los viajeros en el metro, sus instantáneas de carteles de anuncio y sus símbolos, como esa mano pintada en un escaparate con un gran interrogante sobre las líneas de la palma, que bajo las palabras “reader” (lector) y “advisor” (consejero), anuncia a una pitonisa en la Tercera Avenida de Nueva York en 1962. Carteles no exentos de crítica, como cuando fotografía la imagen de un estudio de fotografía en Savannah, Georgia, en el que bajo las letras “Studio” se ve a casi doscientos fotografiados sonrientes y ordenados... Todos blancos.

Fotografía la cultura del automóvil o la Cuba de 1933 con el corrupto dictador Gerardo Machado en la que EE.UU. Interviene en su política y sus cuentas constantemente. Y fotografía a mucha gente anónima... Incluidas las tres familias de arrendatarios agrícolas con las que junto a James Agee convive durante el verano de 1936 y de donde saldrá un libro mítico, Elogiemos ahora a hombres famosos, que será la cara de la Gran Depresión de los años 30.

Único fotógrafo de plantilla de la revista Fortune, en la que paradójicamente tuvo libertad y autonomía y encontró la manera de hacer su trabajo, fue más allá de las instantáneas y controló todo el proceso fotográfico, llegando incluso a los textos. “Nunca tuvo un estilo fijo”, dice Campany. “Hizo fotografía documental, pero con cualquier tipo de cámara, formato, incluso usó Polaroid por esa relación instantánea con la vida diaria. Puede ser muy sofisticado en su técnica, pero no quiere que se interponga en su camino ni que impresione a la gente. No piensa en el arte de la fotografía como algo separado de la cultura popular, con la que quiere conectar”, señala. Y remarca que es el fotógrafo de la época que mejor conecta con la actualidad, “el más relevante hoy”, y que atrae a las jóvenes generaciones.

En cuanto a Pérez Siquier, el KBr recupera 110 fotografías emblemáticas de un creador que abrazó el color en unas décadas en las que no correspondía a la fotografía artística, sino a la publicitaria, lo que llevaría a que otros creadores como Martin Parr quedaran asombrados por su trabajo pionero. Pérez Siquier, que trabajó en el Banco Santander hasta su jubilación -que pidió a los 50 años para poderse dedicar de lleno a la fotografía- comenzó, señala la comisaria Eva Vives, desde un lugar excéntrico a los grandes centros culturales como era Almería, en el que para conectar con el mundo mantuvo correspondencia con gente de muchos países gracias a anuncios en las revistas de la época. Ahí conoció los reportajes de la revista Life o el libro The family of man, clave para la fotografía humanista, o a Cartier-Bresson.

Autodidacta, se hizo miembro de la Agrupación Fotográfica Almeriense en 1951 y en 1956 fundaría la referencial revista AFAL. Sería en ese momento cuando comenzaría a fotografiar en blanco y negro La Chanca, un barrio suburbial de la ciudad de Almería, tomando unas imágenes de belleza sobrecogedora tanto con las formas y volúmenes de las casas encaladas de blanco y como de la alegría de la humilde población.

Pero en los años sesenta ya pasaría al color al inmortalizar las chozas entre las rocas de La Chanca, la geología del terreno, los desconchones de los muros, la ropa tendida al sol, lo que le llevará más tarde a una época en la que abandonará la figura humana para jugar con los colores de los muros destartalados en fotografías abstractas. En los años setenta, en pleno boom del turismo de masas, comenzará a retratar el verano popular en las costas almerienses que una vez fueron su lugar de escape y de calma. Color en toallas y bañadores de los que escapan carnes generosas... Y también a veces sin bañador, tomadas desde tan cerca que algún fotografiado, han recordado las hijas del creador, le tiraba arena como protesta.

En los ochenta abordará con humor y ambigüedad los coloristas símbolos de la sociedad de consumo y en el cambio de milenio se dirigirá hacia la introspección y la poética de su entorno.
