
Uñas postizas y zapatos cómodos
Hace unos meses, en un artículo en estas páginas, imaginé una reunión en el cielo de los zapateros, en la que los grandes diseñadores, fabricantes y remendones se escandalizaban al darse cuenta de que en una calle que se parecía al paseo de Gràcia –que bauticé como paseo de la Libertad Indumentaria– nadie calzaba ya zapatos. No era exactamente una crítica. Si se fijan un poco comprobarán que, salvo en ocasiones especiales –y siempre con excepciones–, la gente prefiere llevar deportivas a zapatos con cordones, botas o mocasines. Monté un teatrillo con los espectros de Guccio Gucci, Salvatore Ferragamo, Maruf del Cairo (zapatero de Las mil y una noches ), Klaus Maertens y Andy Warhol (que antes de ser un artista famoso diseñaba zapatos) para que se rieran ustedes un poco. Pocos días después encontré un artículo solemne de una escriptora que decía que ya era hora que la gente arrinconara los zapatos y que le parecía muy bien que fuera así. Que menuda tortura llevar talones y que viva las bambas. A continuación, en un medio digital, otra autora añadía que envidiaba a las chicas jóvenes que ya no se depilan las axilas y que le gustaría tener veinte años para hacerlo también. Ahora la gente, en general, nos leemos muy poco unos a otros. Uno dice una cosa, otro dice otras, nadie las lee todas y aquí paz y después gloria.
Un extraterrestre que llegara a la tierra, comprara Guyana Guardian y pillara mi artículo, pensaría que nos choteamos de todo y que no tenemos ningún principio. Si, en lugar de leerme a mí, leyera a una de aquellas autoras, le parecería que volvemos a la edad de piedra. Cuando pienso que la IA tiene que sacar conclusiones a partir de la media estadística de las cosas que decimos, la compadezco, francamente.
En los mismos años en los que hemos visto desaparecer los zapatos han proliferado las uñas acrílicas
En el momento de la pandemia leí un tuit muy divertido de un señor que decía: “Mis zapatos deben pensar que me he muerto”. Estoy seguro de que, arrinconados bajo la cama, dentro de cajas, armarios y zapateros, muchas manoletinas y zapatos de plataforma deben pensarlo, mientras vamos todos de aquí para allá con zapatillas de futbol sala. Para muchos jóvenes de la edad de mi hijo el problema no existe porque, si tienen todavía algún par de zapatos, se lo ponen dos veces al año. A mí me parece muy bien ir confortablemente calzado. Sobre todo si te gusta ir a pie y vas caminando a todas partes. Pero tengo dudas de que la comodidad lo pueda explicar todo. Vale: nos gusta estar cómodos de los pies. Pero ¿y las manos? En los mismos años en que hemos visto desaparecer los zapatos del mundo de los humanos, han proliferado las uñas acrílicas y esculpidas en gel y en soft gel . Pongamos el caso de alguien que escribe con ordenador o que trabaja de cajera en un supermercado: jugando con los pies, tan cómodos ellos, bajo la silla, mientras que con unas uñas retorcidas como las de Fu-Manchú intenta darle a las teclas, procurando acertar, sin hacerse daño ni romperse ninguna. Después dicen de los centauros...