El Liceu recibe (y seduce) a la producción fílmica catalana en la gala de los Gaudí.
XVIII Edición
El arribo de creadores, cooperadores y asistentes caracterizó los instantes anteriores al evento en la Rambla.

La emotividad protagonizó ayer la gala por los dieciocho años de los Gaudí en el Gran Teatre.

Una bruma de vaho cubría uno de los cristales de los vestuarios del primer piso del Liceu a escasos diez minutos de las ocho de la tarde. Se trataba de la huella de una plancha que finalizaba los arreglos del traje que la intérprete Zoe Bonafonte vestiría durante la ceremonia de los premios Gaudí. No obstante, desde la acera, nadie se percataba de aquel pormenor: cada par de ojos observaba a las personalidades que accedían con sigilo al teatro. “A él sí que no le piden acreditación”, señaló una señora que buscaba entrar al edificio al divisar a David Verdaguer, quien caminaba con la soltura de alguien que se siente en su propio hogar. Unas cuantas gotas de agua mojaban el suelo de las zonas de la vía en construcción, las cuales funcionaban esa velada como cobijo temporal para el personal técnico. En la Rambla se fundía el ruido de los zapatos de tacón con el de las sandalias de varios peatones. “Todos se ven tan ricos”, expresó en lengua inglesa una muchacha mientras degustaba un pastel de manzana. Tanto ella como su acompañante aguardaban para avistar a Mario Casas. “Miremos si ha subido alguna historia a su Instagram”. Al fondo se escuchaba el avance de Muy lejos , la película encabezada por Casas, que otra espectadora miraba a través de su teléfono celular.

La brisa gélida del exterior chocaba con el ambiente acogedor que envolvía el interior del Liceu. Diversas celebridades y asistentes compartían un aperitivo inicial al tiempo que, en la tarima, justo a las ocho, se llevaba a cabo. “Perdonad el retraso, comencemos”, se escuchó a través de la megafonía la indicación de un integrante del personal técnico. El recinto, majestuoso y sonoro, causaba asombro entre gran parte de los presentes, quienes no solían transitar por sus estancias.
El entusiasmo invadió la Rambla cuando las figuras centrales de la velada atravesaban los accesos del teatro.
El encadenamiento de peldaños infinitos del recinto confundía a los que corrían para hallar su butaca. El propio Verdaguer, quien instantes previos atravesaba el acceso con firmeza, se mostraba ahora vacilante. “¿Aquí es el photocall?”, consultó, un tanto desubicado dentro del área de medios. Los cordones carmesíes que señalaban los espacios prohibidos intimidaban a la mayoría, excepto a Carlos Cuevas, quien le facilitó el trayecto rumbo al patio de butacas tanto a él como a sus acompañantes.

Faltando un cuarto de hora para empezar, los asientos empezaban a completarse. Betsy Túrnez, quien poco antes se había dejado retratar en el recinto, caminaba por el corredor charlando con entusiasmo. Ubicado al centro del salón, luciendo una vestimenta roja que combinaba con su asiento, Enric Auquer, protagonista del anuncio de este año, revisaba pausadamente el folleto editado para el evento, el cual detallaba los estrenos recientes de la cinematografía catalana. En la hilera frontal, Llúcia Garcia Torras, estrella de Romería , lucía como una figura angelical de blanco al voltearse para atender a los que le enviaban buenos deseos.

Quedaba escasamente un minuto para el comienzo del evento y un par de butacas en la fila inicial seguían desocupadas. Por los corredores, los asistentes rezagados aligeraban su marcha al tiempo que el ruido ambiental se iba desvaneciendo. “Estos son los palcos… Aquí no es”, comentaba desde un nivel distinto la por aquel entonces únicamente candidata a mejor actriz Ángela Cervantes, quien transitaba el lugar con su pareja, tratando de ubicarse entre el personal de sala, reporteros gráficos y miembros del equipo técnico. Diversos individuos la paraban durante el trayecto para darle la enhorabuena por su labor en La furia , circunstancia que demoraba su entrada al recinto. Al final, un integrante del equipo organizador la acompañó hasta su sitio, alcanzándolo en el momento preciso.
Las notas finales de las conversaciones se desvanecieron entre el terciopelo carmesí y el brillo dorado del recinto. La iluminación descendió con pausa, el murmullo se transformó en calma y el Liceu, ya en absoluta expectación, cedió el foco de atención a la escena. Fuera, la Rambla persistía en su ajetreo habitual, ajena al evento. Dentro, arrancaba la gran gala del cine catalán.