-¡Help, help! -vocea Lindsey Vonn.
Y sus voces. Reclamando ayuda, resuenan entre los montes nevados de Bormio.
Mientras los asistentes, médicos, fisioterapeutas y enfermeros, la atienden en la pista, congelada la atmósfera en la tribuna, la oímos llorar.
El asunto abre debates entre los tertulianos.
¿Debería haber competido en semejantes condiciones?
¿Valía la pena el riesgo?
¿Dónde se encuentra la frontera entre la heroicidad y la temeridad?
Consternación en la tribuna tras el accidente de Vonn, este domingo
En las charlas de corrillos, solo hay unanimidad en un punto: aquí se acaba su carrera deportiva.
(...)
En los tiempos de Mikaela Shiffrin, todos los focos se centran en Lindsey Vonn, la leyenda del esquí alpino que quince años atrás lo había sido todo, con sus 84 victorias de la Copa del Mundo, y que aquí vuelve, empeñada en reinar en estos Juegos de Invierno, en reinar a pesar de sus servidumbres.
Sus servidumbres: Lindsey Vonn tiene 41 años.
Y arrastra un abanico de lesiones que han condicionado su carrera deportiva: se ha roto el codo, el tobillo y la rodilla. De hecho, reaparece en estos Juegos con una rodilla maltrecha, roto el ligamento cruzado anterior tras estrellarse en Crans Montana el 31 de enero.
Durante días, la lesión desconcierta a sus seguidores, pero ella se encarga de devolverles la ilusión.
Vonn es una marca en sí misma.
Fue pareja de Tiger Woods.
Se retrató jugando al tenis con Roger Federer.
Roza los tres millones de seguidores en Instagram. Ha sido portada en Time y Sports Illustrated. Calza esquís de Head. Es embajadora de las gafas Yniq. Cuelga posts luciendo zapatillas de Under Armour, gorros de Red Bull y relojes Rolex... En algún momento, la Federación Internacional de Esquí (FIS) se había planteado la posibilidad de incorporarla al circuito masculino (posibilidad que se acabó descartando).
En estos días, la estadounidense, mujer-anuncio y oro olímpico del descenso en Vancouver 2010 -el descenso en el esquí alpino es algo así como los 100m en el atletismo-, se ha dejado ver en el gimnasio y en las pistas de Bormio, moviendo hierros, practicando sentadillas y exhibiéndose en los entrenamientos, marcando el tercer registro en la sesión del sábado, y todas esas escenas han recreado el entusiasmo entre los mitómanos y entre la parroquia del esquí alpino.
En un descenso salpicado de saltos de 45m, a velocidades máximas de 130 km/h, su descenso termina a los once segundos, cuando se golpea con una puerta y se precipita pendiente abajo, virando sobre sí mismo, totalmente descontrolada la rodilla, un drama de cierre que interrumpe la prueba por quince minutos, el tiempo que tardan en evacuarla en helicóptero.
