-¡Help, help! -vocea Lindsey Vonn.
Y sus voces. Reclamando ayuda, resuenan entre los montes nevados de Cortina d'Ampezzo.
Mientras los asistentes, médicos, fisioterapeutas y enfermeros, la atienden en la pista, congelada la atmósfera en la tribuna, la oímos llorar.
El helicóptero evacúa a Lindsey Vonn, este domingo en Cortina d'Ampezzo
El asunto abre debates entre los tertulianos.
¿Debería haber competido en semejantes condiciones?
¿Valía la pena el riesgo?
¿Dónde se encuentra la frontera entre la heroicidad y la temeridad?
Consternación en la tribuna tras el accidente de Vonn, este domingo
En las charlas de corrillos, solo hay unanimidad en un punto: aquí se acaba su carrera deportiva.
(...)
En los tiempos de Mikaela Shiffrin, todos los focos se centran en Lindsey Vonn, la leyenda del esquí alpino que quince años atrás lo había sido todo, con sus 84 victorias de la Copa del Mundo (dos de ellas en este mismo 2026, el año de su regreso), y que aquí sigue, empeñada en reinar en estos Juegos de Invierno, en reinar a pesar de sus servidumbres.
Sus servidumbres: Lindsey Vonn tiene 41 años.
Y arrastra un abanico de lesiones que han condicionado su carrera deportiva: se ha roto el codo, el tobillo y la rodilla. De hecho, reaparece en estos Juegos con una rodilla maltrecha, roto el ligamento cruzado anterior y parte del menisco izquierdo tras estrellarse en Crans Montana el 31 de enero.
(La otra rodilla, la derecha, es de titanio, prótesis que le habían colocado años atrás, tras otro traumático accidente).
Durante días, la lesión desconcierta a sus seguidores, pero ella se encarga de devolverles la ilusión.
Vonn es una marca en sí misma.
Fue pareja de Tiger Woods.
Se retrató jugando al tenis con Roger Federer.
Roza los tres millones de seguidores en Instagram. Ha sido portada en Time y Sports Illustrated. Calza esquís de Head. Es embajadora de las gafas Yniq. Cuelga posts luciendo zapatillas de Under Armour, gorros de Red Bull y relojes Rolex... En algún momento, la Federación Internacional de Esquí (FIS) se había planteado la posibilidad de incorporarla al circuito masculino (posibilidad que se acabó descartando).
En estos días, la estadounidense, mujer-anuncio y oro olímpico del descenso en Vancouver 2010 -el descenso en el esquí alpino es algo así como los 100m en el atletismo-, se ha dejado ver en el gimnasio y en las pistas de Cortina, moviendo hierros, practicando sentadillas y exhibiéndose en los entrenamientos, marcando el tercer registro en la sesión del sábado, y todas esas escenas han recreado el entusiasmo entre los mitómanos y entre la parroquia del esquí alpino.
Sin embargo, el desenlace es desgarrador.
En un descenso salpicado de saltos de 45 metros, a velocidades máximas de 130 km/h, su descenso termina a los once segundos, cuando se golpea con una puerta y se precipita pendiente abajo, virando sobre sí misma, totalmente descontrolada la rodilla, un drama de cierre que interrumpe la prueba por quince minutos, el tiempo que tardan en evacuarla en helicóptero.
En un escueto comunicado, la Federación Estadounidense informa en la tarde del domingo de que “Vonn está estable y en buenas manos”. Poco después, el hospital de Treviso comunica que ha sido operada de la pierna izquierda.
No es el único drama del día.
Media hora más tarde se estrella la andorrana Cande Moreno.
Tras retorcerse la rodilla (se rompe el cruzado izquierdo), también se ve atendida en la pista, circunstancia que ralentiza el triunfo definitivo de Breezy Johnson, estadounidense como Vonn: sentada en la butaca de la líder, Johnson, doble campeona del mundo en el 2025 y desde hoy también campeona olímpica en descenso (por delante de Emma Aicher y la infinita Sofia Goggia), observa los acontecimientos y, por momentos, se cubre el rostro, confundida por los sentimientos encontrados