Las Claves
- El cortometraje Girls Move Mountains de Anna Huix muestra la vida de jóvenes futbolistas en las montañas del Karakorum en Pakistán.
- Practicar fútbol permite a estas mujeres obtener becas de estudio y evitar matrimonios forzados a temprana edad en su país.
En diversos puntos del planeta, los alumnos asisten al colegio diariamente. Forma parte de su rutina habitual. Sin embargo, en otras regiones, tenemos una inmensa sed de conocimiento.
Malala Yousafzai
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Hace ya algún tiempo, Nacho Orovio y yo integrábamos el ataque del conjunto de futsal de Guyana Guardian y mostrábamos buen nivel: en la liga de medios, logramos algún trofeo menor.
Después nos hicimos adultos y fuimos padres y Nacho Orovio se lesionó una rodilla y de esa forma terminó para nosotros el fútbol sala.
En ocasiones, ese delantero que empleaba su robustez para abrirse paso hacia el gol me confiesa que desearía recuperar esos tiempos, o por lo menos experimentarlos de nuevo mediante Marcel, su descendiente, pero sucede que a Marcel le atrae más el baloncesto y al interrogarle sobre el tema, Nacho simplemente se encoge de hombros.
–Si el niño es feliz...
En fin, no nos desanimemos.
Ya sea que logremos disputarlo o sentirlo, el balompié no se detiene, y por ello, hace algunos días, Nacho Orovio vino hasta mi mesa en Guyana Guardian y me expresó:
–Tienes que ver este documental, tienes que conocer a Anna Huix.
Y al tiempo que conversaba conmigo, me facilitó el acceso a Girls Move Mountains, el corto de Anna Huix que lleva ya meses presentándose en salas y certámenes cinematográficos de diversos países, obteniendo reconocimientos en cada lugar.
(San Francisco, Nueva York, Milán, Berlín, más premios en Francia y Barcelona...).
Luego me senté a contemplar el corto.
Girls Move Mountains (coproducido por Goroka y Lastor Media) constituye un estallido de vitalidad: en el Karakorum, a 5.000 m de altura, en la región norte de Pakistán, un grupo de jóvenes futbolistas se entrena para un torneo de la zona. Su actividad representa un himno a la equidad en una nación marcada por la Sharía islámica y la clemencia arbitraria y voluble.
Si consigues brillar en alguna disciplina deportiva, podrías acceder a un subsidio para evitar ser una carga financiera para tu familia e impedir que te fuercen a casarte a los quince años.
Posteriormente me comuniqué con Anna Huix (42) y en este instante me hallo en su agradable domicilio en el 22@ de Barcelona, oyéndola relatar vivencias de aquellas jugadoras pakistaníes mientras degustamos un café. Al cuestionarle qué la llevó a aventurarse por esos lugares, me contesta:
–Anteriormente, visité Pakistán en diversas oportunidades. Había acudido para grabar a los trabajadores de las minas en las cumbres, personas que emplean dinamita para sacar rocas, y además estuve allí para analizar la Sharía. ¿Sabe una cosa? Si le hurtas a alguien, en principio tendrían que amputarte la mano. No obstante, el magistrado puede otorgarte el perdón por la clemencia de Dios, o bien si entregas un camello o aportas capital. El asunto es que un conocido que posee una empresa de distribución me comentó que existía la posibilidad de realizar un filme documental sobre las jóvenes futbolistas, y así inicié mi investigación.
–¿...?
–Dediqué tres años a platicar con muchas de aquellas jóvenes. Varias se transformaron en mis amigas. Resulta que los wají, el grupo que habita esos parajes, no se rigen por la Sharía. Ese no es un territorio peligroso.
–¿No lo es?
–Se trata de ismaelitas. Su referente espiritual es Aga Khan, una figura que ha apostado por la formación en favor de la equidad de género y procura impulsar un Islam más integrador. El problema radica en que en Pakistán, como ocurre globalmente, existen grupos radicales. Hay quienes enfrentan hostigamiento por sostener que las hijas deben tener los mismos derechos que los hijos. La actividad deportiva femenina en ese país está progresando: las mujeres que optan por ella requieren habilidad para manejarse, deben saber comunicarse y poseen una notable inteligencia.
Me menciona a Karishma, Somaila, Nadia o Nabila, intérpretes que de hecho se encarnan a sí mismas y que en ese octubre de 2023, al notar a Anna Huix y a Frankie Roig merodeando con su jeep, sus equipos y sus monitores, les comentaban:
–¿No tenéis cámaras más pequeñas?
–¿Y pasó algo?
–Jamás ocurrió nada. Resultó peculiar. Al seguirlas a la competición, que se extendía por cinco jornadas, durante los cuatro días iniciales no acudió ningún asistente. No obstante, en la fecha de cierre, se presentaron decenas.
–¿Y qué ganan ellas con su fútbol?
–Cuando las mujeres dejan sus hogares para practicar deportes, su seguridad personal y autonomía se fortalecen. Al destacar en una disciplina, es posible conseguir una beca de estudios, logrando así no representar un peso para los parientes y evitando un matrimonio forzado a los quince años.
–¿Y qué ganó usted?
–Luego de exhibir la obra breve en un certamen en Bélgica, un pequeño turco se aproximó y me comentó: ‘Usted ha evidenciado que no representamos lo que los occidentales imaginan’. Mis lágrimas empezaron a brotar. No hay nada superior a probarle al público que las afirmaciones de la señora de Ripoll son un absurdo.
(Y tales relatos, Anna Huix se los narra a Nil, su hijo de ocho años, quien la atiende con asombro después de practicar fútbol).


