Feliz año, y hasta aquí

por la escuadra

Feliz año, y hasta aquí
Redactor de deportes

Las Claves

  • Sergio Heredia cumplió su tradición de correr el primero de enero en la sierra pese a las temperaturas bajo cero.
  • El autor superó sus dudas iniciales y se

Mi intención era inaugurar el 1 de enero del 2026 tal como he cumplido cada primer día de enero en los periodos previos. A estos actos de apertura suelo denominarlos mi san Silvestre.

Desperté en la sierra. La temperatura indicaba cinco grados centígrados bajo cero. Miré por el ventanal. El paisaje lejano lucía sombrío e inquietante.

Al llegar la tercera ocasión, el arrepentimiento me sobrecogió: desistir de mi ‘San Silvestre’ resulta equiparable a omitir las doce uvas.

Me lo pensé una vez.

Me lo pensé dos veces.

Al tercer intento me asaltó la culpa: el desistimiento cobarde a mi San Silvestre equivale a omitir las doce uvas, o esa es mi percepción. Si cometes un error, el año se arruinará.

Imaginé mi porvenir cercano, los instantes siguientes. Me proyecté exhalando el vapor blanquecino, con la nariz goteando por las pendientes, esquivando pozas, moviendo los brazos con las extremidades entumecidas por el hielo.

Sintiéndome muy vivo.

Me debatí entre el sí y el no una y otra vez. Triunfó el sí y dejé el lecho. Hice crujir mi espalda. Rebusqué en el ropero. Malla doble. Guante doble. Tres prendas y el impermeable. El cuello térmico. El absurdo gorro de running que resguarda mi calvicie.

Eché el cierre con cautela y guardé bien las llaves (ni creas que te confesaré el lugar). Salí a la calle. Aguardé a que el GPS se sincronizara con el satélite, avancé unos veinte metros y entonces di el primer paso firme mientras el 1 de enero permanecía en calma.

Comencé la bajada hacia el valle y la ráfaga gélida me azotaba la cara. Consideré desistir y me taché de perezoso por razonar así. Al completar mil metros de carrera surgieron todas las señales. El malestar en las manos. El impulso del paso, ese momento que me suspende. El aliento rítmico. El agrado de ejecutar una tarea tan vana como beneficiosa.

¿A qué viene esto? ¿Y por qué no?

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Mis costumbres resultan ridículas aunque me pertenecen, al igual que los matasuegras y el atuendo de la Pedroche. Tras superar el segundo kilómetro, el resto desapareció por completo, dejando solo mi ser y la próxima zancada. La brisa mueve una rama mientras siento el contacto del pie con el suelo y la corriente fluye por un arroyo. Cualquier cosa se vuelve insignificante en ese rincón único y personal donde la civilización se disuelve. La realidad tiene que aguardar.

Me adentré en la espesura y en mi propio ser por espacio de una hora, y al recobrar la lucidez, en el preciso instante de parar el reloj, percibí el malestar en la sien y en las manos. En ese momento las vacilaciones y las discusiones se habían disipado, dejando solo el placer de haberme concedido una nueva San Silvestre, una marca más en mi inventario de costumbres tan superfluas como esenciales.

Ascendí los peldaños hacia mi hogar y no conseguí abrir la puerta. Mi mano me fallaba, estaba entumecida. Tuve que pulsar el timbre y levantar a los míos. Cuando me abrieron, les manifesté feliz año. Continué con ello por unos días más. Se debe felicitar el año nuevo hasta el 10 de enero. Después pierde validez, y esta es otra de mis costumbres tan inservibles como necesarias.

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