Era el 19 de junio del 2024, en plena Eurocopa de Alemania. La escena aconteció en la zona de Niederkassel, al otro lado del Rin en la ciudad de Dusseldorf. Por un barrio que sirvió de guarida a Raúl González en sus años en el Schalke 04 –eran populares sus ágapes en el restaurante Saittavini–, paseaban Xabi Alonso y su mujer. Discreto y con gorra, disfrutaba de las vacaciones firmando autógrafos, tranquilo, antes de volver a San Sebastián quien era el hombre del momento en el fútbol europeo tras ganar con el Bayer Leverkusen la Bundesliga y perder un solo partido en toda la temporada, la final de la Europa League. Que acabaría siendo entrenador del Real Madrid ya no aparecía ni en las apuestas. Solo quedaba ver cuándo.
La paz de ese paseo plácido duró justamente un año.
Ese mismo día del 2025, el tolosarra leía las crónicas de su debut en el Mundial de Clubs con un 1-1 ante el Al Hilal. Y ahí empezó a gripar un motor que le deja cogido por los hilos de Florentino Pérez, a expensas de empezar el 2026 con una victoria ante el Betis (16.15 h) y de alzar la Supercopa en una semana en Yida (Arabia Saudí).
La paradoja con Mbappé
El francés es la estrella en el sistema de Xabi Alonso, pero no uno de los líderes
Xabi Alonso siempre fue un alumno aventajado. Quienes lo conocen destacan su gusto por el buen juego, su meticulosidad y carácter. Tras exhibir su método en Leverkusen, donde halló el apoyo de la directiva, la dirección deportiva y la plantilla, quiso aplicar su librillo en Valdebebas. Pero se topó con una realidad bien distinta.
El técnico pobló los entrenamientos de drones, se apoyó en sus ayudantes más académicos y aplicó una manera de hacer más moderna, diferente a lo que se venía haciendo con Carlo Ancelotti y Antonio Pintus. Pero las jerarquías del vestuario iban por otro lado. No logró erradicar vicios ni apoyarse en nuevos líderes, demasiado jóvenes los Huijsen o Güler. A las primeras de cambio, Vinícius fue el primero en protestar por sus suplencias; Fede Valverde advirtió públicamente que no quería ser lateral derecho, y Jude Bellingham también frunció el ceño. Se instaló el descontento en el palco. Se apuntó al banquillo, no a una plantilla descompensada.
Es paradójico, señalan las mismas fuentes, que Alonso haya potenciado a Mbappé (hoy baja), y el francés solo le corresponda con goles, pero no con un liderazgo sólido en el vestuario. Por eso, Xabi Alonso es ahora más Ancelotti, “no mea con la suya” (o no puede), como diría Guardiola.
Un paralelismo, explicado por los conocedores de ambos vestuarios, nos traslada al Barcelona del 2014, el primer año de Luis Enrique, cuando el técnico sufrió similares males. Un vestuario viciado, un entrenador sospechoso (el anterior había sido el Tata Martino), un cuerpo técnico con otro lenguaje (en aquel momento Rober Moreno y Rafa Pol, ahora en el Madrid, Sebastián Parrilla o Ismael Comenforte)... Y un punto de inflexión. El 4 de enero, esa derrota que hizo saltar por los aires todo para organizarse como la naturaleza y acabar en una Champions.
Hoy es 4 de enero y, aunque el Madrid tenga siete vidas, queda lejano ese mismo final, al menos eso intuyen desde Chamartín. En una semana, Xabi Alonso puede capear por un instante el temporal de un Madrid al que quizás llegó demasiado pronto o al que le dejaron meter poca mano.


