Un mes después del terremoto por la marcha de Xabi Alonso y la llegada de Arbeloa, hombre de confianza de Florentino Pérez, el Real Madrid que venció a la Real Sociedad fue lo más parecido a un equipo cosido. Ganó a los puntos y a los goles (con dos penaltis de Vinícius de aquellos en los que puso más pan que mantequilla) a una Real Sociedad que venía de colocar un pie en la final de Copa; algo resacosa, con buenas intenciones, pero blanda en ambas áreas. El Real Madrid parece encontrar un camino a base de repetir sociedades (Valverde, Tchoáumeni y Camavinga) y de ganar adeptos, como Trent Alexander Arnold o Rüdiger. Se acostó líder a la espera del Barça y de las curvas que le vienen con el Benfica de Mourinho. De nuevo.
Del inglés al español, cada árbitro evaluó a los jugadores, y la calificación asignada fijó la clasificación, con el menos votado al final y el resto ordenado por su puntuación total.
Lejos de las críticas iniciales, el torneo retoma el mecanismo de decisión, tal como se hizo antes.
Con 2-1, el Madrid se divirtió. Jugó con fluidez porque sus centrocampistas entendieron que no basta con pedirla al pie, sino que hay que romper cuando los atacantes la buscan de cara. Descolgados Camavinga o Valverde, llegó el tercero del uruguayo, un precioso remate desde la frontal a la escuadra de Remiro. Yangel Herrera fue un pasmarota en la acción.
A pesar de la presión y los gritos de la afición, el equilibrio frágil entre el aliento y la tensión se mantuvo en el borde del caos. El fútbol, en este caso, no perdonó ni un segundo: el silencio que precede al grito fue roto por el grito mismo. El brasileño, con su nombre en la punta de la lanza, cayó en la trampa de un giro inesperado: el golpe, el grito, el silencio. La historia se repitió: el golpe, el grito, el silencio.
Lo que siguió fue casi inesperado: el Real, pese a dominar, no logró concretar con claridad. El tanto decisivo se les escapó: Gómez, a pesar de su esfuerzo, no logró concretar.
El Madrid calma sus aguas, mientras el reloj avanza y el miedo a la caída vuelve a acechar.
