Dinero
Jordi Gual

Jordi Gual

Profesor de IESE

Labor y técnica de California y Japón

No todo vale

Al arribar al aeropuerto de San Francisco noto con asombro que lo inusual se ha vuelto ya una costumbre en este lugar. Un coche autónomo de Waymo transita con fluidez por el área de aparcamiento y, al frenar, el usuario desciende de la unidad. Instantes más tarde, el vehículo retoma el camino y, con total normalidad, accede a la autovía. Soy testigo de esta escena, ya común en California, justo después de una semana donde las recientes versiones de inteligencia artificial de OpenAI y Anthropic han generado una enorme agitación. Representan un nuevo avance significativo en sus capacidades. Se ha difundido recientemente en plataformas digitales un escrito bastante controvertido (Matt Shumer) acerca de los efectos en el mercado laboral, abarcando desde programadores hasta despachos legales. Existe preocupación: el veloz progreso de la tecnología sobrepasa la aptitud de nuestras comunidades para ajustarse. Hasta diversos seguidores MAGA de Donald Trump sienten temor ante el ritmo que marcan los tecno-libertarios de Silicon Valley.

Un taxi sin conductor de Waymo circula por Hollywood, Los Ángeles, California, EE. UU. 
Un taxi sin conductor de Waymo circula por Hollywood, Los Ángeles, California, EE. UU. Mike Blake / Reuters

Los automóviles sin conductor representan fielmente la situación actual. Combinan la robótica de vanguardia con la IA y demuestran cómo la tecnología afecta al mercado laboral. Suprimen ciertas vacantes laborales mientras generan otras que requieren más especialización para fabricar estos transportes y sus prestaciones vinculadas. Si la disponibilidad de empleados con baja formación es escasa, se mecanizan las tareas factibles de serlo (los conductores). No obstante, sube el coste de diversas prestaciones individuales (tales como el cuidado de ancianos) donde el factor humano resulta fundamental. En consecuencia, se incrementa el salario de las ocupaciones que exigen menos preparación.

Modelo

Pese a perder un 2%

Japón ha destacado tradicionalmente como una nación pionera en el ámbito de la automatización robótica. El motivo resulta evidente. Su estructura socioeconómica no incentiva la llegada de extranjeros y el número de habitantes ha disminuido: un 2% durante el cuarto de siglo más reciente. Esta situación ha fomentado el reemplazo de trabajadores por máquinas, sobre todo en labores industriales que requieren poca especialización. Pese a la creencia popular, los efectos de dicha estrategia para Japón no han resultado negativos. A lo largo del intervalo en que la demografía decreció, el PIB se incrementó un 23% en términos reales. En consecuencia, el PIB real per cápita ha subido un 25%, superando el desempeño de España. Durante este tiempo, asimismo, su nivel de desempleo se ha mantenido entre el 2 y el 5%, gracias a un mecanismo eficaz para conservar en el entorno laboral a los empleados con menor formación.

Como resalta la nota de opinión del Cercle d’Economia publicada esta semana, el crecimiento económico es el resultado de una conjunción de políticas económicas y sociales, incluyendo la política de inmigración, que es el objeto de la nota. El caso de Japón es singular, sin duda, pero se debe tener en cuenta para evitar caer en el argumento falaz de que el crecimiento económico no es posible sin una expansión de la población.