
Trump asume el control sin límites
Opinión
En este segundo mandato, la política exterior de Donald Trump se articula en torno a una nueva redistribución del poder internacional estadounidense y la construcción de una nueva geopolítica. Bajo el America First, el trumpismo establece un sistema que articula la herencia de la doctrina Monroe con una lógica estricta de intereses particulares.
Conecta el control regional y la ruptura del multilateralismo, y la diplomacia sin límites normativos. El multilateralismo deja de tener utilidad cuando no le reporta ventajas inmediatas. Trump no rompe el orden internacional por aislacionismo, sino porque lo considera ineficaz para mantener la primacía estadounidense. De ahí la apertura hacia los acuerdos bilaterales, el hundimiento de compromisos como la OTAN y la desconfianza hacia los organismos de los que se deriva la limitación de la acción unilateral, o aquellos que implican una gobernanza global (OMS, Acuerdo por el Clima).

Este tipo de reformas de la política exterior del trumpismo nos muestran también cómo la relación con China y con Rusia no se articula a partir de afinidades ideológicas sino a través de una coexistencia pragmática entre autocracias. Trump no negocia la exportación de la democracia, ni poner en crisis otros modelos políticos, sino negociar esferas de influencia que le resulten ventajosas. La autocracia no es un problema si permite la estabilidad y el control. Como ha comentado Pol Morillas en alguna ocasión, “el trumpismo sustituye valores por transacciones: ya no importa cómo gobiernas, sino qué controlas”.
Intereses
Trump transforma el orden mundial al priorizar intereses y control
Venezuela es el ejemplo más claro de esta lógica. El interés de Washington no radica en una transición democrática, sino en el control de recursos estratégicos, la limitación de la influencia china y la capacidad de incidir sobre un gobierno autoritario moldeable a intereses estadounidenses. La democracia deja de ser un objetivo estructural y la dimensión militar pasa de ser disuasoria a convertirse en instrumento de gestión directa basada en intervenciones puntuales, demostrativas, orientadas a asegurar control territorial, recursos o posiciones clave.
Este giro exterior tiene repercusiones internas que pueden generar inestabilidad en el medio o largo plazo. Hay tensión dentro del Partido Republicano entre conservadores tradicionales y una nueva élite político-empresarial, ligada al poder tecnológico, que comparte una visión iliberal del orden político: concentración de poder, debilitamiento de contrapesos y subordinación del estado a intereses estratégicos privados. La política exterior de Trump refuerza a este bloque, que entiende el poder como control efectivo, no como legitimidad normativa. En esta lucha interna debemos estar atentos a la evolución del caso Jeffrey Epstein.
Trump no rompe el orden liberal: lo declara innecesario. Y en ese gesto redefine no solo el papel de Estados Unidos, sino las reglas (o su ausencia) del nuevo equilibrio global. Y ante esta imposición de reglas ¿dónde queda Europa?