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Una fiesta de canela en rama

El mirador

Hasta Albert Serra, que, parapetado tras sus gafas Oakley estaba en otra dimensión, nos confesó su satisfacción por el Goya de Tardes de soledad. Era la primera vez que le nominaban, y no esperaba ganar. Sin embargo, no fue su nombre el más coreado en la megafiesta que siguió a la entrega de los 40.º premios Goya en el Auditori Fórum CCIB. Fue el de Macaulay Culkin.

El protagonista de Solo en casa no aterrizó en El Prat para recoger el Goya internacional, que, como saben, recayó en una emocionada Susan Sarandon, que repartió lágrimas entre el pueblo palestino y el presidente Pedro Sánchez. Era el estribillo del temazo con el que el dueto de rumba bakala Ladilla Rusa arrancó el concierto que amenizó la velada: “Macaulay, Macaulay, Macauliró”, que dice la letra.

Si no la conocen, imaginen un ritmo tecno acelerado y una letra guasona: “Solito en casa, solito en casa / Me monto la fiesta, canela en rama”. Y ese sería el resumen de una noche que se prolongó, gracias a los dj Sira y Carlos Bayona –el inconfundible mellizo de J.A. Bayona–, hasta que despuntó el alba: una fiesta canela en rama.

El dueto de rumba bakala Ladilla Rusa arrastra el cine español a la pista de baile

Alrededor de la una de la madrugada, después de las tres horas de gala, amén de su larga alfombra roja –los nominados estaban citados a las siete de la tarde–, se abrieron las compuertas y los tres mil invitados del auditorio, más otros quinientos acomodados en una sala adyacente, se precipitaron a un tercer espacio repleto de viandas y barras libres. Entre ellos estaban desde un pletórico Jaume Collboni hasta el jovencísimo Toni Fernández Gabarre, premiado actor revelación por Ciudad sin sueño y vecino de la Cañada Real que hacía valer su Goya para que le pusieran la copa el primero. Apenas arrancó el concierto, Rigoberta Bandini y su inseparable Esteban Navarro se precipitaron a las primeras filas a bailar, como Laia Casanova, flamante ganadora del Goya al mejor sonido por Sirât, que en dos semanas tiene una cita ineludible en los Oscars. Nos dijo que ya tenía el vestido preparado. Mauro Herce, que la noche anterior –en la fiesta de Filmin– nos confesaba sus nervios y su falta de discurso preparado, era de los que bailaban con el cabezudo en la mano. El segundo por una película de Óliver Laxe después de Lo que arde.

Albert Serra y sus gafas Oakley
Albert Serra y sus gafas OakleyPablo Cuadra / Getty

El ambiente era como el de una fiesta de fin de año a bordo de un crucero: los amplios espacios y la euforia generalizada invitaban al símil. No en vano los Goya marcan el punto final para las campañas de promoción de las películas. Ahora ya es año nuevo para el cine español.

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